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EL NÉMESIS DEL AMOR (parte 9)

  • 24 mar 2020
  • 9 Min. de lectura

Recuerdo haberme encontrado con Akashi justo antes de abandonar el club.

Estaban haciendo las proyecciones de primavera en uno de los auditorios. Luego de que comenzara mi película de Misaki rápidamente me sumí en la oscuridad y me dirigí a la sala de reuniones del club. Sin importar lo estúpido que fuera Jougasaki, seguramente se daría cuenta del verdadero propósito de la película después de unos minutos. Era claro que sería aprehendido, sentenciado y ejecutado en una corte marcial precedida por él, por lo que quería recoger mis pertenencias del salón del club.

El brillo dorado del sol iluminaba los arbustos del campus haciendo que sus hojas brillaran como caramelos. No tenía idea de por qué había estado en ese club por dos años, pero, al final, abandonarlo seguía siendo un asunto emotivo.

Ozu se me había adelantado nuevamente y estaba el salón del club terminando de empacar sus cosas en una mochila con la postura de un youkai guardando huesos humanos. Tenía que elogiarlo por su increíble habilidad para ser siempre el primero en escapar.

—Llegaste rápido.

—Es porque prefiero evitar los problemas que se avecinan. Así que pensé en desaparecer lo más rápido posible. Aunque parece que ya nos ganamos nuestra buena parte de líos.

—Tienes razón.

Metí casi todas mis cosas en una mochila que había preparado para el caso, pero dejé mis mangas y novelas como regalo de despedida.

—Sabes, no tienes que abandonar el club conmigo.

—Vaya descaro que tienes para decirme eso sabiendo que me hiciste ayudarte. Sería inútil que me quedara acá solo —reprochó—. Además, a diferencia de ti, yo he diversificado mi vida universitaria, por lo que todavía tengo un montón de clubes a los que puedo ir.

—Siempre me he preguntado qué tipo de cosas haces.

—Soy un miembro de una sociedad secreta, soy el discípulo del maestro, soy parte de un club religioso… y mi vida amorosa es bastante ajetreada.

—Espera. ¿Tienes novia?

—Fu-fu.

—¿Por qué pones esa mueca indecente?

—Secreto.

Mientras guardábamos nuestras cosas Ozu susurró repentinamente—: Viene alguien. —Y salió corriendo antes de que le pudiera decir que me esperara. Qué velocidad tan increíble. Akashi entró al salón justo cuando agarré mi mochila para seguirlo.

—Eh, Akashi.

Tomó un gran sorbo de la gaseosa que tenía en la mano y me frunció el ceño.

—Has vuelto a hacer otra película estúpida ¿verdad? —dijo—. Vi una parte.

—¿Suspendieron la proyección?

—Como a la audiencia le parece entretenida no la pueden parar, pero Aijima y otros te están buscando. Probablemente vendrán acá pronto, así que te aconsejo correr si no quieres que te revienten.

—Ya veo. Vale la pena siempre que los espectadores se rían con ella.

Ella meneó la cabeza.

—Me gustaban las que hiciste antes. Esta es de naturaleza cuestionable.

—Bueno, esta era una de tocar y correr.

Sus ojos se posaron sobre la mochila que llevaba y preguntó—: Sempai, ¿vas a abandonar el club?

—Pues claro.

—Considerando lo que hiciste esta vez, creo que no se puede evitar. Has acabado con la última pizca de prestigio que te quedaba en el club.

Le ofrecí una sonrisa vacía.

—Eso es un alivio.

—Sempai, eres un imbécil.

—Supongo que tienes razón.

—Se supone que hoy ibas a proyectar la película de Ozu Genji, quiero ver esa.

—Si quieres te la puedo mostrar.

—¿De verdad? Entonces es una promesa.

—Sí, la próxima vez. Pero no es que sea muy buena.

—Es una promesa —insistió.

—Voy a dejar mis mangas aquí, asegúrate de leerlos en mi lugar.

Y así, como si nada, abandoné los últimos dos años de agonizante forcejeo y el lugar que me había configurado como un inútil. Estaría contento siempre y cuando mi última obra le hubiera dado un golpe al carisma de Jougasaki, aunque en el fondo pensaba que eso era algo improbable.

—Bueno, Akashi, me despido. Que no te despisten las mentiras de Jougasaki.

Ella se volteó para mirarme.

—¿Te parezco tan estúpida?

En ese momento vi a Aijima y a los otros girar en la esquina y corrí por mi vida sin responderle.

***

Pasé todo el día agobiando por la batalla que estaba teniendo lugar en mi cabeza entre mi soledad y raciocinio hasta que eventualmente salí al campus y me dirigí a la residencia. Ese día estaba preocupado por tantas cosas que ya no recuerdo ninguna.

