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EL NÉMESIS DEL AMOR (parte 4)

  • 24 mar 2020
  • 7 Min. de lectura

Ozu y yo dejamos Shimogamo Yuusuisou, también llamada ciudad amurallada Kowloon, y nos sumergimos en el desértico pueblo. Cruzamos el camino del santuario Shimogamo y llegamos al bulevar Shimogamo. Al pasar el tribunal de familia que quedaba en el bulevar, se puede ver el puente Aoi que atraviesa el río Kamogawa. La magnífica vista nocturna del agua cristalina fluyendo por el río fue bastante desperdiciada por los dos jóvenes sospechosos en el puente. Miramos río abajo con los brazos cruzados. Las hojas bañadas por la luz solar que brotaban a ambos lados del rio eran bastante bellas. Desde el puente Aoi, se puede ver el puente Kamo a la distancia, con automóviles y buses sobre él. Desde esa posición también podíamos sentir débilmente las siluetas de estudiantes universitarios divirtiéndose a la orilla del río. Pronto, ese campo de juego se tornaría en un infierno de gritos agonizantes.

—¿En realidad vamos a hacerlo? —pregunté.

—¿Acoso no dijiste ayer que estabas preparado para desatar el castigo divino? —dijo Ozu.

—Claro, desde nuestra perspectiva es un castigo divino. Para todos los demás será una broma estúpida.

Ozu rio con desdén y dijo—: ¿Entonces vas a prestar atención a lo que ellos piensen y dar la espalda a tus convicciones? Yo nunca confiaría mi cuerpo ni mi alma a esa gente.

—Cállate.

La única razón por la que dijo esas cosas fue para agitarme. Para esta persona, que se alimenta tres veces al día del sufrimiento ajeno, suscitar emociones y confundir a las personas era su raison d’etre.

—Está bien, llegados a esto, hagámoslo.

Mientras despreciaba externamente su idiotez, lo seguí para mantenerme firme a mis convicciones. Bajamos del puente y nos ubicamos en la orilla occidental del río Kamogawa mirando rio abajo. El río Kamo nace donde el río Takanogawa, del noreste, y el río Kamogawa, del noroeste, se encuentran. Los estudiantes llaman al triangulo invertido donde confluyen los tres ríos el “Kamo delta”. Desde la primavera hasta comienzos del verano, es un lugar bastante popular para hacer fiestas de bienvenidas a los primerizos.

Nos acercamos al Kamo delta sin tomar mucho tiempo. Sentíamos que esos bulliciosos y alegres jóvenes sentados en mantas azules estaban a nuestro alcance. Aumentando nuestra cautela, nos escondimos bajo el oscuro puente Demachi. Nuestro ataque sorpresa se vendría abajo si nos descubrían los alegres miembros del campamento enemigo, justo como en una de las batallas de Ichinoya.

Tomé los fuegos artificiales de la bolsa de plástico y los alisté en el piso. Ozu sacó los binoculares que le presté y comenzó a inspeccionar el otro lado del Kamo delta.

Encendí un cigarrillo, el viento nocturno dispersó rápidamente el humo. Un padre acompañando a su hijo pasó por el puente sobre nosotros, nos vio con sospecha, pero siguió su camino. Afortunadamente aquello no era algo a lo que los transeúntes le dedicaran una segunda mirada. Era algo que hicimos para afirmar nuestras convicciones, no podía ser detenido.

—¿Qué tal parece? —preguntó.

—Jejejej. La mayoría de los de nuestro año están ahí, pero no vi a Aijima ni a Jougasaki.

—¿Cómo carajos pueden llegar tarde a una fiesta siendo tan borrachos como son? ¿Que no tienen sentido común? —resoplé—. Sin ellos dos no hay punto en el ataque sorpresa.

—Ah, ahí está Akashi.

Akashi era una estudiante un año menor que nosotros dos. Repentinamente recordé lo que había estado escrito en el libro del sospechoso dios de la noche anterior.

—¿También vino Akashi?

