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EL NÉMESIS DEL AMOR (parte 5)

  • 24 mar 2020
  • 7 Min. de lectura

Los dos años posteriores a mi ingreso a la universidad, me había involucrado en una batalla sin sentido. Aunque no me avergonzaba de mis incontables fechorías como némesis del amor, no podía contener mis lágrimas. Era una camino espinoso y desagradable el que había escogido.

El color rosa que esperaba mi cerebro al entrar a la universidad se convirtió rápidamente en un purpura azulado debido a muchos eventos que no contaré aquí. Ciertamente, nada que pueda decir provocaría la más mínima simpatía de mis lectores. En el verano de mi primer año la espada más filosa del mundo, la realidad, cortó mi tonto sueño de vida universitaria.

Después comencé a mirar el mundo con ojos fríos y decidí blandir un martillo sobre las cabezas de aquellos que frívolamente se pierden en fantasías imprudentes. Poniéndolo francamente, decidí arruinar los caminos amorosos de todo el mundo.

Si una doncella del este se enamoraba, le decía “Ríndete con ese maníaco”; si un chico quedaba fascinado en el este le decía “Es imposible, te deberías rendir de una vez”; si los fuegos artificiales del amor florecían en el sur, rápidamente los apagaba con agua; y se dice que el amor en sí mismo es imposible en el norte. Por todo ello, me gané una reputación como “insensible”, pero aquello era un malentendido. De hecho, entendía las situaciones mejor que cualquiera, y usaba esa información para destruir dichas relaciones intencionalmente.

Hubo alguien que disfrutaba mis esfuerzos, que me animaba y se reía mientras yo avivaba las brasas del conflicto dentro de los clubes. Ese alguien era Ozu. Usando su peculiar red de información, no había rumor del que no estuviera enterado. Siempre que yo comenzaba a poner gasolina en el fuego, él inmediatamente esparcía rumores maliciosos para ventilar las llamas; y así, para su placer, las esquinas de todos los clubes se llenaban de peleas y discordias internas. Sería apropiado llamarlo la encarnación de la maldad, la desgracia del homo sapiens. Nadie debería desear convertirse en alguien como él.

El club de cine Misogi había sido inaugurado hace poco, pero ya contaba con cerca de treinta miembros, por lo que eran treinta enemigos con los que tendría que lidiar. Debido a nuestras acciones también habíamos hecho que algunas personas abandonaran el club, quienes después me emboscaron y casi me ahogaron en los canales del río Biwa. Por un tiempo fui incapaz de volver a mi habitación y me tuve que esconder en la residencia Kitashirakawa con un conocido mientras ocultaba mi presencia. Había sido tan mezquino que había hecho que la novia de un chico llorara en medio de la avenida Konoe en diversas ocasiones.

Pero no lo hice, no podía perder.

Sobra decir que, si hubiera perdido en ese entonces, todos, incluso yo, hubiéramos sido más felices. Aunque me importa un carajo si Ozu es feliz o no.

***

En primer lugar, estaba en contra del sistema con el que operaba al club de cine Misogi.

Allí, bajo el comando benevolente del camarada Jougasaki, los miembros del club pacíficamente hacían las películas que él quería, un arreglo bastante despreciable. Con el solo hecho de trabajar bajo su comando contra mi voluntad fue suficiente para que quedara insatisfecho con esa disposición. Sin embargo, me mortificaba el hecho de que abandonar el club se podría entender como si hubiera perdido. Sabiendo que tendría que encender las llamas de la rebelión frente a los ojos de Jougasaki y sus secuaces, comencé a grabar una película de características peculiares. Claro que, como ningún miembro estaba dispuesto a ayudarme, tuve que obligarme a perdirle ayuda a Ozu.

Mi primer trabajo narraba la historia de dos hombres que, después de la guerra del pacífico, continuaron una batalla de bromas que les exigía llegar a los límites del ingenio y la fuerza; una película rebosante de violencia. Con Ozu, cuya expresión, justo como una máscara de Noh, nunca cambiaba, y mis constantes puestas en escena energéticas y caravanas de bromas sin piedad, se convirtió en una película nauseabunda sin comparación. La escena final, que mostraba a un Ozu pintado por completo de rosa y a mí con la cabeza a medio rapar peleando sobre el puente Kamo, definitivamente merecía ser vista. Sin embargo, como era de esperar, la película fue completamente ignorada por la audiencia; solo Akashi rio durante la proyección.

Mi segunda película estaba inspirada en el Rey Lear de Shakespeare, y mostraba a un hombre titubear entre el afecto de tres mujeres. Lamentablemente, no pudimos pasar por alto que no contábamos con ninguna mujer para grabar, y nos vimos obligados a centrarnos en la lucha interna del hombre, lo que significó una lluvia de críticas y reproches del grupo femenino y posicionó la obra en el primer lugar del panteón de las películas pervertidas. Solo Akashi rio durante la proyección.

Mi tercer proyecto fue una película de supervivencia, trataba sobre un hombre que, buscando escapar de una prisión infinita de cuatro tatamis y medio, emprende un viaje interminable. Pero comentarios como “¿No he visto algo parecido en otro lado?” o “Ni siquiera es una película de supervivencia” acabaron con mis esperanzas. Solo Akashi hizo un comentario favorable.

Entre más hacía películas con Ozu más nos odiaban los demás miembros del club; Jougasaki se volvió completamente frio y al poco tiempo nos comenzó a tratar como piedras al lado del camino.

