Fooly Cooly - Parte 1
- 8 oct 2019
- 11 Min. de lectura
Actualizado: 24 mar 2020
Esta historia tiene el potencial de ser considerablemente embarazosa para Naota.
Por ese entonces, Naota Nandaba estaba en grado sexto. Obtenía notas bastante buenas y pasaba sus clases sin ningún problema. En secreto, se enorgullecía de ser más maduro que los otros estudiantes de su edad.
Una de sus frases favoritas era “no existen adultos verdaderos en el mundo”. (Sin embargo, al mirar dramas en la televisión, pensaba para sí mismo que el famoso actor Tetsuya Watari era un “adulto verdadero”).
Al mismo tiempo, se encontraba enredado en una extraña relación con Mamimi Samejima. Mamimi era una estudiante de segundo año de preparatoria que siempre tenía la cabeza en las nubes. Regularmente faltaba a clases para jugar videojuegos en su celular. Parecía estar dispuesta a abandonar la escuela en cualquier momento.
Naota no tenía un fetiche particular por chicas mayores, pero no podía terminar esta peculiar relación íntima – era “peculiar” porque Naota acababa de comenzar la escuela media. Aunque tenía cuerpo y mente saludables, su cuerpo no había alcanzado el desarrollado de su genial personalidad.
Poniéndolo simple, Naota estaba siendo usado como un juguete. En realidad, probablemente Mamimi no lo veía como el verdadero sujeto de sus afectos. Cuando mucho, lo quería como hubiera querido a un osito de peluche o quizá a un hámster. No, probablemente no significara tanto como una mascota… era simplemente un substituto. Un desgraciado substituto.
La parte más triste de todo esto es que ella ni siquiera lo necesitaba realmente.
Aun así, siempre que Naota se detiene a respirar el aire otoñal le llegan memorias suyas. Por muchas razones otoño tiene un significado especial para él.
Su barrio, dentro de la ciudad de Mabase, era uno como cualquier otro. Frente a la estación central del tren había una escultura innecesariamente alta construida con fondos públicos. Un gran río atravesaba tanto la parte rural como la parte industrial de la ciudad y, a sus orillas, bajo el puente Mabase, Naota y Mamimi solían pasar tiempo juntos. Aquel lugar era, como era de esperar, donde ellos se encontraban cuando ella apareció.
En ese día…
Mamimi ondeaba el bate de baseball de Naota mientras, como siempre, decía tonterías. Mamimi todavía llevaba su uniforme pues se encontraron de camino a casa luego de salir de la escuela.
Ese tiempo era especial. Aquel tiempo que pasaban entre las jaulas de la escuela y las de casa era indispensable, parte significativa de crecer. Esa corta liberación permitía vislumbrar la libertad del mundo adulto.
¿Cuándo obtendrían permanentemente ese tiempo libre? ¿acaso llegaría ese día cuando ya no tuvieran que seguir estudiando? Con esas preguntas en sus corazones disfrutaban sus fugaces momentos de libertad.
“Después de la escuela” era ese momento especial en que los niños podían actuar realmente como niños. A pesar de ello, Naota siempre se sentaba a la orilla del río para hacer sus tareas o preparándose para otras clases. Una tarde, bajo la brisa otoñal, Mamimi, mirando sospechosamente a Naota mientras él se sentaba allí con su libro de texto abierto, le preguntó:
- ¿Takkun, porque estás estudiando? - siempre le decía “Takkun” a Naota.
- Porque no quiero ser un tonto.
- ¿Harías mi tarea también?
- Si solo te la pasas jugando te convertirás en una orate - le replicó Naota.
-Takkun, sabes muchas palabras difíciles, ¿Qué significa ‘orate’?
Él no le respondió.
Siendo honestos, Naota tampoco sabía que significaba esa palabra. ¿podría tener algo que ver con comer chicle? ¿acaso se refería a una chica que se la pasaba vagando por la ciudad comiendo chicle? ¡No, no, no, no! Había decidido no dejar que Mamimi lo influenciara. En cualquiera caso a el le gustaban más las mentas que los chicles.
- ¿Por qué no estudias en tu casa? – le preguntó Mamimi.
- Porque no es chévere.
En realidad, a Naota no le gustaba hacer sus tareas donde su padre pudiera verlo. Sus notas eran buenas sin importar si estudiaba o no, pero le molestaba la forma en la que su padre se burlaba de él por estudiar. No le gustaba mostrar mucho interés en el estudio. Aparentaba una actitud relajada para evitarse las burlas de su padre.
- ¿Y que hay de ti? ¿por qué siempre vienes aquí? – le preguntó.
Sorprendida, y aguantando la risa, le dijo – porque…
- porque…
- porque me gusta.
Con el corazón acelerado le preguntó – ¿qué es lo que te gusta?
