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EL NÉMESIS DEL AMOR (parte 2)

  • 24 mar 2020
  • 7 Min. de lectura

Por pura coincidencia, esa noche conocí al “maestro” que vivía en el segundo piso de Shimogamo Yuusuisou.

Neko Ramen es un puesto de ramen fantástico del que se rumorea que hace su caldo con gatos. Sin importar que sea cierto o falso el sabor es inigualable. Revelar el lugar donde aparece de vez en cuando me parece una afrenta por lo que no escribiré los detalles aquí. Sin embargo, diré que puede ser hallado por los alrededores del santuario Shimogamo.

Tarde esa noche, mientras me estremecía en un trance inquebrantable sorbiendo el incomparable ramen de ese lugar, otro cliente entró y se sentó junto a mí. A primera vista, tenía una apariencia bastante extraña, vestía getas y un yukata azul oscuro que solo usaría un goblin, todo con un aire de serenidad. Casi parecía un ermitaño inmortal de las montañas. Dándole una mirada de reojo desde mi cuenco, recordé que lo había visto varias veces en Shimogamo Yuusuisou. Una figura que se aleja mientras hace crujir los escalones hacia el segundo piso; una figura que se broncea la espalda en el balcón donde se seca la ropa mientras alguna estudiante de intercambio le corta el cabello; una silueta vacilante en los baños compartidos lavando frutas misteriosas. Su cabello estaba tan despeinado como si acabara de pasar por varios tifones seguidos y su cabeza tenía forma de berenjena. Su edad era indeterminada, y aunque yo estuve tentado a llamarlo como un señor de mediana edad, también me daba la impresión de ser un estudiante universitario. Por supuesto, nunca me imaginé que pudiera ser un dios.

Él y el tendero parecían ser amigos e intercambiaron bromas. Una vez que volteó hacia sus fideos sorbio el cuenco entero con la fuerza de las cataratas del Niagara en reversa. Antes de que yo hubiera terminado, él había limpiado todo el caldo del cuenco, prácticamente era un acto que podía ser reconocido por los dioses.

Al terminar se volteó y me escrutó lentamente. Luego de un tiempo hablo con una dicción anticuada.

—Eres un residente de Shimogamo Yuusuisou, ¿verdad?

Al asentir como respuesta él pareció bastante satisfecho.

—Yo también soy un residente allá. Un placer.

—Igualmente —le respondí y me preparé para terminar con el intercambio en ese punto, sin embargo, él me miró atrevida e intensamente asintiendo de vez en cuando y luego dijo—: ya veo, así que eres tú. Aunque todavía estaba sintiendo los efectos del alcohol de la tarde sentí sospecha de ese sujeto demasiado confianzudo. Pudo haber sido el hermano del que me separé hace diez años, pero eso era imposible considerando que yo no tengo ningún hermano del que me pudiera haber separado.

Cuando terminé mi ramen el sujeto se me acercó como si estuviera acostumbrado a caminar detrás de mí, sacó un cigarro, lo encendió y procedió a fumar y echar humo. Al intentar apresurar el paso él intencionalmente, y sin mayor esfuerzo, lo igualó calmadamente. Aunque no había viento que lo empujase, uno podría pensar en él como un hechicero. Qué fastidio, pensé, cuando el comenzó a hablar nuevamente.

***

—Dicen que el tiempo vuela como una flecha, pero es más irritante cómo pasan las estaciones sucesivamente. No tengo la menor idea de cuántas veces han fluido así desde la creación de los cielos y la tierra. Pero no parece que haya sido mucho. Que tantos humanos hayan nacido en tan corto tiempo es bastante sorprendente. Y ellos pasan sus días inventando meticulosamente sus planes, son muy trabajadores, ¿no te parece? Es bastante espléndido, estaría mintiendo si dijera que no me parecen adorables. Pero sin importar cuán encantadores sean, son tantos que simplemente no podemos cuidarlos a todos a la vez.

»Cuando llegue el otoño debemos volver a Izumo, y no se puede tomar a la ligera la tarifa del tren. Anteriormente estudiábamos cada asunto cuidadosamente e incluso teníamos discusiones y altercados sobre ellos que nos tomaba noches enteras para ponernos de acuerdo, pero estos días no tenemos tanto tiempo. Ahora simplemente arrojamos todo a la caja de “resueltos” sin siquiera molestarnos en mirar, es bastante agotador. No importa cuánto nos comamos la cabeza para juntarlos, los hombres despistados dejan escapar un montón de oportunidades bajo sus narices y las mujeres que tienen al alcance de su mano simplemente se juntan con otro hombre. Veras, es inútil rogar por un poco de carácter, es justo como querer vaciar el agua del río Biwa con un cucharón.

»A excepción de octubre, todo el año trabajamos pensando y llevando a cabo estos planes. Hay unos que lo arreglan con una lotería mientras tienen una copa de vino en una mano y se sacan los mocos con la otra, pero yo soy demasiado serio como para decidir el destino de esas pobres creaturas así. Contrario a mi propio juicio, yo me involucro en sus destinos, observo cada uno cuidadosamente, me preocupo por ellos como si se tratase de mí mismo. Me como la cabeza buscando producir un encuentro apropiado, es casi como si fuera un consultor matrimonial. ¿Se supone que esto es lo que debería hacer un dios? Por eso es que fumo tanto, que mi cabello se ha estropeado, que me harto a comer Castella, que tengo que tomar hierbas medicinales para la digestión, que me despierto al amanecer y estoy falto de sueño; el estrés ha desgastado mi mandíbula por completo. El doctor dice que debería dejar de hacer lo que me estresa, pero ¿no sería demasiado frívolo abandonar el destino de tantas personas?

