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EL NÉMESIS DEL AMOR (parte 7)

  • 24 mar 2020
  • 7 Min. de lectura

Con la retirada táctica del Kamo delta, las palabras desconcertantes de la adivina y los ataques mentales de Ozu, acabé mi bebida en pocos tragos.

—¿Akashi sigue siendo un miembro de Misogi? —gruñí, pero Ozu meneó la cabeza.

—Escuché que se retiró la semana pasada. Parece que rechazó a Jougasaki.

—Wow. Justo después de nosotros.

—Probablemente solo estaba en el río como un ‘exmiembro’ del club. Qué mujer tan fiel.

—Vaya que sabes un montón sobre el asunto.

—Bueno, estuvimos bebiendo el otro día en la fiesta del club de ingeniería.

—Bastardo, sí que engañas a todo el mundo.

La imagen de Akashi escondida tras el árbol en el terraplén mientras tomaba cerveza apareció en mi mente.

—¿Qué tal Akashi? —preguntó de repente.

—¿A qué te refieres?

—Como soy la única persona que te ha podido entender hasta el momento, con tu inaudita idiotez y tu inigualable repugnancia-

—Cállate.

—Probablemente ella te podría entender. Esta es una oportunidad. Si no la aprovechas estarás sin esperanzas. —Sonreía mientras me miraba.

Moví mi mano para llamar su atención.

—Escúchame. No quiero una chica que pueda entender a alguien como yo. Quiero alguien que ponga mi cabeza en las nubes, alguien cuya delicadeza y refinamiento sean de ensueño, una doncella de cabello negro cuya cabeza esté llena solo de belleza.

—¿Persigues un sin sentido tan egoísta?

—Cállate y déjame en paz.

—No sigues pensando en ese día en que Kohinata te rechazó, ¿verdad?

—No digas ese nombre en frente mío.

—Ah, así que sigues pensando en eso. Qué tipo más obstinado.

—Si sigues hablando cocinaré tu cabeza en esta parrilla —lo amenacé—. No quiero tener este tipo de conversaciones acerca del amor contigo.

De repente Ozu se paró sobre su silla y se burló de mí.

—Entonces, asumo que la oportunidad es mía. Seré feliz en lugar tuyo.

—Es imposible para alguien tan malo como tú. Akashi tiene buen ojo para las personas. Además, tú ya tienes novia, lo puedo saber por la forma en la que te la pasas escabullendo.

—Fu-fu.

—¿Qué con esa mueca en tu cara?

—Secreto.

***

Mientras teníamos esa conversación irritante, súbitamente recordé mi real, pero irreal, encuentro con kamotaketsunominokami en Neko Ramen. En ese encuentro poco misterioso, pero infinitamente sospechoso, aquel arrogante y peculiar dios había insinuado que estaba decidiendo entre Ozu y yo. Es verdad; había sido tan perturbador que había desaparecido de mi mente. Con mi cabeza harta de alcohol me preguntaba si él pudo haber predicho toda esta situación, pero no, no era posible. Era demasiado vergonzoso que yo, entre todas las personas, estuviera tan solo que fuese el sujeto de una fantasía así de conveniente. Era absurdo pensar que me involucraría románticamente con una doncella de cabello negro como Akashi. Pero aun así era desconcertante. Ese dios expuso las desgracias de mi vida, también insinuó sobre los tormentos de mi pasado y, como extra, incluso acertó completamente sobre la situación por la que estaba pasando en ese momento. No había forma de explicar aquello. ¿Podría ser un verdadero dios? ¿Acaso iba realmente a Izumo en tren cada otoño para tejer hilos rojos del destino?

Mientras pensaba todo eso la cabeza me comenzó a dar vueltas y me di cuenta de que estaba borracho cuando me percaté que Ozu había desaparecido. Se había levantado diciendo que necesitaba ir al baño para algo y no había vuelto.

Al principio no pensé mucho de ello. Me sumí calmadamente en mis pensamientos a medida que ellos se inflaban como un globo. Sin embargo, habían pasado quince minutos y Ozu no había vuelto. Me imaginé que se había escapado y me enojé. Esa era la décimo octava vez que se había ido y me dejaba con la cuenta.

—Maldita sea, no otra vez.

Mientras me enfurecía y murmuraba en voz baja sentí que Ozu volvía y se sentaba frente a mí.

—Ya era hora —bufé y miré al otro lado de la mesa, pero no era Ozu.

—Vamos, sempai. Come. Si quieres comer más te tienes que apresurar —dijo Akashi despreocupada mientras comenzó a cocinar la carne que quedaba.

***

Akashi era una estudiante un año más joven que yo del departamento de ingeniería. Como no hablaba mucho, los estudiantes de su año la respetaban y evitaban bastante. Como era alguien que no tenía miedo de responderle a Jougasaki cuando él buscaba pleito me caía bien. Con el filo de su elocuente boca no podía ser vencida por Jougasaki. Aunque su indiferente, pero inteligente cara, por no mencionar sus senos, eran algo deseable, como él tenía miedo de que su imagen carismática fuese dañara, pronto aprendió a hablarle con descuido.

En el verano de su primer año, Jougasaki, como siempre, dirigía una expedición al monte Yoshida, donde proyectaría sus absurdas películas. Mientras los primerizos disfrutaban de la brisa y nosotros nos encargábamos del almuerzo, uno de los nuevos le preguntó fútilmente “Akashi, ¿qué haces los fines de semana?”.

—¿Por qué me preguntas ese tipo de cosas? —le respondió sin siquiera mirarlo.

Después de eso nadie le volvió a preguntar por sus fines de semana.

