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LA VUELTA A LA GALAXIA DE TATAMIS (parte 7)

  • 25 mar 2020
  • 9 Min. de lectura

A lo largo de ese miserable viaje sufrí constantemente el problema de la comida.

Ansiaba con desespero comer arroz. Me hubieran bastado bolas de arroz de la tienda de conveniencia sin importar que estuvieran duras o frías; hubiera cambiado cien hamburguesas de pescado por solo una de ellas. Probablemente me hubiera puesto a llorar si hubiera encontrado una olla de arroz recién cocinado.

Sopa de miso del restaurante de al lado, huevos cocidos, huevos revueltos, espinaca hervida, caballa frita, raíces de bardana, granos de soya fermentados, unadon, oyakodon, gyudon, tanindon, arroz sazonado, soba Nanban de pato, sopa china de gyoza, pollo frito apanado, carne a la parrilla, curry, arroz y frijoles, ramen de vegetales, pepino marinado en salsa de soya, sopa de tomates, melones, melocotones, sandías, peras, manzanas, uvas, naranjas Satsuma.

Probablemente no los volvería a probar, pero incluso ese pensamiento me hacía desearlos más que nunca. Todos los días vagaba por ese mundo de cuatro tatamis y medio persiguiendo aquellos platos ilusorios de comida deliciosa.

Pero lo que más deseaba era ir a Neko Ramen.

Neko Ramen es un puesto de ramen fantástico del que se rumorea que hace su caldo con gatos. Sin importar que sea cierto o falso el sabor es inigualable. Fideos gruesos hervidos en un caldo misterioso y completo. Aunque seguía atrapado en ese lugar, en mis sueños siempre podía ir a Neko Ramen cuando me daba la gana.

Un mundo en el que podía ir al Neko Ramen en el medio de la noche.

Para mí, eso sería el paraíso.

***

Lo otro que deseaba era tomar un baño.

Albergaba el profundo deseo de sumergirme en una de las tinas grandes de los baños públicos y limpiarme a fondo. Recuerdo el viejo edificio de baños públicos que había en el centro, un poco al oeste de la calle Shimogamo. Siempre que tenía ganas de ir, lo único que tenía que hacer esa agarrar una toalla y salir de la residencia. Uno de mis mayores placeres era ir un poco después de mediodía, cuando todavía estaba vacía, y saltar en la tina con un chapoteo enorme y una amplia sonrisa en el rostro.

Cuánto ansiaba hacer eso de nuevo.

Una vez intenté construir una tina al terminar la expedición del día.

Saqué unas cajas de cartón del armario, las vacié y las desbaraté. Me tomó unas dos horas construir una especie de tina usando ese material. Calculando el agua que podía hervir en la cafetera construí la tina del tamaño justo para que me pudiera meter en ella sin malgastar agua y usé bolsas plásticas para evitar que el agua se filtrara.

Luego de calentar el agua en la cafetera la tiraba en la tina; ya no recuerdo cuantas veces me tocó repetir aquello.

Cuando por fin entré en la tina, el agua ya se había enfriado y no había suficiente para sumergirme por completo, por lo que mi cuerpo tembló de frio mientras seguía metido en esa bañera de cartón. Realmente fue una experiencia desgarradora y no pude evitar preguntarme qué es lo que intentaba hacer. Eventualmente la tina se rompió y el agua se regó por toda la habitación.

Lo más doloroso es que no había nadie que se riera de mis patéticos esfuerzos. Si Ozu hubiera estado ahí, seguramente se hubiera reído hasta desfallecer.

—¿Qué haces? ¿Se te llenó el cerebro de gusanos o qué? —es lo que diría.

***

Una mañana me desperté con la sensación de que alguien estaba acariciándome el rostro con un plumero.

Me levanté de la cama y descubrí muchas polillas en la habitación. Aquello fue una gran sorpresa, por lo general solo había una polilla volando cerca de un rincón del techo, pero a esa se le habían unido un montón de camaradas. Seguían pasando una a una por el hueco que había hecho en la pared el día anterior. Cuando miré por el hueco descubrí que la otra habitación estaba repleta de polillas aleteando por todos lados.

Rápidamente agarré mi mochila, pasé a la siguiente habitación de cuatro tatamis y medio y cerré la ventana tras de mí.

Cada habitación tenía una polilla, pero cuando se juntaban hacían un enjambre enorme. Quizá también se sentían solas y comenzaron a agruparse buscando apoyo y consuelo en sus semejantes y viajando juntas por las diferentes habitaciones. Estaba un poco celoso de ellas.

Suspiré fuertemente.

Las polillas podían hablar entre ellas, enamorarse e incluso burlarse de las que lo hacían. En cambio, yo solo podía hablar conmigo mismo, soñar despierto y reírme de mi mismo por hacer aquello; era una experiencia completamente independiente.

***

Déjenme volver a algo que pasó el otoño anterior.

Luego de escapar en medio del operativo para secuestrar a Kaori, me resguardé en un escondite y temblé allí en soledad.

