EL NÉMESIS DEL AMOR (parte 1)
- 24 mar 2020
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En los primeros dos años de mi vida universitaria no hice ni siquiera una sola cosa significativa. Evité totalmente las relaciones con el sexo opuesto, el cuidado de los estudios, la disciplina del cuerpo y otras actividades que me hubieran convertido en un miembro competente en la sociedad. Aun cuando me aparté de las mujeres, abandoné mis estudios y dejé mi carne caer en la ruina. ¿Por qué sigo trabajando sin cesar, esperando que ocurra ese arreglo perfecto?
Necesito preguntarle al responsable. ¿Dónde está esa persona?
No es como si yo hubiera estado en este tipo de situación desde siempre. Cuando nací era un modelo de pureza incólume, tan encantador como el príncipe Genji en su infancia; sin un solo pensamiento retorcido en la cabeza, mi radiante cara difundía la luz del amor por las colinas y los valles de mi pueblo natal. Dudo que ese sea el caso todavía. Cada vez que me miro en el espejo me lleno de ira preguntándome cómo es que me convertí en esto. ¿Es este el culmen de mi existencia presente?
Hay aquellos que dicen que todavía soy joven y que las personas siempre pueden cambiar.
Que ridículo.
Se dice que el alma de un hombre es la misma a los cien años que a los tres. Este año otro más será agregado a mis veinte y, así, el fin de mi esplendida juventud de cuarto de siglo se acerca poco a poco. ¿Qué resultará de los esfuerzos toscos que he hecho por cambiar mi personalidad? Llegados a este punto, si intento moldear mi carácter, que se ha asentado y solidificado, lo único que puedo conseguir es romperlo.
En este momento me debo levantar y obligarme a llevar una vida respetable. Debo forzar mis ojos a mirar en esa dirección. Es mi firme intención no cerrar los ojos.
Aun así, de alguna forma, resulta insoportable de ver.
***
Como dicen que las personas que interfieren en el romance de otros están destinadas a una muerte ecuestre yo permanecía lejos de los solitarios establos al norte del campus. Si me llegase a acercar a los terrenos donde galopan, seguramente sería atacado por un grupo de caballos furiosos que saltarían las cercas y me pisotearían a tal punto que los restos de mi carne no servirían ni siquiera para hacer sukiyaki. Por la misma razón le tenía pánico a la caballería de Kioto.
Hablando de por qué mi miedo a los caballos, alguna vez fui el famoso, conocido a lo largo y ancho, némesis del amor. Como un cupido vestido con las túnicas negras de la muerte, en lugar de lanzar flechas de romance, yo ondeaba mi hacha usando una especie de sexto sentido para cortar y destruir esos hilos rojos del destino que atan amantes. Por culpa de mis acciones, incontables jóvenes enamorados derramaron lagrimas suficientes como para llenar seis lavabos.
Eso está ciertamente en el campo de lo inhumano; de ello, por lo menos, soy consciente.
Es posible que antes de entrar a la universidad, el yo de esa época temblara de emoción por la posibilidad de experimentar una vida de coqueteo color rosa con miembros del sexo opuesto. En los primeros meses de mi carreara universitaria no necesité forzarme a creer cosas por el estilo, determinando firmemente en mi corazón que no me convertiría en una bestia, sino que, en su lugar, gradual, gentil y cortésmente acompañaría a una bella doncella, estaba preparado para desentenderme de hombres y mujeres que tiraran su razón a la basura para flirtear salvajemente.
Aunque, antes de saberlo, había perdido toda serenidad y transformado en un malandrín que solo sentía placer con el sonido que esos hilos rojos hacían al romperse. Callejones oscuros de amor roto se llenaban de los pedazos de aquellos hilos y lágrimas de resentimiento. Esos desfiladeros de desesperación que yo frecuentaba fueron el lugar donde conocí a ese hombre despreciable que se convertiría tanto en mi más grande amigo como en mi enemigo jurado.