- Este lugar – respondió sin inmutarse – ¿pensabas que iba a decir “Takkun”?
Así fue como recordó su rol de novio substituto.
Mamimi, quien había visto a través de las expectativas de Naota y le respondió cruelmente, repentinamente lo abrazó por la espalda y le dijo hora de jugar.
Puso sus manos frías sobre la cabeza de Naota. La mano con la que Naota sostenía su lápiz se puso rígida al instante, ¡lo habían tomado por sorpresa! Se comió otra menta para tranquilizarse un poco.
- Apestas a cigarrillos – le dijo.
- Hoy no he fumado – le susurró Mamimi.
En esa colina de pasto alto y seco, Mamimi se recostó sobre él. Le puso el pecho gentilmente sobre la espalda. Comenzó a morderle su oreja y cuello mientras le acariciaba los hombros y los brazos. Se sentía como un peluche gigante.
Naota no hacía nada, se quedó completamente en silencio. No estaba lo suficientemente calmado como para disfrutar aquello, pero eso no significaba que se quisiera resistir. Siempre que pasaba, la única opción que tenía Naota era seguir con la corriente.
- Sabes, esto que haces, acaso significa…
- Lo tengo que hacer – decía – si no lo hago, me sobrecargo.
¿Se sobrecarga? ¿qué quería decir? ¿qué pasaría si se sobrecargara? Aunque la mente de ese chico en desarrollo se atiborraba de dudas y curiosidad era incapaz de gesticular esas preguntas mientras lo acariciaban.
Mamimi lo abrazo con más fuerza mientras le besaba el cuello. Cada vez que ‘jugaban’ así, Naota, abismado por la fragancia de Mamimi, miraba hacia la fábrica en la cima de la colina.
Aquel edificio podía ser visto desde cualquier parte de la ciudad. Lucia casi igual que una antigua plancha de ropa. Era una fábrica de suplementos médicos de la Medical Mecánica, y causó mucho revuelo entre los adultos cuando la construyeron. Todos opinaron que sería un beneficio si Mabase se convirtiera en una ciudad industrial, es más, no se tendrían que preocupar de que los jóvenes se fueran a otro sitio para buscar trabajo.
Para cuando Naota entró a grado sexto casi todos trabajaban en ahí. Cuando los estudiantes decían que tenían un trabajo de medio tiempo, siempre significaba que trabajaban para Medical Mecánica y, si tomamos en cuenta todos los negocios que se beneficiaban de la fábrica, se podría decir que la mayoría de los ciudadanos vivían de ella. La cantidad de instalaciones relacionadas con la planta incrementaba constantemente, para entonces ya se contaban entre ellas el hospital MM, la biblioteca MM y un estadio de Croquet MM.
Mientras Naota – con Mamimi todavía recostada sobre él – miraba el rastro de humo elevarse, expulsado por la fábrica varias veces al día, sentía que aquel humo era el culpable de robarle todo el color al mundo. El humo se dispersaba en una nube semitransparente que cubría la ciudad entera tragándose el color del mundo.
- Yumi – dijo Mamimi al morderle suavemente el cuello.
No hay nada maravilloso en este mundo, todo es normal.
Este juego que Mamimi disfrutaba tampoco era algo especial. Naota pensaba que la realidad era solamente un mundo soso y cansino.
Al terminar la hora de jugar Naota se levantó y metió dinero en una máquina expendedora cercana. Su boca estaba seca, sentía como si se hubiera tragado la misma saliva una y otra vez todo el día. Justo cuando iba a oprimir el botón para café helado Mamimi, que estaba detrás de él, oprimió rápidamente el de limonada.
- ¡Oye! ¡Sabes que no me gustan las cosas amargas! – protestó Naota.
Ignorándolo, Mamimi tomo la lata, la abrió y comenzó a beber.
- ¿En serio estas gorroneando a un estudiante de secundaria?
- Ups, dejé una marca – dijo Mamimi mientras tocaba un moretón fresco en el cuello de Naota, un mordisco de amor - ¿qué vas a hacer? ¿lo taparás con una venda?
No hubo respuesta. Naota sabía que estaba perdiendo la discusión. Él, Naota Namdaba, admirado por muchos como la menta fresca de la clase, se encontraba completamente perdido. Una chica de preparatoria con un chicle sabor a papaya por cerebro lo estaba jodiendo.
Mamimi dejó de tomar de la lata y se la ofreció a Naota.
- ¿Qué? – le preguntó él.
- Es tuya, todavía queda la mitad.
Luego de recibirle la lata, posó su mirada en la boca de Mamimi.