Aunque era demasiado tarde para un plan perfecto, y sabiendo que la pregunta por quién debía ser feliz y quién no era increíblemente complicada, pasé el tiempo considerando mi vida, la vida de Ozu y la vida de Akashi según distintos patrones, advirtiendo destinos diferentes, comparando y contrastándolo todo. También consideré si alguien como yo, que se había dedicado a interferir en el amor ajeno y estaba destinado a morir por grupo de caballos furiosos, todavía podía cambiar su forma de vida. Al final, luego de romperme la cabeza, di con una respuesta y configuré un plan de acción adecuado.

***

Mientras meditaba sobre mi conclusión el cielo se tornó de un azul índigo a medida que se acercaba el crepúsculo.

Al decidirme abandoné mi habitación y fui a ver al dios.

Aunque había vivido en la residencia Yuusuisou por dos años esa era la primera vez que había ido al segundo piso. El pasillo estaba lleno de basura y cosas de residentes. Estaba más sucio que el primer piso. Estaba tan desordenado como el centro de la ciudad y a cada paso que daba el espacio se angostaba más y más. Era como estar en un callejón trasero de Kiyamachi. Llegué a la última habitación del segundo piso, la 210. Al lado de la puerta estaban apilados un sillón otomano, una pecera mugrienta, una rana afelpada decolorada, un cartel de la feria de libros, y muchas otras cosas. Había tantos que casi no había lugar para estar de pie. Realmente le faltaba formalidad al lugar como para que un dios estuviera viviendo allí. Quise huir del caos y refugiarme en el orden del primer piso para vivir mis días en paz, pero al mismo tiempo me odiaba por haber tenido esperanzas tan estúpidas. Ni siquiera había un nombre en la placa de la puerta.

A fin de cuentas, dispuesto a que solo se tratara de una broma y que se rieran de mí, junté todas mis fuerzas y golpeé a la puerta.

—Eeeennntrude. —Con esa extraña proclama el dios asomó su cabeza—. Ah, eres tú. Bueno, ¿qué decidiste? —preguntó con un aire que dejaba entrever la cantidad de tiempo libre que tenía.

—Ozu es inaceptable. Emparéjame con Akashi.

Él sonrió.

—Muy bien, espera en esa silla un momento.

Se replegó en su habitación y pude escuchar los ruidos que se producían dentro. Como no tenía intención de sentarme en esa silla mugrienta me quedé de píe en el pasillo. Luego de un rato salió de y me dijo—: Vamos. Sígueme.

***

¿A dónde íbamos? Seguramente no era a hacer una ofrenda en el santuario Shimogamo ¿o acaso era necesario hacer algo así? Temblé por las dudas que me atacaban por la espalda, pero él no salió en dirección al santuario. En su lugar, pasó rápidamente por la casa de té de Shimogamo y se dirigió al sur. Estaba desconcertado, llegamos a la estación Demachiyanagi y desde ahí siguió río abajo hacia la calle Imadegawa y se detuvo al este del puente Kamo, donde miró su reloj de pulso.

—¿Qué estamos haciendo? —le pregunté titubeando, pero simplemente puso un dedo frente a su boca.

Había caído la noche y el Kamo delta nuevamente estaba repleto de estudiantes bulliciosos. Debido a las lluvias, que solo habían parado el día anterior, el río había crecido bastante y las luces de los postes de luz hacían parecer que era de color platino. Ahora que terminaba el día, un montón de luces de vehículos pasaban por el puente Kamo. Las luces anaranjadas de las lámparas que brillaban en el puente misteriosamente bajaron su intensidad. Por alguna razón el puente lucía extremadamente amplio.

Como me quedé temblando de pie el dios me empujó por la espalda.

—Ahora es hora de que cruces el puente.

—¿Por qué?

—Escúchame bien. Akashi vendrá del otro lado del rio. Habla con ella e invítala a tomar un café o algo. Escogí este romántico lugar con ese único propósito.

—Eso es imposible, ¡no puedo!

—Deja de quejarte y ve.

—Esto es muy raro. ¿No dijiste que hacías los emparejamientos cuando ibas a Izumo en otoño? ¿Tiene sentido que hagas algo antes de eso?

—Pero que persona tan insufrible eres. A pesar de que hacemos esos emparejamientos sigue siendo importante poner todas las piezas en su lugar. Ahora ve.

Con un suave empujón, comencé a caminar por el puente. Era muy irritante ser tratado como un tonto. —Oh, si te cruzas con un sujeto extraño antes de encontrarte con Akashi, no le pongas atención —me dijo desde atrás.