»Los otros dioses seguramente no se lo toman tan en serio, se van de crucero en botes lujosos con estilo isabelino acompañados por conejitas que les sirven champaña. Se burlan de mí diciendo cosas como “Ese tipo no tiene remedio, no importa cuánto discutamos con él, no cede”. Puedo ver a través de ellos, imbéciles, incluso siendo dioses son unos completos inútiles. ¿Por qué año tras año solo yo me tomo seriamente el trabajo de unir aquellos hilos rojos? Aunque pensar en eso es algo inútil.

»¿No lo crees?

***

¿Qué es lo que está diciendo este tipo?

—¿Tú… quién eres? —le pregunté deteniéndome en la esquina en la que, al girar al este, el bulevar Shimogamo se convertía en el camino de la muerte. Frente a nosotros, el oscuro bosque Tadasu crujía alrededor del camino desértico del santuario Shimogamo en dirección norte y se veían brillar las luces naranjas de las linternas de papel en los terrenos del distante santuario.

—Un dios, mi querido amigo. Yo soy un dios. —Él me ondeaba su dedo con una expresión de entretenimiento—. Me llamo Kamotaketsunumino- kami.

—¿M… me lo puedes repetir?

—Kamotaketsunomimokamo… Kamotaketsunu- minokami, ese es. No me lo hagas decir otra vez, me mordería la lengua. —Apuntó hacia el turbio camino al santuario—. ¿No sabías? Yo vivo justo al lado del santuario Shimogamo.

Yo había visitado el santuario alguna vez, pero esa era la primera vez que escuchaba sobre la existencia de este dios. En Kioto abundan los santuarios venerados desde la antigüedad, pero el de Shimogamo es uno de los principales, incluso ha sido designado como patrimonio de la humanidad. Sin importar desde qué ángulo lo viera, que se llamara el dios de un santuario tan prominente con una historia así de importante tenía que ser una mentira de ese hombre; como mínimo un ermitaño inmortal, como máximo un dios de la pobreza, no había forma de que él pudiera ser el dios encargado del santuario Shimogamo.

—Veo que no me crees —dijo al suspirar.

Asentí.

—Desdichado, en verdad un desdichado —dijo, pero no parecía para nada ofendido. El aroma de su cigarrillo se esparcía en todas direcciones en el aire nocturno. Al otro lado del camino, los sonidos crepitantes del bosque me ponían inquieto. Tras el fumador, me preparé para alejarme rápidamente, no podría pasarme nada bueno por asociarme con ese tipo tan misterioso.

—Espera solo un momento —me dijo—, sé todo sobre ti, los nombres de tus padres, los olores repugnantes que hacías de bebé, tu apodo de la primaria, el festival cultural de tu escuela media, tu fugaz primer amor en preparatoria… que terminó en fracaso. La emoción, o más bien, la conmoción que sentiste al mirar tu primer video pornográfico, tus andanzas como rōnin, tus infames días de desidia luego de entrar a la universidad…

—No puedes hablar en serio…

—Lo sé todo. —Asintió bastante seguro—. Por ejemplo, tu plan guerrillero para proyectar una película en la que expusiste el comportamiento despreciable de Jougasaki que terminó con tu exilio ‘voluntario’ del club. Incluso la razón por la que has pasado los últimos dos años en ese estado de desventura…

—Eso es porque Oz… —dije por reflejo, pero ese hombre levanto su mano para interrumpirme.

—Acepto que has sido ensuciado en cierta medida por la influencia de Ozu, pero eso no es todo, ¿verdad?

Los acontecimientos inexplicables de los últimos dos años aparecieron de la nada en mi cabeza, pasando como linternas de papel. De todos los lugares, en el bosque sagrado del santuario Shimogamo, todos esos recuerdos dolorosos irrumpieron en mi delicado corazón al punto de hacerme querer gritar, pero me contuve como todo un caballero. Mientras yo estaba siendo aprehendido por esa agonía interna, aquel supuesto Kamotake- tsunuminokami miraba con alegría cómo me retorcía.

—Eso no te incumbe. No tiene nada que ver contigo.

Al escuchar mis palabras, meneó la cabeza.

—Échale una mirada a esto.

De los bolsillos de su yukata sacó un libro sucio, lo extendió bajo una luz de neón de una pancarta cercana y me pidió que me acercara. Caminé hacia él como si fuera una polilla atraída por la luz.

Cada vez que pasaba las hojas del libro que había sacado, carcomidas en varias partes, una cantidad inquietante de polvo caía al aire. El hombre se lamía los dedos para pasar cada una de las páginas por lo que, sin duda alguna, estaba comiendo su buena cantidad de suciedad.

—Aquí está.

El lugar al que apuntaba estaba casi al final del libro. En la tiznada página estaban escritos mi nombre, el de Ozu y el de una chica. La caligrafía era terriblemente ostentosa, era como si el que lo hubiera escrito se pensara un tipo de poderoso dios.

—Cuando llega el otoño nos reunimos en Izumo para juntar parejas. Probablemente también estás enterado de esto. Yo tengo cientos de estos encargos, y entre ellos existe este caso particular. ¿Entiendes a qué me refiero?

—No tengo ni la menor idea.

—En serio, eres más estúpido de lo que pensé que eras. Para resumírtelo, estoy planeando emparejar a esta chica, Akashi, tú la conoces, con alguien —dijo el dios—. En otras palabras, esta entre Ozu y tú.

El bosque Tadasu retumbó y se balanceó con ráfagas de viento negro.

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