—Mira, está en el terraplén tomando cerveza. Como siempre, está separada del resto del grupo.

—Brillante, pero hubiera estado mejor que ni siquiera hubiera ido a una fiesta tan estúpida como esa.

—Siento lástima por la persona a la que le tocó hacerla venir.

Brevemente, imágenes de la apariencia intelectual y los movimientos refinados de Akashi corrieron por mi cabeza.

—Ah, ah —Ozu sonaba excepcionalmente complacido—. Llegó Aijima.

Arrebatándole los binoculares, seguí los movimientos de Aijima desde los pinos hasta el terraplén, los nuevos estudiantes lo saludaron con ánimo.

Aijima era la mano derecha de Jougasaki en el club de cine Misogi y constantemente nos fastidiaba. Le podíamos perdonas que criticara sin razón nuestras películas, pero incluso hacía maromas para manipular el cronograma de proyecciones en nuestra contra. Hasta nos tocó postrarnos en humillación para que nos prestara el equipo de edición. Eso era imperdonable. Aunque fue tacleado por los juerguistas no nos quedaríamos a gusto con aquella pequeña transgresión al otro lado del río. Hoy, el martillo de la justicia caería y nos vengaríamos por esos años de arbitrariedad. Arrepiéntete de tus errores desde el fondo de tus entrañas mientras corres intentando escapar de los fuegos artificiales que te caen encima y llora mientras juegas con los cangrejos en la orilla del río.

Mi respiración resonaba con la pesadez de una bestia predadora. Tomé un petardo, pero Ozu me agarró la mano.

—Todavía no, Jougasaki no ha llegado.

—Ya no me importa, la muerte de Aijima será suficiente.

—Entiendo cómo te sientes, pero nuestro objetivo real es Jougasaki.

Nuestra discusión continuó por un rato. Los motivos detrás de nuestras acciones eran totalmente impuros, pero Ozu tenía la razón. Gastar todos nuestros esfuerzos por atacar a Aijima, un simple títere, sería un desperdicio. Decidí devolver mi espada a su funda.

Sin embargo, a pesar de todo lo que esperamos, Jougasaki no apareció. En medio del viento silbante fuimos heridos hasta lo más profundo de nuestras almas. Del campamento atiborrado de cerveza resonaban risas alegres. Por el contrario, nosotros simplemente mirábamos sin movernos mientras que personas paseando perros o haciendo ejercicio nos miraba de reojo.

En el río Kamogawa, esta situación tan contrastiva solo agregaba gasolina al fuego. Si hubiera habido una doncella de cabello negro junto a mí, hubiera podido aguantar sin mayor problema en esa posición arrastrada, lamentablemente, era Ozu el que estaba junto a mí. A pesar de que en la otra orilla ocurría una escena armoniosa. ¿Por qué tenía que yacer allí con un hombre que parecía un usurero de la era Taisho? ¿En qué me equivoqué? ¿Cuál es mi problema? Por lo menos concédeme un alma gemela o una doncella de cabello negro. Es lo que pensaba.

—Vaya contraste —dijo Ozu.

—Cállate.

—Ahh, parece tan divertido del otro lado.

—¿De qué lado estás?

—Esto no tiene sentido, vamos al otro lado. Quiero beber con todos esos primerizos ingenuos.

—¿Planeas traicionarme?

—Nunca te prometí nada.

—Hace un rato dijiste que me ofrecerías tu cuerpo y alma como apoyo. ¿No te acuerdas?

—Ya me olvidé de eso.

—Tú… imbécil.

—¡No me mires con esa cara!

—Oye, deja de pegárteme así.

—Pero estoy solito, y esta brisa me da frío.

—Tú, bastardo solitario.

—¡Kyaa!

Esa parodia de una pelea entre amantes bajo el puente pronto se sintió totalmente vacía de sentido, o más bien, ese vació finalmente acabó con nuestra paciencia. Aunque todavía estaba ausente la figura de Jougasaki, una vez que habíamos llegado a ese punto no lo podíamos evitar. Podíamos enviarle un pastel repleto de insectos muertos después, pero en este momento nos contentaríamos con echarle agua helada a su honorabilidad.

