LA VUELTA A LA GALAXIA DE TATAMIS (parte 8)
- 25 mar 2020
- 8 Min. de lectura
Mi triste viaje continuó.
Los estantes de la habitación en la que me había quedado estaban llenos de material relacionados con películas y había un montón de cintas de video regadas en el espacio entre mi escritorio y los estantes. Mientras fumaba y tomaba café me puse a hurgar entre ellas hasta que encontré una que tenía inscrito el título “Duelo del puente Kamo” y supuestamente pertenecía al club de cine Misogi. Llamó tanto mi atención que la puse en el reproductor de video.
Era una película extremadamente extraña.
Ozu y yo éramos los únicos actores. Actuábamos el papel de dos hombres que asumieron la carga de luchar una guerra de bromas que databa de antes de la guerra del pacífico. La película era exigente tanto mental como físicamente; nos mostraba a Ozu, cuya expresión, justo como una máscara de Noh, nunca cambiaba y a mí, enérgicamente diciendo sinsentidos en medio de un constante flujo de bromas sin piedad. La última escena mostraba a un Ozu pintado por completo de rosa y a mí con la cabeza a medio rapar peleando sobre el puente Kamo. Mientras pasaban los créditos me encontré en el borde del asiento avergonzado de mi reacción ante la película.
Inesperadamente estuve conmovido al ver a Ozu por primera vez en más de setenta días.
Creo que simplemente era algo demasiado nostálgico.
Luego del final de la narración pasaron unas escenas tras de cámaras, pero era obvio que esas también habían sido actuadas. Ozu y yo nos sentábamos frente a la cámara teniendo reuniones sobre manuscritos y creando trasfondos de mal gusto; incluso había una sección sobre las reacciones del público, pero la única persona que se dignó a dar una crítica fue una chica que dijo—: Has vuelto a hacer otra película estúpida ¿verdad?
Creí reconocer a esa chica de algún lugar.
—Es Akashi —murmuré.
***
La feria de libros usados. Akashi. Mochiguma. Veinte mil leguas de viaje submarino.
En el verano de mi segundo año decidí tomar un lindo trabajo de medio tiempo y decidí ir a una tienda de Kawaramachi llamada “librería Gabi” que solía contratar empleados de medio tiempo para la feria de libros usados. —No pago por horas —gruño el dueño, un hombre cuya cara parecía la de un pulpo hervido.
El otro empleado a medio tiempo era Akashi. El dueño de la tienda siempre era rudo conmigo, pero cuando se trataba de Akashi siempre ponía la misma cara con la que me imaginaba al cortador de bambú cuando encontró a la princesa Kaguya. A pesar de que no era de mi agrado él se me asemejaba muchísimo al anciano de la historia.
Cerca al sendereo del santuario, extendiéndose de sur a norte, están los terrenos donde se monta a caballo, pero en ese entonces estaba repleto de carpas llenas de gente buscando libros. Había tantos libros apilados sin importar a donde mirara que me comenzó a dar vueltas la cabeza. Por fortuna había bastantes sillas dispuestas en el lugar para que las personas pudieran reposar y me senté en una de ellas. Aunque era sofocante había algo encantador en el sonido de las cigarras. En uno de mis descansos caminé por un puente cercano, abrí un Ramune y me recosté en la baranda meditando lo estúpido que era estar arrastrándome en la policía de la biblioteca como un gusano.
Me encontraba con Akashi todos los días de la feria. Tenía un corte de cabello refrescante, unas cejas de intelectual, una mirada penetrante, y daba la impresión de que no aguantaba acercamientos superficiales. Principalmente le asignaron estar atenta a ladrones, pero nadie se atrevería a hacer nada bajo esa mirada de halcón.
A pesar de su apariencia intimidante, una serie de adorables creaturas colgaban de su mochila: un grupo de ositos de peluche idénticos. Cada tarde, luego de limpiar, la veía acariciar esos ositos con una expresión muy seria, casi filosófica.
—¿Qué son esos? —le pregunté.
Relajó el cejo, sonrió y me respondió—: Son Mochiguma.
Ella les había dado a los cinco ositos, cuya única diferencia era su color, el apodo de “escuadrón esponjoso Mochiguma” y los atesoraba con todo su ser. El nombre Mochiguma era adorable e inolvidable en sí mismo, pero la sonrisa en su rostro cuando me lo dijo era aún más inolvidable.