Dado que había declarado abiertamente mi rebelión, Aijima probablemente movería la policía de la biblioteca para aplastarme y mi destino sería similar al de Jougasaki. Mis secretos más humillantes serían exhibidos en el tablón de anuncios, me convertiría en el hazmerreír donde quiera que fuera, y en poco tiempo algunos rufianes me pintarían todo el cuerpo de rosa y me arrojarían a las alcantarillas a las afueras del templo Nanzen en Suirokaki.

Según Ozu, Aijima me estaba buscando por toda la ciudad.

—Esto también es un problema para Aijima, está perdiendo la compostura —me informó Ozu—. Ha llegado al punto de querer movilizar el taller de copiado.

No di un paso fuera de mi escondite.

Mi refugio era la habitación de Higuchi Shintaro, a quién anteriormente había estado acosando para que devolviera un libro. No podía creerle cuando Ozu me sugirió que me escondiera en el segundo piso de Shimogamo Yuusuisou, mi plan había sido huir de Kioto y alcanzar la iluminación escapando a Muroto.

—¿No es más seguro esconderte aquí que ponerte a huir temerariamente? Nunca pensarían en buscar justo bajo sus narices.

Ozu terminó por persuadirme y comencé a holgazanear en la habitación de Higuchi.

Me la pasaba jugando un juego de mesa de batalla naval con Higuchi. Ozu no se apareció por unos días, y en ese momento, cuando mi vida universitaria estaba a punto de acabar, me pregunté si estaba bien que me obsesionara tanto con ese juego de mesa. Cuando me hundió un submarino en medio de mi tristeza, Higuchi encendió un cigarrillo y trató de consolarme.

—Anímate, estoy seguro de que Ozu te ayudara a salir de esta.

—¿No será que simplemente me traicionará?

—Mmm, bueno, también está esa posibilidad —dijo sonriendo—. Nunca es fácil saber en qué está pensando.

—¡Esto no tiene nada de divertido!

—Pero tú mismo dijiste que arriesgar tu vida al esconderte aquí era algo gallardo.

***

Había estado vagando por ese laberinto por unos cincuenta días.

Era difícil creer que en el mundo real ya estaban a mediados del verano.

Por 1200 horas lo único que había entrado a mi boca habían sido hamburguesas de pescado, castella, vitaminas, café y rábanos; no había viento ni luz solar que permeara esas habitaciones, no había nadie con quien hablar; mi costumbre de reunir riqueza se había vuelto algo repugnante; y no quería seguir recogiendo esos billetes de mil yenes. Estaba preparado para abandonar la mochila en la que había estado guardando el dinero y continuar mi camino.

Vaya mundo en el que me encontraba. Vaya mundo.

El suelo estaba cubierto por filas infinitas de tatamis, no había mañana ni tarde, no soplaba viento, no caía lluvia; la única luz era la de las lámparas fluorescentes. Con la soledad como mi única compañía salí corriendo de una habitación a la otra buscando el fin del mundo, destruí incontables paredes, escalé incontables ventanas, abrí incontables puertas.

Ocasionalmente viví en la misma habitación por varios días, leí libros, canté canciones, fumé cigarrillos. Me dije que podría descansar de aquella travesía sin sentido, pero sentarme allí en medio del silencio como si el resto de la humanidad hubiera desaparecido y pasar el día entero mirando apático al techo derruido me hundía en un terrible sentimiento de soledad. Hacer creaciones culinarias extrañas con los limitados ingredientes que tenía, hacer un sinfín de grullas y yakko-san de origami, apaciguar a mi Johnny, escribir ensayos, hacer flexiones, tranquilizar a mi Johnny nuevamente, jugar con una pistola de cauchos, no podía olvidar mi situación sin importar lo que hiciera.

Todo llega para quien sabe esperar.

Me había atrincherado en mi fortaleza de cuatro tatamis y medio desde mi huida de la sociedad secreta medio año antes. Me había imaginado como alguien que podía existir en soledad bastante feliz, qué tondo de mi parte; eso era porque no estaba realmente solo. Comparado con mi existencia en ese momento, el yo de aquel entonces estaba rodeado de gente maravillosa, no era más que un niño precoz que, posando mis pies en la costa donde llegaba la marea del océano de la soledad, gritaba—: ¡Estoy tan solo!

No podía soportar estar solo.

Necesitaba escapar de ese lugar sin importar qué.

Me puse de pie como pude y nuevamente emprendí mi viaje por ese mundo de cuatro tatamis y medio.

***

No había nadie ahí.

Nadie a quien hablar.

Me pregunté cuándo fue la última vez que había hablado con Ozu.

Mantener las esperanzas mientras vagaba por ese lugar se volvía más difícil cada día, al igual que trepar por todas esas ventanas. Ya no soportaba mis soliloquios, tampoco cantar canciones ni asearme. Ciertamente no quería seguir comiendo hamburguesas de pescado.

***

El otoño anterior, cuando estaba escondido en la habitación de Higuchi jugando juegos de mesa, pasó algo extraordinario.