***
Ozu es un estudiante de tercer año como yo. Aunque pertenece al departamento de ingeniería eléctrica odia la electricidad, la electrónica y la ingeniería. Sus notas de primer año fueron tan espantosas, tan bajas como fueron posibles, que uno se puede preguntar si valió de algo que se inscribiera en la universidad. Sin embargo, al hombre en cuestión no le preocupaba en los más mínimo.
Como odia los vegetales y se adhiere estrictamente a una dieta de comida rápida tiene una mirada horripilante y la tez fantasmagórica como la de alguien que viene del lado oscuro de la luna. Ocho de cada diez personas que se lo encontraran en la calle a altas horas de la noche lo confundirían con un youkai; los otros dos seguramente son youkais ellos mismos.
Golpeando cruelmente al débil, arrastrándose ante el fuerte, egoísta, engreído, perezoso, descuidando sus estudios, falto por completo de orgullo, él era capaz de alimentarse de la desdicha de los otros tres veces al día, un completo demonio. No hay una sola parte de él que sea loable. Si no lo hubiera conocido seguramente mi alma estaría mucho más limpia.
Teniendo eso en cuenta, poner un pie en el club de cine Misogi en la primavera de mi primer año fue, seguramente, un error.
***
Por entonces yo todavía era un fulgurante estudiante de primer año, los árboles de cerezo habían florecido y estaban cubiertos por un fresco tono verde. Al entrar a los terrenos de la universidad cada estudiante primerizo era abordado por panfletos de distintos clubes; yo, con tantos que no era posible procesarlos por una sola persona. Entre ellos, solo cuatro captaron mi atención: el club de cine Misogi, una misteriosa llamada en búsqueda de discípulos, el club de softbol Honwaka, y la sociedad secreta del “Restaurante del gato afortunado”. Cada uno de ellos tenía su propio aire de sospecha, sin embargo, era su propia puerta hacia una vida universitaria aún desconocida y yo fui vencido por la curiosidad pensando que, sin importar cual escogiera, tendría por delante un fascinante futuro. No hay otra manera de describir aquella forma de pensar que describiéndome como un estúpido sin remedio.
Luego de las clases me dirigí a la torre del reloj de la universidad, donde muchos clubes tenían sus puestos de información.
Cerca de la base de la torre había una multitud de primerizos, todos con caras rebosantes con rayos de esperanza, así como astutos miembros de clubes impacientes por devorar aquella esperanza. Caminé por el lugar medio aturdido pensando que entre la inmensidad de clubes yacía la entrada a la fantástica ilusión de una vida universitaria color rosa.
Lo primero que vi fue un grupo de estudiantes sosteniendo una pancarta que decía “Club de Cine Misogi”. Estaban proyectando una película como una manera de darle la bienvenida a posibles nuevos miembros. Ahora que pienso en ello, no debí seguir más allá de ese punto. Eslóganes cursis como “¡Divirtámonos haciendo películas juntos” o “¡Hagamos cien amigos!” no debieron haber funcionado en mí y, sin embargo, quedé perplejo por ellos. Mi decisión de aquel día de unirme al club debe ser atribuida al hecho de que mis expectativas por esa vida color rosa me hicieron perder todo autocontrol. Desde ese día, me embarqué en el camino de una bestia, y en lugar de hacer amigos solo adquirí enemigos.
Al entrar a Misogi fui incapaz de integrarme en esa atmosfera de simpatía irritante. Aunque me dije “Esta es una prueba que debes vencer; al entrar en ese grupo extrañamente animado, esa vida color rosa, una bella doncella con cabello negro y, eventualmente, todo el mundo, se postrarán ante ti” inevitablemente fui aplastado.
Sumido en la oscuridad, una cara de mal agüero apareció frente a mí; pensé que podría ser un mensajero del infierno que solo alguien con una naturaleza delicada como la mía podía ver.
Ese fue el primer encuentro entre Ozu y yo.