En otras palabras, poniéndolo lo más simple posible, justo como temía, me había enamorado de ella.
Al atardecer del día antes del final de la feria, me encontré un Mochiguma cuando estaba cruzando el pequeño puente, parecía que se le había caído a Akashi en su camino a casa. Pensé en devolvérselo al día siguiente, pero ella no apareció ese día; el tendero me dijo con un tono bárbaro que ella tenía asuntos urgentes que atender. Compré veinte mil leguas de viaje submarino como un recuerdo de la feria y dejé el santuario Shimogamo a mis espaldas.
Durante seis meses me había prometido atesorar el Mochiguma hasta que pudiera devolvérselo a Akashi algún día; haberlo perdido en la lavandería había supuesto un duro golpe.
—Wow… qué nostálgico —susurré al mirar la imagen de Akashi en la pantalla.
***
Ver la cara de Akashi me volvió a llenar de energías.
Al día siguiente, mientras volvía a romper paredes con una sonrisa en el rostro, mis pensamientos giraban en torno a esa cinta de video. Nunca había hecho una película con Ozu, pero aun así esa película la habíamos hecho los dos. Al examinar mis pensamientos descubrí que muy en el fondo de mi corazón ansiaba hacer ese tipo de películas con él. En la cinta estaba inscrita la palabra Misogi y recordé aquél fatídico día frente a la torre del reloj de cuando era un primerizo; el nombre del club de cine al que había decidido no entrar era Misogi.
Aquellas habitaciones variadas.
Una cinta de video que no había grabado.
Estantes llenos de libros que no había comprado.
Un extraño cepillo Kamenoko.
Kaori, con quien nunca había vivido.
Un día detuve mis pasos y miré hacia el techo congelado en el centro de la habitación.
Por fin entendía la estructura de ese mundo de cuatro tatamis y medio.
Es algo vergonzoso que me haya demorado tanto tiempo para entender esa simple lógica. Aquellas habitaciones que estaban conectadas infinitamente eran, todas, mi propia habitación; y esos días había estado viajando a través de fragmentos de existencias paralelas, por habitaciones que solo existían en universos paralelos.
Toda mi energía me abandonó.
No sabía cómo estaban organizadas las habitaciones o por qué se había materializado ese mundo ni cómo había dado a parar ahí.
Pero al menos entendía una cosa.
Incluso las más pequeñas decisiones tenían un impacto en mi futuro. Habían surgido un número infinito de habitaciones debido a las innumerables decisiones que hacía en mi día a día. Habían surgido un número infinito de existencias paralelas de mi persona, y con ellas infinitas habitaciones de cuatro tatamis y medio.
***
Me recosté en mi futón y escuché.
Las profundidades inhabitadas de ese mundo de cuatro tatamis y medio estaban completamente carentes de sonido.
No había nadie con quien hablar, nadie a quien decirle nada. Para mí, que no tenía nadie a quien decirle aquello, no existía el pasado ni el futuro. No había nadie que se preocupara por mí. No había nadie que se burlara de mí, que me respetara, que me despreciara o que se enamorara de mí. No había la más mínima oportunidad de que alguien así apareciera en ese mundo. Así era el ambiente en ese mundo de habitaciones de cuatro tatamis y medio.
Sin importar si había desaparecido el mundo o solo yo, no había nadie más aparte de mí en ese mundo. En ninguna de esas habitaciones por las que había pasado me había encontrado con otra alma.
Era el último hombre sobre la Tierra.
¿Realmente había algo que me impulsara a seguir viviendo?
***
Quería hacer muchísimas cusas cuando lograra salir de ese lugar.
Quería comer una deliciosa cena en Neko Ramen, quería dar un paseo por Shijo en Kawaramachi; quería ir al cine; quería visitar al dueño con cara de pulpo de la Librería Gabi; quería consolar a Aijima, que había sido echado tan fríamente de la sociedad secreta. Me pregunté cómo lo estaban pasando todos. Esperaba que se estuvieran divirtiendo en ese mundo animado. ¿Lo estaban pasando bien? ¿Era Jougasaki feliz con Kaori? ¿Se estaba alimentando Ozu del infortunio de otros como de costumbre? ¿Todavía se preguntaba Akashi lo que había pasado con el miembro perdido del escuadrón esponjoso Mochiguma, o lo habría encontrado en algún lugar inesperado? Quería saber.
