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EL NÉMESIS DEL AMOR (parte 10)

  • 24 mar 2020
  • 7 Min. de lectura

La tormenta de polillas apareció en el noticiero de Kioto al día siguiente, pero nadie entendía de donde habían salido. Al rastrear su ruta parecía que habían salido del bosque Tadasu, ósea, del santuario Shimogamo, pero todavía no se podía asegurar nada. No había explicación para que todas las polillas del bosque decidieran migrar simultáneamente. También circulaba el rumor de que las polillas habían llegado desde el pueblo vecino, Izumigawa, pero ese rumor tampoco tenía sentido.

Parece que la tormenta de polillas se había reunido en una esquina de mi residencia esa noche. Cuando llegué el pasillo estaba lleno de polillas muertas, y como había olvidado cerrar la puerta de mi habitación, ahí también había otro montón.

Junté y enterré los cadáveres con el máximo respeto.

***

Con un montón de polillas pasando por mi cara, algunas de ellas entrando en mi boca, galantemente protegí a Akashi de la peor parte. Yo soy originario de la ciudad y nunca había coexistido con insectos, pero estos dos años en la residencia me habían permitido acostumbrarme a todo tipo de artrópodos.

Aun así, la cantidad abrumadora de polillas de esa noche sobrepasaba los límites del sentido común. El zumbido estremecedor del aleteo nos abstrajo del resto del mundo. Parecía más una banda de diablillos alados que un enjambre de polillas. Era casi imposible ver, solo pude percibir el brillante cabello negro de Akashi en medio de las polillas que se movían iluminadas por las luces anaranjadas de los postes.

Luego de un tiempo la tormenta terminó de pasar, dejando solo algunas rezagadas volando por aquí y por allá. Akashi se levantó con la cara pálida, se sacudía todo el cuerpo frenéticamente mientras preguntaba repetidamente—: ¿Ya se fueron? ¿Ya se fueron? —Luego echó a correr hacia el extremo oriental del puente para alejarse de las polillas que quedaban en el lugar. Cuando por fin se detuvo se desplomó en el suelo iluminado por la luz que se proyectaba del café al otro lado de la calle.

La alfombra de polillas todavía se dirigía hacia Shijou cuando bruscamente me di cuenta de que el dios vestido de yukata estaba de pie junto a mí y se asomaba por la baranda. Su cara se retorcía extrañamente, por lo que era difícil si estaba triste o feliz.

—Ese imbécil. Realmente cayó —suspiró.

***

Trotamos hasta bajar del terraplén del costado occidental del puente y frente a nosotros se presentaba el vigoroso río Kamo. Había crecido tanto que los arbustos de alrededor estaban tapados por el agua, era mucho más grande de lo normal.

Nos metimos al agua y nos aproximamos a la parte debajo del puente pues parecía haber algo escondido entre los pilares del puente. Ozu se aferraba a uno de ellos como un pedazo de basura que se negaba a ser llevado por la corriente. Aunque el río no era muy profundo sí iba muy rápido y el dios, a pesar de sus supuestos poderes divinos, casi perdió el equilibrio. Logramos llegar hasta él con algo de dificultad.

—¡Imbécil! —le grité empapado por el agua.

Él simplemente rio a través de las lágrimas y levantó su mano triunfante diciendo—: Jeje, encontré algo. —Tenía un osito de peluche.

—Llegó directo hacia mí —dijo lloriqueando por el dolor—. Qué desgracia. Me caí y no me pude levantar.

—Quédate quieto —le dijo el dios.

—De acuerdo maestro, me duele mucho la pierna —dijo sumisamente.

—¿Tú eres el maestro de Ozu? —pregunté.

—En efecto —dijo sonriendo.

Con la ayuda del dios/maestro levantamos a Ozu que se quejaba diciendo—: auh, auh, ¡más cuidado! —Hasta que eventualmente lo logramos llevar a la orilla como si fuera un tronco. Aunque Akashi había sufrido un susto muy fuerte a causa de las polillas, había sido lo suficiente atenta como para llamar una ambulancia y acercarse a la orilla del río. Ella se sujetaba las mejillas sentada en un banco. Temblábamos de frío mientras intentábamos secar nuestra ropa.

—Me duele, me duele. Ayúdenme —se quejaba.

—Haces mucho ruido. No sé para qué te tenías que montar en la baranda —le recriminé—. Pronto vendrá la ambulancia, aguántate un poco más.

—Ozu, has estado a la altura de mis expectativas —le dijo el maestro.

—Maestro… ¡Muchas gracias!

—Pero ¿sí sabias que cuando te dije que te rompieras una pierna no me refería a que lo hicieras literalmente? Vaya tonto incorregible.

Ozu se sentó sollozando.

La ambulancia llegó luego de unos cinco minutos y el maestro fue a hablar con los paramédicos para que atendieran a Ozu; lo cubrieron con una cobija y lo subieron a una camilla. Yo hubiera celebrado que lo tiraran al río en ese momento, pero ellos, como profesionales, no distinguían entre pacientes. Llevaron la camilla hasta la ambulancia sin importarles las maldades de Ozu.

—Yo acompañaré a Ozu —dijo el maestro subiéndose a la ambulancia.

***

Solo quedábamos los dos, yo con mi ropa empapada, y Akashi tapándose la cabeza con las manos. Como todavía tenía en la mano el osito de peluche que Ozu me había pasado lo exprimí para sacarle el agua. Realmente era un osito muy bello.