***
Luego de ese fatídico encuentro los siguientes dos años se fueron en un suspiro. Era el final de mi tercer mayo en la universidad. Estaba sentado en mi amada habitación de cuatro tatamis y medio mirando al despreciable Ozu. Yo vivía en la pensión Shimogamo Yuusuisou en Shimogamo Izumigawa, de la cual se dice que se incendió en los disturbios al final del shogunato Tokugawa y que fue reconstruida fidedignamente al original, y si no fuera por las luces que se ven en las ventanas sería justo como una ruina abandonada. La primera vez que visité este lugar, durante la introducción dirigida por la asociación cooperativa luego de haberme matriculado en la universidad, era natural que pensara que había entrado en la ciudad amurallada Kowloon. Cualquiera que viera este decadente edificio de tres pisos pensaría en ponerlo en la lista de las estructuras históricas importantes, pero si se quemara hasta la destrucción probablemente nadie se inmutaría. Incluso la casera, que vive al este, estaría aliviada.
Esa particular noche Ozu vino a visitarme en la residencia. Bebíamos sake lóbregamente. Como me dijo—: Dame algo de comer. —, dejé de ahorrar electricidad e hice hamburguesas de pescado en una parrilla portátil, pero Ozu la devoró de un bocado y procedió a hacer una petición extravagante—: “Yo quiero verdadera carne asada, algo como lengua de ternera salteada con puerro”. —Me enojé un poco, pero luego de que llorara por haberle embutido un pedazo de comida hirviendo en la boca me vi obligado a perdonarlo.
Al principio del mes, debido a nuestros tercos esfuerzos, la situación en Misogi habían llegado a un estado tan miserable que voluntariamente nos exiliamos del grupo. Aunque es considerado como buenos modales limpiar lo que ensucias, reunimos todos nuestras fuerzas para dejar una mala impresión con nuestra salida, como si se tratara del fango del río Amarillo. Ozu era, como siempre, mi compañero constante, pero aun después de abandonar el club él parecía involucrado en diversas intrigas; parecía estar metido en un club deportivo e incluso en las actividades de la sociedad secreta. Su presencia aquella noche también era, sin duda, para visitar un cierto residente en el segundo piso de Shimogamo Yuusuisou. Ozu lo llamaba “maestro” y había estado yendo y viniendo de su habitación desde nuestro primer año. La razón por la que esta relación miserable entre Ozu y yo no había sido terminada no se debía solamente a que éramos empujados hacia las mismas penumbras en el club sino también a que él se la pasaba viniendo a la residencia. Cuando le pregunte por la naturaleza de su “maestro” Ozu simplemente hizo una mueca grotescamente obscena y se negó a responder. Concluí que muy probablemente era un tipo de maestro bastante indecente.
Misogi y yo habíamos roto relaciones por completo, pero Ozu, que siempre estaba atento a los chismes, era mi fuente de información y levantaba mi ánimo generalmente amargo. En pro de reformar el club de cine nosotros abandonamos los trozos de honor que todavía nos quedaban, pero, aun cuando ya no nos queda nada, las protestas que hicimos arriesgando nuestras propias vidas no tuvieron repercusión y el funcionamiento interno del club continuó sin cambios mayores, por lo menos eso decía Ozu.
Como estaba borracho, me puse bastante beligerante. Yo, que había sido desterrado del club, alguien cuya vida consistía únicamente en ir de la residencia al campus, sentí cómo se posaba sobre mí una melancolía inusitada. Pero Ozu era inconcebiblemente bueno en sacarme de aquel estado.
—Oye, hagámoslo.
Dijo mientras mecía su cuerpo perturbadoramente hacia adelante y hacia atrás de una forma biológica.
—Hmph.
—Entonces está decidido. Prepara todo y ven mañana al anochecer.
Se fue para volver al hoyo del que había salido luciendo excepcionalmente complacido.
Sentí que había sido sacado de ese abismo de una forma bastante hábil.
Traté de dormir, pero los estudiantes de intercambio chinos del segundo piso parecían estar teniendo una fiesta bastante agitada y me lo dificultaban. Como también estaba un poco enojado decidí ir al Neko Ramen y, sin tender mi cama, dejé mi habitación para recorrer el mundo exterior.



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