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LA GUERRA MASOQUISTA (parte 1)

  • 25 mar 2020
  • 8 Min. de lectura

En los primeros dos años de mi vida universitaria no hice ni siquiera una sola cosa significativa. Evité totalmente las relaciones con el sexo opuesto, el cuidado de los estudios, la disciplina del cuerpo y otras actividades que me hubieran convertido en un miembro competente en la sociedad. Aun cuando me aparté de las mujeres, abandoné mis estudios y dejé mi carne caer en la ruina. ¿Por qué sigo trabajando sin cesar, esperando que ocurra ese arreglo perfecto?

Necesito preguntarle al responsable. ¿Dónde está esa persona?

No es como si yo hubiera estado en este tipo de situación desde siempre. Cuando nací era un modelo de pureza incólume, tan encantador como el príncipe Genji en su infancia; sin un solo pensamiento retorcido en la cabeza, mi radiante cara difundía la luz del amor por las colinas y los valles de mi pueblo natal. Dudo que ese sea el caso todavía. Cada vez que me miro en el espejo me lleno de ira preguntándome cómo es que me convertí en esto. ¿Es este el culmen de mi existencia presente?

Hay aquellos que dicen que todavía soy joven y que las personas siempre pueden cambiar.

Que ridículo.

Se dice que el alma de un hombre es la misma a los cien años que a los tres. Este año otro más será agregado a mis veinte y, así, el fin de mi esplendida juventud de cuarto de siglo se acerca poco a poco. ¿Qué resultará de los esfuerzos toscos que he hecho por cambiar mi personalidad? Llegados a este punto, si intento moldear mi carácter, que se ha asentado y solidificado, lo único que puedo conseguir es romperlo.

En este momento me debo levantar y obligarme a llevar una vida respetable. Debo forzar mis ojos a mirar en esa dirección. Es mi firme intención no cerrar los ojos.

Aun así, de alguna forma, resulta insoportable de ver.

***

El personaje principal de este relato soy yo. El otro es el maestro Higuchi. Y entre estos dos hombres nobles existe un personaje secundario de poca relevancia, Ozu.

Hay poco que decir sobre mi persona más allá de ser un estudiante universitario de tercer año. Sin embargo, para apaciguar a mis lectores he visto bien describir mi apariencia.

Hagamos un paseo por Kioto. Salgamos por la Kawaramachi Sanjou hacia el occidente pasando los recreativos. Al ser un fin de semana de primavera la multitud está bastante animada. Mientras ojeas las tiendas de regalos y las casas de té, repentinamente ves una doncella de cabello negro, de esas que te aceleran el corazón, aproximarse. Es tan radiante que todo a su alrededor pierde brillo. Sus brillantes ojos oscuros miran al hombre que va a su lado. Él luce de poco más de veinte años, tiene los ojos claros, las cejas firmes, una sonrisa fresca en su rostro y un aire de extrema inteligencia, mide cerca de 180 cm y tiene un buen cuerpo, siempre mantiene en orden sus emociones, tiene una postura excelente y da cada paso con confianza, siempre tiene un aura agradable a su alrededor. Es excelente en todos los aspectos, no le puedes encontrar un solo defecto sin importar desde qué ángulo lo examines. Si existe un estándar para juzgar un hombre, de seguro él lo es.

Por favor, me gustaría que se imaginaran esa persona cuando piensen en mí.

Como solo estoy haciendo esto para apaciguar a mis lectores es seguro que no me estoy dibujando más bello de lo que soy en realidad, no trato de hacer que las estudiantes de preparatoria babeen pensando en mí, tampoco trato de parecer un estudiante universitario perfecto ni me invento nada para hacerme parecer una persona absurdamente maravillosa. Por lo que, queridos lectores, por favor, graben en su memoria esa imagen que acabo de presentar ante sus ojos y recuérdenla siempre que piensen en mí.

Es cierto que de momento no tengo una bella doncella de cabello negro a mi lado. También hay algunas pequeñas diferencias entre el hombre que describí y mi persona.

Sin embargo, eso son detalles menores. Lo importante es lo que hay en el interior.

***

Continuemos con el maestro Higuchi.

Yo vivo en la habitación 110 de una residencia llamada Shimogamo Yuusuisoi que recuerda la ciudad amurallada Kowloon y que queda en Shimogamo Izumigawa; él vive en la habitación 210. Por dos años, hasta nuestra despedida fatídica en la primavera de mi tercer año aquí, fui su aprendiz. Como consecuencia por abandonar mis estudios para practicar mi ascetismo, al final solo aprendí cosas inútiles y aumenté las partes improductivas de mi personalidad mientras descuidaba las mejores.

Se rumoreaba que el maestro Higuchi era un estudiante de octavo. Constantemente se le veía vagar sospechosamente por el campus, como un animal que había vivido más de la cuenta.