Pero también pensaba que, probablemente, nunca me sería concedido ese deseo.
***
Sentí algo duro molestándome la espalda y cuando me di la vuelta para ver que era descubrí la muela del juicio que me había hecho quitar cuando fui a la clínica dental Kubozuka. Una sonrisa maniática se figuró en mi rostro y me puse a girar por el piso riendo a carcajadas mientras sostenía el diente.
¿Por qué estaba eso ahí?
Esa era la habitación 0. Había vuelto al punto donde había empezado.
No estaba seguro por dónde había pasado a lo largo de mi viaje las últimas semanas, pero había vuelto a la habitación original. Era probable que me hubiera perdido en algún rincón de ese mundo de cuatro tatamis y medio en uno de mis ataques de desesperación y hubiera terminado por comenzar el camino de regreso.
Ninguna de las habitaciones en ese mundo era exactamente igual a otra, pero el espacio entre cada puerta y ventana era como la vista a través de un espejo. Era posible que pensara que me movía hacia delante cuando realmente me estaba devolviendo hacia el mismo punto del que había partido.
Parece que había fallado en mantener el buen juicio en algún punto.
Había dado una vuelta inútil.
Estaba en lo profundo de la desesperación, por lo que simplemente acepté esa revelación en silencio y me acosté en mi futón mientras me pasaba mis manos por mi melena. No había nada que pudiera hacer salvo aceptar una vida solitaria en ese mundo y olvidar los recuerdos de mi vida pasada en el mundo exterior. Podía abandonar ese comportamiento salvaje destructor de muros y vivir la vida tranquila de un caballero leyendo literatura, mezclándola con un poco de porno, y concentrarme en refinar mi personalidad. De cualquier modo, como no parecía que fuera capaz de escapar de esa prisión infinita de tatamis, esperaría con orgullo mi muerte en esas tierras.
Caí dormido mientras meditaba sobre mi futuro en ese lugar.
Eso ocurrió el día setenta y nueve.
***
Abrí mis ojos.
El reloj marcaba las seis, pero era imposible saber si era de mañana o de noche. Medité sobre ello echado en mi futón, pero no tenía idea de cuando había dormido.
Me sacudí como un insecto durante un tiempo hasta que finalmente me levanté.
Todo estaba en silencio.
Luego de mi ritual usual de cigarrillos y café no tenía ganas de hacer nada y volví a mi futón y agarré la deteriorada muela del juicio que tenía junto a mi almohada; mientras sostenía ese diente sombrío y podrido a la luz de la lámpara mis pensamientos volvieron a las palabras de la adivina de Kiyamachi.
Todavía estaba convencido de que toda esta situación se podía asociar con esa vieja. Ella me había engatusado con frases como “tienes un gran talento en tu interior” y me había lanzado una maldición. ¿Cómo pudo hacerle eso a alguien que ya se encontraba luchando al máximo con la esperanza de escapar a una mejor vida?
“Coliseo”
Vaya sinsentido.
Ya no necesitaba esa significativa vida de campus color rosa, ese arreglo que tanto había codiciado.
Ese era un diente espeluznante y me sorprendió la cantidad de tiempo que me había resistido a ir a que me lo examinaran. Tenía un hueco en la parte superior y podía ver las secciones internas como si fuera un maniquí científico. Entre más lo miraba menos se me asemejaba a una muela del juicio y más a esa antigua construcción romana…
—Coliseo —resople.
De repente escuché un fuerte sonido venir desde la ventana.
Antes de entender qué estaba pasando, una nube negra atravesó la ventana entreabierta e invadió la habitación.
El enjambre de polillas que migró a lo largo de ese mundo aparentemente pasaba por la habitación 0 en ese momento. Llenaron la habitación hasta el techo, pero seguían entrando sin bajar la intensidad.
Comencé a entrar en pánico e intenté escapar a la habitación 1, pero al abrir la puerta el frío aire del pasillo me recorrió las mejillas.
Las polvorientas tablas del piso se me presentaron en medio de la oscuridad. En el techo brillaban luces eléctricas y en el lejano vestíbulo pude ver cómo brillaba una lámpara fluorescente en medio de la oscuridad.



Comentarios