Mientras caminaba me crucé con muchos extraños, pero a los pocos pasos me encontré con una siniestra cara familiar que flotaba bajo la luz de una de las lámparas de la barandilla. Una imagen demoniaca que no puedo olvidar sin importar cuanto lo intento. ¿Por qué estaba él ahí? Cuando lo miré Ozu simplemente me devolvió una sonrisa, se agachó y me golpeo en el estómago. —Oohf —gemí, pero él se alejó hacia el este como si nada.

Me quedé de pie justo en la mitad del puente, encorvado sobre mí mismo y sobándome la barriga con el río Kamo fluyendo a mis espaldas. Al sur, sobre la neblina del río, las lejanas luces de la calle Shijou brillaban como gemas.

En ese momento Akashi apareció caminando.

Intenté comenzar una charla casual, pero me congelé de repente.

Por lo general no tenía problema para intercambiar palabras con ella como su sempai, pero como el temido némesis del amor que intentaba construir, y no destruir, una relación, mi cuerpo se petrificó como el concreto y mi boca quedó tan seca como Marte. Nunca había actuado tan sospechosamente como aquella vez en la que era incapaz de posar mis ojos en un punto particular y jadeaba como si se me hubiese olvidado como respirar. Probablemente no hubiera lamentado si me hubiera lanzado a las agitadas aguas del río Kamo para escapar de la mirada cautelosa de Akashi.

—Buenas noches —dijo ella con una mirada de confusión—. ¿Escapaste sano y salvo?

—…Sí, gracias a ti…

—¿Estas paseando?

—…sí…sí.

Y en ese preciso momento mi materia gris dejó de funcionar.

—Ah, bueno.

Continuó caminando.

Era inevitable. Como alguien que siempre había interferido en el romance ajeno, no tenía idea de cómo caminar aquel camino por mí mismo. No era razonable esperar que alguien tan orgulloso como yo, que se vio involucrado en ese tipo de experiencias tan repentinamente, descaradamente expresara sus emociones. Como mínimo necesitaba prepararme. “Eso será todo por hoy”, me dije. Me había esforzado al máximo y hecho mi mejor esfuerzo.

Cuando nos disponíamos a seguir nuestros caminos ambos nos sorprendimos por la aparición de un goblin haciendo una pose dramática sobre la baranda del puente; una vista extraña. Nos acercamos para mirarlo. Era Ozu; imposible saber qué es lo que él pensaba al posar bajo la luz anaranjada de los postes.

—¿Qué estás haciendo encaramado ahí?

Él rio mientras nos dirigía una mueca.

—¿Jamás pensaste que hoy pasara esto? Aunque debo decir que me sorprendes al desafiar a un dios y tratar de arruinar el curso del amor de esta manera.

En ese momento recordé y miré hacia el este del puente. Kamotakestuniminokami estaba de pie con sus brazos cruzados mirándonos con gran interés.

—¿Quieres decir que todo esto fue una broma tuya? —Mi estomagó se retorció—. Por fin te atrape.

—¿De qué hablan? ¿Qué está pasando? —me preguntó en susurros Akashi.

—¿Qué no le hiciste una promesa al dios del santuario Shimogamo? —me reprochó—. Tienes que aprovechar esa ocasión ahora. ¿No lo entiendes? Akashi está justo a tu lado.

—Esto no es de tu incumbencia.

—¡Voy a saltar si no actúas en este momento!

Con esas absurdas palabras nos dio la espalda y juntó sus manos preparándose para saltar al río.

—¡Espera! ¿Qué tiene que ver mi vida romántica contigo para que te propongas saltar del puente?

—La verdad es que yo tampoco lo sé —admitió.

—Ozu, el río está muy crecido, si saltas te vas a ahogar —Akashi también intentó persuadirlo.

Mientras sucedía aquel intercambio de palabras extraño, comenzaron a escucharse gritos que se acercaban desde el Kamo delta. Las fiestas de los estudiantes se habían interrumpido y todo el mundo corría hacia el norte tratando de escapar de algo.

—¿Qué es eso? —preguntó Ozu agachándose. Cuando me acerqué a la baranda pude entrever una especie de nube oscura que se acercaba al delta desde el parque Aoi. A medida que crecía y cubría el Kamo delta por completo aumentaba el volumen del zumbido. La gente dentro de la nube corría en todas direcciones agitando sus brazos y golpeándose las cabezas como si estuvieran locos. La nube oscura comenzó a acercarse hacia nosotros por el río.

El ruido del delta comenzó a tornarse más bullicioso. La nube que emergió del parque continuaba acercándose a nosotros. Aquello no era un hecho ordinario. Con el zumbido fortaleciéndose, la nube se nos acercó moviéndose como una alfombra voladora hasta que finalmente ascendió de la superficie del río, pasó por la baranda y cubrió el puente como una avalancha.

—¡GYAAAAAAAHHHHH! —Akashi gritó como si fuera un personaje de caricaturas.

Era un enjambre de polillas.

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