Sus labios, humedecidos por la limonada, lucían brillantes y seductores… momentos antes, habían recorrido a través de su piel. Aunque habían acariciado su cuello y orejas muchísimas veces, Naota no los había besado, ni siquiera una vez; Mamimi se rehusaba siempre que él lo intentaba, era lo único que ella no haría, interconectar sus labios estaba prohibido.
No era por que Mamimi quisiera ser una provocadora implacable, la verdadera razón pesaba fuertemente en su corazón.
Mamimi lo llamaba “Takkun” y Naota sabía por qué. Ella le había explicado que había tomado el ‘ta’ de su nombre y añadido el ‘kun’ por cariño. Era una explicación disparatada, una explicación con sabor a papaya.
El hermano mayor de Naota, Takasu, se encontraba estudiando en Estados Unidos gracias a una beca deportiva en baisbol. Mamimi era en realidad la novia de Takasu y no besaría a su novio substituto, cuando todavía estaban juntos ella lo llamaba “Takkun”.
Naota tiró la lata hacia la calle.
- ¡Oye! ¡Las latas vacías tiene que ir en la basura reciclable! – dijo Mamimi sabiendo que la lata todavía no estaba vacía.
La lata medio vacía voló por el aire antes de caer y rodar por el piso.
En ese momento Naota recordó una cierta carta, una caja de pandora que se agitaba constantemente en su memoria. Adjunta a ella había llegado una foto de Takasu con una chica rubia.
- Sabes… – con un poco de dificultar para escoger las palabras correctas comenzó – …mi hermano, en Estados Unidos, él…
Repentinamente los ojos de Mamimi perdieron todo su brillo, su expresión era mucho más severa que cuando rechazó el beso de Naota.
En retrospectiva, ella debía haber sabido, o al menos debió tener algún presentimiento. Pero Naota no tenía manera de saberlo en ese momento.
¿Debería hacerlo? ¿debería por fin abrir esta caja de pandora? Tal vez no podre volver a pasar tiempo con Mamimi a la orilla del río. ¿en serio debería hacerlo? ¿En verdad quiero perder estos momentos después de la escuela en los que Mamimi y yo pasamos el tiempo juntos?
Tarde o temprano el tendrá que decirlo, tendrá que decírselo a ella.
Le voy a decir.
- En Estados Unidos, mi hermano, él…
No vaciles, ¡dilo de una vez!
De repente…sí, pasó justo en ese momento. Ambos, absortos por la seriedad del momento, se habían olvidado del mundo a su alrededor, por lo que no notaron el sonido de la motocicleta que se les acercaba hasta que ya era muy tarde.
- Itadaki-mamut – con ese grito incomprensible la chica de la motocicleta se dirigía a Naota.
Su motocicleta era un scooter; una Vespa importada.
Mientras conducía, la chica de la Vespa tomó la guitarra eléctrica que tenia en su espalda preparándose para golpear a Naota.
¿Qué? ¡una psicópata! Fue lo primero que pensó Naota. ¡Debe estar loca!
La guitarra que sostenía se le acercaba a una tremenda velocidad y, por el miedo, sus rodillas comenzaron a temblar.
Se acabó. Estoy muerto. Aquí viene.
Y entonces…
- ¿Eh? – dijo la chica de la Vespa.
Al pasar la llanta sobre lata de limonada que Naota acababa de botar la chica perdió el control de la motocicleta.
- ¡Rararararara! - Emitió un sonido extraño.
De mal en peor. Justo cuando Naota pensaba que iba a estar bien, la situación empeoró.
La Vespa misma salió disparada hacia Naota y el impacto mando su cuerpo volando. Rebotó a lo largo del camino. El grito de la chica de la Vespa fue lo último que escuchó antes de perder el conocimiento.
- ¡Takkun! – gritó Mamimi mientras corría hacia el cuerpo de Naota que yacía en el suelo.
- ¡Detente! – le ordenó la chirriante voz de la chica de la Vespa. Luego de estacionar la motocicleta junto a ellos, arrogantemente le ordenó a Mamimi en inglés – Stop, native girl.
Mamimi no era buena con el inglés, pero prácticamente entendió lo que significaban esas palabras. Aunque no era su obligación obedecer a esa chica extraña como Mamimi era de carácter débil se detuvo inmediatamente. Comenzó a tambalearse graciosamente, al igual que un saco de boxeo luego de ser golpeado.
- Como Taro se golpeó la cabeza no lo debes mover – le dijo en un idioma que Mamimi entendió. Se bajó de la Vespa y se acercó a Naota.
Oh, habla japonés, pensó Mamimi. Había asumido que no podrían comunicarse.
- Umm, pero su nombre no es Taro, es Naota – y agregó innecesariamente – Yo le digo Takkun.
La chica se agachó y puso su oreja sobre el pecho de Naota para evaluar su condición. Actuaba como si tuviera experiencia con ese tipo de cosas, pero al mirarla era obvio que era un fraude.