Gracias a Ozu me enteré de ese intercambio de palabras un tiempo después de los hechos y orgullosamente recuerdo que pensé: “Akashi, sigue yendo a tu ritmo”.

No entiendo por qué alguien tan inteligente se habrá inscrito en un club tan excéntrico como Misogi. Ella estaba preparada para cualquier situación y podía comprender inmediatamente cualquier pieza de maquinaria que le pusieras en frente; era demasiado respetada y la gente no se le acercaba demasiado. Aunque ella, Ozu y yo generalmente fuéramos dejados de lado, había un mundo de diferencia entre ella y nuestro despreciable dúo.

Pero ella, cuya semblanza parecía una fortaleza medieval europea, tenía una debilidad.

El otoño pasado, debido a la falta de mano de obra, fui forzado a ayudar en la producción de una película que, como siempre, sería grabada en el monte Yoshida.

Mientras Akashi instalaba el equipo de audio sobre un árbol con una expresión extraordinaria, como si fuera un inspector en tiempos de guerra, de repente gritó como si fuera un personaje de caricaturas y cayó del árbol. Yo corrí rápidamente y la atrapé o, mejor dicho, mientras trataba de escapar me cayó encima. Con el cabello totalmente desarreglado, ella se me aferró mientras agitaba su mano derecha fuertemente.

Sintió haber agarrado un pedazo de corteza inesperadamente esponjoso mientras estaba encaramada en el árbol, pero en realidad había cogido una polilla gigante con su mano derecha. Al parecer le tenía pavor a las polillas.

—Lo aplasté, lo aplasté… —mascullaba una y otra vez mientras temblaba. Su cara estaba tan pálida como si acabara de ver un fantasma. Su fuerte agarre solo mostraba la fragilidad de la persona a la que se aferraba. En ese momento yo, némesis del amor, me enamoré de ella inmediatamente debido a la fascinación que sentí por su reacción. Las pasiones mundanas que había abandonado tiempo atrás estallaron de nuevo en mi interior, pero contuve firmemente mis emociones y consolé a Akashi, que todavía murmuraba incoherencias, como todo un caballero.

No tenía ninguna esperanza de que ella simpatizara con la batalla sin sentido que estábamos peleando Ozu y yo. Ella se comportaba como una mera espectadora en lo referente a las políticas internas del club y nunca se lo tomó como un problema.

La opinión de Akashi sobre las películas que hicimos Ozu y yo fue la siguiente: “Has vuelto a hacer otra película estúpida ¿verdad?”. La dijo tres veces en total.

Bueno, contando mi obra maestra, cuatro veces. Nuestra última película, hecha esta primavera, fue la única que le disgusto realmente. Adicionalmente agregó a su lista de críticas: “esta es de naturaleza cuestionable”.

***

—¿Qué haces aquí, Akashi? ¿Qué no estabas en el Kamo delta? ¿Viniste hasta aquí solo para verme? —dije vanidosamente, pero ella solo frunció el ceño y me señaló con el dedo.

—En verdad no pones atención a nada. ¿Se te olvidó que a muchos clubes les gusta tener fiestas en este restaurante?

—Sí sé. Yo también vengo seguido.

—Después de la fiesta Jougasaki nos invitó a venir acá y le mostró el camino a los primerizos. Están por allá. —Apuntó hacia la entrada. Quise levantarme y mirar por sobre la división, pero al pensarlo por segunda vez decidí no hacerlo para evitar el riesgo de ser visto.

—¿Por qué pensarían en hartarse de carne luego de una fiesta? Vaya bárbaros carnívoros. ¿Qué no tienen nada de orgullo como agricultores? —me quejé, pero ella me ignoró.

—Sería bastante malo si te vieran.

—Si lo que quieren es pelear, pelearé con ellos. Aunque estoy bastante seguro de mi derrota.

—Si realmente quieres pelear está bien, pero serás terriblemente deshonrado. Quedarás como un payaso en frente de todos esos primerizos. Vamos, termina de comer lo que queda. —Me ofrecía la carne cocinada mientras engullía las sobras. Como la miré con una mirada de ligero asco, ella se sonrojó y me dijo—: Perdóname, hace mucho no como carne—. A pesar de su vergüenza estaba comiendo bastante. Como ya estaba lleno le dije que se comiera el resto.

—Me voy a casa. ¿Sabes algo de Ozu? ¿Lo has visto?

—Ozu ya escapó por la puerta trasera. Definitivamente merece su apodo “Ozu el escurridizo”

Él era tan ágil como el viento, justo como el ejército del clan Takeda.

—Ya calculé la cuenta. Jougasaki y los otros te verán si sales por la puerta principal, así que sal por la puerta trasera. Ya le pedí el favor al tendero. Lo conozco de hace tiempo.

Qué plan tan fríamente calculado. Estaba tan sorprendido que seguí su plan dócilmente y le pasé el dinero de la cuenta.

—Te devolveré el favor algún día.

—No te preocupes, solo asegúrate de que cumplirás tu promesa —me dijo frunciendo el entrecejo.

—¿Cuál promesa? —le pregunté, pero ella solo me agitó su mano.

—Olvídalo. Por ahora corre. Tengo que volver donde ellos en breve.

Me bebí lo que quedaba de mi té oolong y me despedí casualmente. Pisando con cuidado, caminé por el corredor agachado al lado de la división para que no me vieran.

Una anciana con delantal blanco me abrió la salida del personal. Respondió a mis gracias murmurando—: Lo tienes bastante complicado a pesar de ser tan joven. —Akashi le debió haber explicado lo que sucedía.

Una vez salí me encontré en un callejón estrecho y oscuro. Caminé por Kiyamachi buscando a Ozu, pero no lo vi por ningún lado.

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