Lo más extraño es que entre más nos esforzábamos por destruir su reputación más parecía aumentar el carisma de Jougasaki. Ahora que lo pienso, es como si hubiéramos estado del otro lado de la polea que lo elevó constantemente. Aunque decir eso ahora no vale para nada.

En realidad, todos mis planes fueron insuficientes para mejorar mi forma de vida. Era demasiado obstinado.

***

Al huir exitosamente del río Kamo, nos dirigimos a la ciudad para celebrar nuestra victoria.

Se sintió bastante vacía, la brisa fría nos golpeaba mientras íbamos en bicicleta. Al desmontar, caminamos como idiotas por las calles de Kawaramachi. Las llamativas luces del barrio brillaban e iluminaban el cielo azul. Ozu me guio hasta el puente Sanjou y entró en una tienda de cepillos bastante anticuada. Al poco tiempo salió con una cara llena de disgusto.

—¿Y bien? ¿Compraste el cepillo?

—No, y eso que necesito dárselo como tributo al maestro Higuchi. Dijo que quería el fantástico cepillo de fregar con forma de tortuga que es famoso por limpiar cualquier rastro de impurezas.

—¿Siquiera existe algo así?

—Ese es el rumor, pero… incluso el tendero se burló de mí. No le puedo llevar algo distinto al maestro.

—Parece que hasta podría limpiar la estupidez de tu alma.

—Es complicado que el maestro siempre esté pidiendo cosas. Es fácil conseguir crepes de pimientos japoneses o los mochis de arroz de Demachi, pero incluso pide cosas como globos antiguos, pancartas de librerías, caballos de mar y pulpos gigantes. Y si le llevamos algo que no le agrada nos amenaza con excomulgarnos. No hay reposo para el cansado.

A pesar de decir todo eso, Ozu parecía extrañamente animado al pasear conmigo por Kiyamachi.

Aunque en realidad era una retirada táctica, seguía dudando de mí como si realmente hubiera sido una derrota. Ozu constantemente tenía una expresión que decía: “mientras sea interesante, me vale”, pero yo no podía ser tan irresponsable. Habíamos lanzado nuestro ataque sorpresa en el Kamo delta para enseñarle una lección a todos a los que les teníamos rencor, pero al recordar, parecía como si ellos lo hubieran disfrutado. Nuestra batalla no es un espectáculo para entretener una juerga; incluso si era interminable, merecía más elogios que Eizan.

—Kehehehe —rio entre dientes Ozu—. Aunque Jougasaki luciera tan admirable frente a sus admiradores probablemente está bastante agotado.

—¿Será verdad? —pregunté, pero Ozu solo puso una cara de orgullo.

—Incluso siendo un estudiante de doctorado dedica todo su tiempo a grabar películas y no estudia nada, por lo que no puede hacer experimentos ni exámenes. Incluso cuando sus padres redujeron su presupuesto él se peleó con su jefe y renunció. Acaba de terminar con la chica que le robó a Aijima el mes pasado. Difícilmente está en posición para sermonear a otro.

—¿Cómo es que sabes todo eso?

Ozu hizo una expresión evasiva y dijo—: No deberías subestimas mi red de información. Sé más sobre ti que lo que sabe tu enamorada.

—Yo no tengo una enamorada.

—Bueno, solo estoy cubriendo mis bases, nuestro problema real es Aijima —dijo con una cara de preocupación.

—¿De verdad?

—Realmente no entiendes cuánto está ocultando —dijo sonriendo.

—Ilumíname.

—No, no puedo, es demasiado terrible como para ponerlo en palabras.

Por esa época del año el río Takase era poco profundo, casi tan poco profundo como las películas que Jougasaki estaba obsesionado por grabar. Yo, todavía enojado, miraba el reflejo de las luces del barrio en la superficie del agua. El angosto y ajardinado mundo del club de cine Misogi, en especial las chicas de primer año, todavía reverenciaba el carisma de Jougasaki a tal punto que se negaban a observar la realidad frente a ellos y se revolcaban en éxtasis como los gatos con sus juguetes. Aunque él pretendía tener discusiones serias sobre el cine y actuaba como todo un caballero, en realidad solo estaba interesado en senos; de hecho, esa era la única parte que le miraba a las chicas. Probablemente sería mejor si se dejara cautivar por completo por los senos y dejara que el resto de su vida callera en la ruina.

—Ey, tus ojos están brillando.

Relajé el entrecejo y en ese momento una chica que pasaba cerca nuestro me miró y sonrió; sus cejas eran lizas y delicadas. Me recompuse y le devolví una sonrisa digna de un caballero del año cien de la era Meiji. Al recibirla, la chica se acercó para iniciar una conversación, pero contrario a mis expectativas habló con Ozu.

—Oh, buenas noches.

Con una vos sensual preguntó que estaba haciendo ahí.

—Solo un encargo.

Como no era mi intención escuchar a hurtadillas, y la atmosfera se había puesto algo romántica, aumente mi distancia con Ozu. Con todo el ruido de la calle no pude escuchar sus voces, pero mirando desde la distancia parecía que la chica había medido sus dedos en la boca de Ozu. Parecían bastante íntimos, pero no me sentía celoso.

Como no era de mi estilo quedarme en la calle mirándolos, volteé y me puse a mirar las tiendas dispuestas en la calle.

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