- ¡Taro ha muerto! – dijo repentinamente en un tono de extrema sorpresa. – Este chico esta completamente, sí, absolutamente muerto, muy propio de él.
A esta chica le falta un tornillo, pensó Mamimi para sí.
Cuando la chica de la Vespa se quitó el casco a Mamimi la sorprendió su belleza. Sus ojos eran verdes como las manzanas o esmeraldas pálidas. ¿De dónde podrá ser? ¿Serán lentes de contacto de color? Luego de una observación meticulosa su tono de piel era un poco diferente que el de un japonés normal.
Quizás gracias a sus instintos de delincuente de preparatoria, Mamimi intuyó que no era una chica común. Sentía la fuerza que desprendía la piel de esa chica. Aquellos ojos verdes brillaban con ambición y una ferocidad desenfrenada. Eran los ojos de alguien fuerte y Mamimi pensaba que eran geniales.
- ¡Oh no, lo maté! ¡Finalmente encontré la cura para la enfermedad y luego voy y lo mato! ¡Aahhg! ¡Vuelve!
- ¡Oh! – exclamó Mamimi mientras miraba como la chica repentinamente comenzó a besar a Naota, probablemente en un intento de darle respiración boca a boca.
El beso era intenso, sin titubeos, prolongado.
Eso era malo. Mamimi sabía que tenía que hacer algo, pero no podía decidir cómo reaccionar frente a la situación que ocurría ante ella.
Mamimi Samejima estaba enganchada al cigarrillo y frecuentemente faltaba a clases. Le gustaba pensar en ella como una persona a la que no aplicaban reglas ni regulaciones. Sin embargo, esa chica loca, quien había atropellado a un niño con su motocicleta dejándolo inconsciente y que ahora lo besaba, estaba completamente fuera de su comprensión. ¿Qué podría hacer Mamimi en una emergencia como esa?
¡Verdad! Tenía un teléfono, podía llamar a la policía. Justo cuando Mamimi pensó en un plan Naota comenzó a recuperar el sentido, todavía en medio del beso.
Finalmente, la chica de la Vespa separó sus labios de los de él y dijo – ¡Lo logré! ¡Taro, te traje de vuelta a la vida!
- Ya te dije, no se llama Taro – le dijo nuevamente Mamimi.
- ¿De verdad? ¡Qué bien! Si hubiera sido Taro, esto habría sido un problema grave, habría muerto definitivamente. ¡Qué suerte tengo!
Inexplicablemente entusiasmada, mientras el chico volvía en sí, ella alzó su guitarra y la estampó con todas sus fuerzas contra la cabeza de Naota.
Mamimi no pudo hacer nada sino mirar aquella violencia, completamente atónita.
- ¿Mmmm? ¿fallé? No está saliendo – murmuraba la chica mirando el brazalete en su brazo izquierdo.
No era un reloj, era un tipo de accesorio que Mamimi no había visto antes, una pequeña cadena colgaba de la correa dorada en la muñeca de la chica.
Mirando la cadena negó con la cabeza. – esto no está bien, voy a probar otra vez – Dijo mientras comenzaba a zarandear la cabeza de Naota.
Cuando la chica alistó nuevamente su letal guitarra Mamimi apresuradamente abrazó a Naota para protegerlo.
- Estoy por golpearle la cabeza, por favor no lo muevas.
Mamimi encaró a la chica con una mirada de reproche.
Naota, quien acababa de volver en sí por completo en ese momento, abrió su boca y preguntó - ¿Qué hiciste?
- ¿Qué? RCP, obviamente.
- ¡Claro que no! – dijo mientras se limpiaba sus labios húmedos.
- ¿Te metió la lengua? – preguntó Mamimi.
Naota no sabía qué decir, su primer beso había ocurrido sin su consentimiento. Sabía a curri picante.
Una Mamimi muda miraba a Naota.
Era terrible. El mayor problema no es que su primer beso hubiera sido uno forzado, sino que Mamimi lo había visto.
¿Qué es eso?
Era el sonido del motor de la Vespa. Cuando se voltearon vieron a la chica en el asiento lista para huir.
- Gracias por nada – le dijo a Naota y aceleró a máxima capacidad.
¿Qué fue todo eso? Era una lunática que había llegado salida de la nada.
- Eso debe sentirse genial – dijo Mamimi mientras veía como la chica se alejaba rápidamente en su Vespa, la cual, lucía bastante costosa.
- ¿Genial?
- La libertad.
Naota no respondió.
- Parecía tener más de veinte ¿verdad? – continuó Mamimi.
- Una adulta idiota que todavía no ha crecido – dijo Naota – ¡ouch! – comenzó a sentir el dolor de la herida que le dejó la guitarra.
Y así fue como Naota la conoció.



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