Como un youkai, Ozu hizo su movimiento.

Aprovechando que el encargado del taller de copiado había ido a una conferencia en Hokkaido, Ozu ejerció su poder como el siguiente en la línea de mando y ordenó un cese de actividades en el taller. Aquello era un evento sin precedentes, fue tanto el alboroto que Aijima se olvidó por completo de mí y se dirigió al taller.

Ozu apareció frente a Aijima con una sonrisa maliciosa.

—Los dirigentes de la sociedad secreta están preocupados, parece que alguien está planeando un motín. Vamos a tener una reunión para examinarlo todo.

Ni siquiera en sus sueños más salvajes se hubiera imaginado Aijima que Ozu estaba planeando hacerse con todo el poder. Cuando estaban en medio de las negociaciones Ozu sentó las bases de sus esquemas entre las otras organizaciones. Usando los contactos que había hecho al ser un antiguo miembro del club de softbol Honwaka, fue capaz de negociar con las otras organizaciones de manera bastante sencilla. Adicionalmente, el jefe de “la secretaría escolar de planeación para festivales” era amigo suyo e incluso los grupos de investigación más recluidos conocían su nombre. Para aumentar su apoyo, Ozu prometió menguar en gran medida el apoyo económico que le daba el taller de copiado a la policía de la biblioteca y distribuirlo entre las otras organizaciones. Con su historia en la policía de la biblioteca, se aseguró de llamar únicamente a aquellos que se sumarían a su causa y puso a los otros bajo arresto domiciliario.

Había algo que alabar de su versatilidad.

Aijima cayó por completo en la trampa que le tendió Ozu.

La reunión fue un evento simple. Expulsaron a Aijima de la sociedad secreta una vez se descubrió que había usado a la policía de la biblioteca para encargarse de su pleito personal contra Jougasaki. Se quedó atónico cuando lo echaron inclementemente de la sala de reuniones y los otros se quedaron dentro para seguir discutiendo.

—Creo que Ozu será capaz de hacer un buen trabajo —recomendó el representante del club de softbol Honwaka.

—Yo ya tengo un montón de cosas de las que ocuparme —dijo Ozu rechazando la oferta humildemente.

Pero finalmente se decidió que Ozu se convertiría en el jefe del taller de copiado y de la policía de la biblioteca.

***

La noche en que Ozu asumió el papel como jefe de la policía de la biblioteca fue cuando finalmente me atreví a dar un paso fuera de mi guarida. Había bajado la temperatura mientras había estado atrincherado y las hojas otoñales cubrían el suelo. Pasé por la escuela de leyes, llegué al salón subterráneo donde ocurría la sesión y presencié la destitución de Aijima y el éxito del golpe de estado que había efectuado Ozu.

Después de terminar la reunión y de que todos los otros miembros abandonaran el recinto, Ozu se sentó en la tarima del profesor. Observé su rostro desde mi posición en un rincón del salón. El lugar, con solo nosotros dos en su interior, se enfrió y comenzamos a exhalar pequeñas nubes blancas. Como siempre, Ozu, el entonces segundo al mando del taller de copiado y jefe de la policía de la biblioteca, estaba sonriendo con su usual mueca de diablillo y no desprendía el aura que uno esperaría de alguien en su posición.

—¿Sabías que eres aterrador? —le dije formalmente, pero el solo bostezó y se desperezó.

—Esto es solo un juego de niños —dijo con un suspiro—. En cualquier caso, ya estas libre de peligro.

Abandonamos el auditorio subterráneo y fuimos al Neko Ramen.

Por supuesto todo corría por mi cuenta.

Y así me lavaba las manos de todo lo relacionado con la sociedad secreta y me encaminaba hacia tierras prosperas, o eso esperaba, pero no me pude zafar de la mala influencia de los últimos dos años y me encerré en mi habitación.

Había esperado librarme del terrible ser llamado Ozu, pero eso tampoco lo pude conseguir.

Eso se debía a que él era la única persona que visitaba mi habitación.

***

Ozu es un estudiante de tercer año como yo. Aunque pertenece al departamento de ingeniería eléctrica odia la electricidad, la electrónica y la ingeniería. Sus notas de primer año fueron tan espantosas, tan bajas como fueron posibles, que uno se puede preguntar si valió de algo que se inscribiera en la universidad. Sin embargo, al hombre en cuestión no le preocupaba en los más mínimo.

Como odia los vegetales y se adhiere estrictamente a una dieta de comida rápida tiene una mirada horripilante y la tez fantasmagórica como la de alguien que viene del lado oscuro de la luna. Ocho de cada diez personas que se lo encontraran en la calle a altas horas de la noche lo confundirían con un youkai; los otros dos seguramente son youkais ellos mismos.

Golpeando cruelmente al débil, arrastrándose ante el fuerte, egoísta, engreído, perezoso, descuidando sus estudios, falto por completo de orgullo, él era capaz de alimentarse de la desdicha de los otros tres veces al día, un completo demonio. No hay una sola parte de él que sea loable.

Y aun así, es mi único amigo verdadero.

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