EL NÉMESIS DEL AMOR (parte 3)
- 24 mar 2020
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Al día siguiente me levanté de mi cama medio podrida a eso del medio día. Inmediatamente recordé mis acciones estúpidas de la noche anterior y mi cara se tornó de un humilde tono rojo.
La noche anterior un dios había aparecido en el carrito móvil de Neko Ramen en el santuario Shimogamo, quien curiosamente vivía en el segundo piso de mi residencia y me prometió mediar la relación entre Akashi y yo. Cabía la posibilidad de que se tratase simplemente de que yo había sucumbido a una fantasía demasiado conveniente. Que otra persona maneje tus sentimientos, perder las riendas de tu corazón y convertirse en alguien desenfrenado en tu propia imaginación es algo desvergonzado y, ciertamente, algo impropio de un caballero.
Aun así, el encuentro con ese dios la noche anterior fue bastante banal. No me mostró nada fuera de lo ordinario ni hubo choques de relámpagos. No hubo un zorro o pájaro acompañante que le demostrara respeto. No fue nada más que un dios común y corriente apareciendo en un puesto de ramen y sentándose a mi lado. Incluso si fuera a decir que su aura fue persuasiva probablemente estaría mintiendo.
Averiguar la verdad sobre el asunto es cosa simple, todo lo que necesito hacer es subir las escaleras al segundo piso y enfrentarlo cara a cara. Pero si al abrir la puerta realmente apareciera el dios de anoche y me preguntara quién soy quizá mentiría sobre mi identidad, o si dijera “Jah, te la creíste” no sería capaz de mirarlo a la cara. Sin duda, despreciándome, caería en una espiral de miseria por el resto de mi vida.
—Cuando te decidas ven a visitarme en la última habitación del segundo piso. Pero quiero una respuesta en tres días como máximo, después de todo soy una persona ocupada —me dijo como despedida.
Al final, estar deprimido porque mi vida se redujera a los límites entre el campus y la residencia y ahora confundido por esa situación era una ofensa a mi honor. Cantando mantras budistas incesantemente, me poseyó esa idea rabiosa como si se tratase de un globo elevándose en los cielos de mayo.
Hablando de ello, ese supuesto dios había dicho que iría a Izumo para atar hilos rojos entre parejas. Si eso era cierto, ¿en verdad me podía quedar allí sin hacer nada?
Tomé la enciclopedia de mi biblioteca.
***
Kannazuki, conocido también como el décimo mes del calendario lunar, es famoso por ser el momento en el que ocho millones de dioses abandonan sus territorios y se reúnen en Izumo. Incluso yo sé eso. Sin inquirir demasiado sobre la cantidad exacta, ocho millones es cerca de un quindécimo de la población de Japón. Entre tantos dioses, seguramente habrá algunos dioses extraños, justo como en una universidad prestigiosa también se pueden encontrar idiotas.
Lo que estaba preguntándome era la razón concreta por la que todos esos dioses se reúnen en Izumo. Pensaba que, para que todos los dioses se reunieran por un mes completo, lo que sería un ilustre cónclave con debates apasionados, tratarían asuntos serios como estrategias para contrarrestar el calentamiento global o la economía mundial. Sería inconcebible que se tratara de algo que involucrara charlas indecentes mientras disfrutan de una sopa caliente con amigos. ¿No sería eso lo mismo que una reunión boba de estudiantes universitarios?
Ese día, al mirar la enciclopedia en mi residencia, una realidad horrorosa se presentó ante mis ojos.
En ese libro estaba escrito que aquello que debatían tan acaloradamente los dioses en Izumo era cómo emparejar románticamente a hombre y mujeres. Todos los dioses se reunían con el único propósito de unir esos hilos rojos del destino. Parecía que ese sospechoso dios del puesto de ramen decía la verdad.
Temblé por la rabia que me daban los dioses.
¿Acaso no tienen algo mejor en lo que gastar su tiempo?