En medio de la oscuridad de la noche nos acercamos a la orilla del río, yo tenía los fuegos artificiales y Ozu llenó un balde con agua.

***

Los cohetes son cosas que deben ser lanzadas al cielo. Absolutamente no son algo para ser sostenidos con las manos, ser lanzados a otras personas, o ser usados para bombardear la otra orilla del río donde un grupo de estudiantes celebra una fiesta de bienvenida para los nuevos miembros del club. Pueden ser extremadamente peligrosos. Me gustaría que todos ustedes evitaran seguir mis pasos.

Aunque se suponía que iba a ser un ataque sorpresa, lanzar un golpe sin avisar no encaja en mi estilo. Levanté mi voz hacia el campamento enemigo y dije—: Pongan mucha atención, bla bla bla, ¡ahora comenzaremos nuestra venganza! Por favor protejan sus ojos —Luego los miré. Todos se quedaron estupefactos, nos miraban boquiabiertos como idiotas. Enojado decidí que si no entendían por las buenas los haría entender por las malas.

De repente, noté la figura de Akashi sosteniendo su cerveza gesticulando la palabra “idiota”. Después de dirigirnos esa crítica, ella rápidamente se escondió detrás de un árbol, pero el resto de los fiesteros fueron incapaces de comprender la situación y miraban confundidos en todas direcciones. Una vez que Akashi se había refugiado no había nada que me contuviera. Señalé inmediatamente a Ozu para que comenzara el bombardeo.

Originalmente habíamos planeado una retirada galante acompañada con los gritos de la otra orilla, pero parecía que los estudiantes mayores querían quedar bien frente a los primerizos y comenzaron a cruzar el río sin importarles que se estuvieran mojando. Aquella circunstancia inesperada nos llenó de confusión.

—Uhg, creo que nos deberíamos ir —dije.

—Espera, todavía tenemos que apagar el fuego.

—Pues apúrate.

—También nos quedan unos cohetes sin lanzar.

—Abandónalos.

Comenzamos nuestra escapada hacia el puente Demachi, pero de la cima del terraplén apareció una figura que se apresuraba hacían nosotros con una expresión excesivamente amenazante.

—¡Malditos alborotadores! —gritó con una voz que parecía familiar.

—Woaa, finalmente apareció Jougasaki —se lamentó Ozu.

—Que inoportuno.

Gritando, Ozu pasó por mi lado y huyó en la dirección contraria. Abandonó cualquier vestigio de autorrespeto al gritar “lo siento, lo siento” repetidamente mientras desaparecía ágilmente en medio de la noche en dirección al puente Kamo.

Casi me atrapó Jougasaki, pero esquivé su agarre con la gracia de un leopardo y corrí por mi vida tras Ozu.

—¿Por cuánto tiempo planearon hacer esta fechoría? —Jougasaki nos dirigía esas palabras de reproche desde lo alto del terraplén. Si realmente quería asumir una actitud disciplinaria contra mí, primero debía examinarse seriamente a sí mismo. Estaba tan enfadado que casi me detengo para enfrentarlo, pero era claro que la justicia tras mis acciones sería derrotada por la turba violenta que me perseguía. No tenía ninguna intención de someterme a tal deshonor, por lo que no era una huida, era una retirada táctica.

Ozu había llegado al puente Kamo y casi no lo podía ver. Vaya juego de piernas tan aterrador. Estaba a punto de seguirlo, pero repentinamente me golpeo la espalda un objeto hirviendo, lo que me hizo gruñir de dolor.

Detrás mío, se levantaron gritos de alegría; parece que las fuerzas enemigas como venganza me habían lanzado un cohete que me golpeó por la espalda cuando me retiraba. Los acontecimientos de mis últimos dos años comenzaron a fluir por mi mente como dentro de una linterna giratoria de papel.

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