—¿Te encuentras bien? —le pregunté a Akashi.

—No soporto las polillas —dijo con un suspiro.

—¿Quieres tomar un café para calmarte un poco?

No me estaba aprovechando del momento de debilidad de una chica para alcanzar fines indecentes. Simplemente estaba preocupado por ella, todavía estaba muy pálida.

Mientras bebimos juntos las latas de café que compré en la máquina expendedora del lugar, su cara iba recuperando gradualmente un color normal. La miré confundido mientras ella apretaba sin parar el osito que le había dado.

—Este es un Mochiguma, ¿verdad? —dijo.

—¿Qué es un Mochiguma?

Dijo que tenía una colección muy preciada de ositos parecidos a ese. Tiernamente dijo que tenía cinco y los había llamado Mochiguma y que el conjunto se llamaba el “escuadrón esponjoso Mochiguma”. Muchos días buscó consuelo enterrando su cara en las espaldas esponjosas de sus ositos, sin embargo, había perdido uno en la feria de libros usados del santuario Shimogamo del año anterior.

—¿Sera este el que perdiste?

—Es casi como un milagro que apareciera aquí de entre todos los lugares posibles.

—Probablemente se lo había llevado el río —hipoteticé—. Creo que es mejor que lo tengas tu a que se lo quede Ozu.

Me miró con duda, pero parecía feliz de haber encontrado su osito y recobró su compostura dando la impresión de que se había recuperado del ataque de las polillas.

—Ozu me invitó a tomar café hoy, y luego me dijo que cruzara el puente. Me pregunto por qué lo hizo.

—No tengo idea.

—Él es interesante, ¿verdad? Una vez lo vi corriendo de lado a lado en una avenida ondeando una bandera de Ferrari.

—No le prestes atención. Es solo un idiota.

Akashi asintió.

—Parece que es muy tarde para ti, sempai. Por lo que puedo observar él ya te contagió.

Me desanimé un poco, pero le dije —ya me acordé.

—¿De qué te acordaste?

—Tengo que mostrarte esa película.

Hablaba de la película que había hecho justo antes de abandonar el club, la rara en la que Ozu recitaba un fragmento de la historia de Genji.

—Es verdad —dijo alegremente.

La siguiente vez que nos vimos y le mostré la película apareció repetidamente la palabra “confuso” en la discusión. Después decidimos ir a cenar juntos.

Se puede discutir sobre el éxito de esa película, pero, aunque yo estuviera entre el grupo de los detractores, Akashi parecía satisfecha con ella.

***

Describir cómo se desarrolló la relación entre Akashi y yo sería desviarse del propósito de este escrito, por lo que me contendré de recapitular cada uno de los acontecimientos maravillosos. Estoy seguro de que mis lectores preferirían no desperdiciar su tiempo en cosas tan insignificantes.

No hay nada más aburrido que contar una historia de amor exitosa.

***

Hablando después de experimentar los numerosos eventos que permearon mi vida de campus luego de estos, es irritante tener que reconocer lo ingenuo que fui. No soy alguien que reconozca sus errores fácilmente. Es cierto que me apreciaba mucho, pero ¿qué mujer hubiera querido aferrarse a un joven tan repugnante como mi yo de veinte años? Me enojé tanto por eso que rechacé vehementemente ayudar a mi antiguo yo.

No puedo quitarme el sentimiento de que escoger el club de cine Misogi en frente a la torre del reloj ese día había sido un error. ¿Qué si hubiera escogido otro club? Si hubiera respondido ese llamado por discípulos, escogido el club de softbol o incluso entrado a la sociedad secreta, mis últimos dos años de vida hubieran sido muy diferentes. Cuando menos es seguro que mi vida no hubiera sido tan mala como lo fue. Quizá esa elusiva vida universitaria color rosa hubiera estado al alcance de mi mano. No puedo negar que mis últimos dos años habían estado repletos de errores y oportunidades desperdiciadas.

Pero, sobre todo, ese infortunado encuentro con Ozu seguramente me perseguirá por el resto de mi vida.

***

Ozu fue internado en un hospital cerca al campus.

Era placentero verlo amarrado a la cama del hospital. Su tez pálida daba la impresión de que había contraído una enfermedad terminal cuando solo se trataba de una fractura. Probablemente sería apropiado decir que fue suertudo al escapar solo con una fractura. Vine a regodearme por su incapacidad para llevar a cabo sus habituales fechorías, pero me quedé comiendo una Castella en silencio sin decirle nada.

Nunca entendí por qué había arrastrado a su maestro en un plan tan estúpido cuyo único propósito era emparejarnos a Akashi y a mí y que terminó con él en el río. Era imposible que cualquiera de nosotros entendiéramos su pensamiento, por suerte no necesitábamos hacerlo.

—Espero que hayas aprendido tu lección y no te entrometas en los asuntos de otras personas —dije rellenándome la boca de Castella, pero el solo negó con la cabeza.

—Me niego. A fin de cuentas, no hay otra que tenga que hacer.

Que personaje tan incorregible.

Le pregunté porque estaba tan interesado en molestar a una persona tan inocente como yo.

***

Hizo su habitual mueca de youkai.

—¡Así es como demuestro mi amor!

—No necesito una cosa tan repugnante —le respondí

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