***
Me puse a estudiar parara alejar mi mente de esos pensamientos. Sin embargo, al mirar mi libro de texto, concluí que debía hacer algo para recuperar aquellos últimos dos años improductivos de mi vida. Ese patético ser estaba en total contradicción con mi verdadera estética. En consecuencia, gallardamente decidí abandonar mis estudios. Esa era, quizá, la ruta más caballerosa.
Como había abandonado la ruta del estudio no me quedaba otra alternativa que recurrir a Ozu para que me proveyera el reporte que necesitaba entregar. La sociedad secreta tenía un taller de copiado donde se podía solicitar y comprar tareas falsificadas. Si no hubiera confiado en ese taller y no hubiera tenido a Ozu como intermediario para conseguir mis tareas, hace mucho me hubiera estropeado. Tanto mi mente como mi cuerpo estarían rotos en pedazos. Mi relación inseparable con Ozu probablemente también tendría algo que ver con esto.
Aunque todavía era mayo, hacía tanta humedad que se sentía como si fuera verano. Aunque la ventana estaba abierta de par en par e invitaba a exhibiciones obscenas el aire todavía se sentía estancado. En aquel aire inmóvil, elementos de composición misteriosa se entremezclaban y fermentaban a tal punto que, como si se tratase de la destilería de whiskey Yamazaki, seguramente marearían a cualquiera que entrara a ese espacio de cuatro tatamis y medio. Por otro lado, al abrir la puerta que llevaba al corredor, los bellos gatitos que vagaban por la residencia intempestivamente entraron en la habitación. Eran tan adorables que casi me daban ganas de comerlos, pero no caería tan bajo como para llegar a hacer algo tan mezquino como eso. Incluso si solo me quedase un juego de ropa interior siempre actuaría como lo haría un caballero. Luego de acariciar sus ojos soñolientos los saqué de la habitación.
Al cerrar la puerta me dejé caer como un tronco. Traté de perderme en fantasías desenfrenadas, pero no funcionó. Luego traté de hacer un plan para hacerme con esa vida futura color rosa de mis sueños, pero tampoco funcionó muy bien aquello. Irritándome por cualquier cosa, lo único que se revolvió fueron mis entrañas. Sin otra cosa en la que descargar mi frustración aplasté en pedazos las desafortunadas cucarachas que se intentaban colar por las grietas de la habitación de cuatro tatamis y medio.
Como me había levantado tan tarde ese día, la luz se convertía rápidamente en escuridad. La luz del sol poniente brillaba a través de la ventana incrementando mi irritación. El bravucón que se sentaba malhumorado en ese espacio con luz naranja sentía querer montar un caballo blanco por la playa como un hombre noble, pero desgraciadamente yo, el némesis del amor, le tenía miedo a los caballos.
Siendo atormentado por esos pensamientos innecesarios y ambivalentes, recordé que se acercaba la hora que había acordado con Ozu. Seguir atormentándome parecía una pérdida de tiempo. ¿Acaso realmente piensas que si sigues esta interna batalla masoquista algún día un buda vendrá, te levantará con los hilos de una telaraña y te acariciará la cabeza? Al final, los hilos se romperán y te hundirás en el infierno de los cuatro tatamis y medio, terminando únicamente como el entretenimiento de ese buda.
A las cinco de la tarde, concluyendo con esos delirios masoquistas, Ozu vino solo para encontrarme todavía allí malhumorado.
—Parece que sigues de malos ánimos, como siempre. —Fueron sus primeras palabras.
—Podría decirte lo mismo —le reproché.
La cara de Ozu era tan fea como la sala común de la residencia, aunque el olor a amoniaco que desprendía probablemente era solo mi imaginación. Bajo el sofocante sol dos hombres de poco más de veinte años se miraron fijamente. El malhumor producía más malhumor, y ese generaba más malhumor, y así era como se repetía interminablemente un ciclo de miseria. Ya estaba harto de eso.
—¿Ya están terminados los preparativos? —pregunté.
Ozu, como respuesta, simplemente sacudió venenosamente la bolsa de platico con tubos verdes, azules y rojos que llevaba consigo.
—Bueno, no está mal. Vamos —dije.



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