En su cara con forma de berenjena siempre se encontraba una sonrisa que le daba un aire de hombre noble. Empero, siempre tenía su corta barba desarreglada. Llevaba su yukata azul todos los días, y en invierno la cubría con un buzo viejo; fácilmente lo podías encontrar en algún café elegante bebiendo un capuchino. No tenía ni siquiera un abanico, pero en los calurosos días de verano demostraba su conocimiento sobre cientos de lugares diferentes donde te podías refrescar. Su cabello era indescriptible dado su extrañeza y desarreglo, lucía como si un tifón hubiera pasado por su cabeza sin tocarle otra parte del cuerpo. Le gustaba fumar cigarrillos. En algunas ocasiones iría a clases como si recordase que era un estudiante, pero seguramente nunca se podría graduar. Aunque no hablaba ni una palabra de chino era muy familiar con los estudiantes extranjeros de la residencia; una vez vi que una chica china le estaba cortando el cabello. Una vez le presté mi copia de Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne, pero, pasando las páginas sin prisa, se demoró casi un año en devolvérmela. Había decorado su habitación con un globo terráqueo que había tomado de la mía en donde había señalado diversos lugares con alfileres. Solo al final aprendí que esos lugares señalaban las posiciones en la que aparecía el Nautilus.

El maestro Higuchi realmente no hizo nada al estar absorto por su estilo de vida. Dependiendo de cómo lo miraras y de tu nivel de negación, podrías considerarlo bien una actitud caballeresca de superación personal, o bien el pináculo de la idiotez.

***

Y finalmente, Ozu.

Él es un estudiante de tercer año como yo. Aunque pertenece al departamento de ingeniería eléctrica odia la electricidad, la electrónica y la ingeniería. Sus notas de primer año fueron tan espantosas, tan bajas como fueron posibles, que uno se puede preguntar si valió de algo que se inscribiera en la universidad. Sin embargo, al hombre en cuestión no le preocupaba en los más mínimo.

Como odia los vegetales y se adhiere estrictamente a una dieta de comida rápida tiene una mirada horripilante y la tez fantasmagórica como la de alguien que viene del lado oscuro de la luna. Ocho de cada diez personas que se lo encontraran en la calle a altas horas de la noche lo confundirían con un youkai; los otros dos seguramente son youkais ellos mismos.

Golpeando cruelmente al débil, arrastrándose ante el fuerte, egoísta, engreído, perezoso, descuidando sus estudios, falto por completo de orgullo, él era capaz de alimentarse de la desdicha de los otros tres veces al día, un completo demonio. No hay una sola parte de él que sea loable. Si no lo hubiera conocido seguramente mi alma estaría mucho más limpia.

Teniendo eso en cuenta, convertirme en discípulo del maestro Higuchi en la primavera de mi primer año fue, seguramente, un error.

***

Por entonces yo todavía era un fulgurante estudiante de primer año, los árboles de cerezo habían florecido y estaban cubiertos por un fresco tono verde. Al entrar a los terrenos de la universidad cada estudiante primerizo era abordado por panfletos de distintos clubes; yo, con tantos que no era posible procesarlos por una sola persona. Entre ellos, solo cuatro captaron mi atención: el club de cine Misogi, una misteriosa llamada en búsqueda de discípulos, el club de softbol Honwaka, y la sociedad secreta del “Restaurante del gato afortunado”. Cada uno de ellos tenía su propio aire de sospecha, sin embargo, era su propia puerta hacia una vida universitaria aún desconocida y yo fui vencido por la curiosidad pensando que, sin importar cual escogiera, tendría por delante un fascinante futuro. No hay otra manera de describir aquella forma de pensar que describiéndome como un estúpido sin remedio.

Luego de las clases me dirigí a la torre del reloj de la universidad, donde muchos clubes tenían sus puestos de información.

Cerca de la base de la torre había una multitud de primerizos, todos con caras rebosantes con rayos de esperanza, así como astutos miembros de clubes impacientes por devorar aquella esperanza. Caminé por el lugar medio aturdido pensando que entre la inmensidad de clubes yacía la entrada a la fantástica ilusión de una vida universitaria color rosa.

Lo primero que vi fue un grupo de estudiantes sosteniendo una pancarta que decía “Club de Cine Misogi”. Estaban proyectando una película como una manera de darle la bienvenida a posibles nuevos miembros. Sin embargo, como no tuve el valor para acercarme, seguí caminando alrededor de la torre del reloj leyendo las demás pancartas. Una de ellas tenía inscrito con letras gruesas:

Se buscan discípulos

Con clarividencia para encontrar a la doncella destinada entre las multitudes de Gion y oídos de los cuales no pueden huir ni siquiera los pétalos de cerezo que caen en los canales del río. Aparece por todas partes de la ciudad yendo libremente entre el cielo y la tierra. Conocido por todos los dioses, sin temor de ellos, no le obedece a ninguno. Su nombre es Higuchi Shintaro. Venid, jóvenes prometedores. Reúnanse en la torre del reloj el trece de abril. No hay número de contacto

De todas las pancartas sospechosas del mundo, seguramente no había otra que pudiera competir con esa. Y a pesar de ello pensé que desafiar al mundo tan audazmente y entrenar mi mente seguramente sería el camino que me permitiría tener un futuro glorioso. Ser ambicioso no es en sí mismo un defecto, pero ser engañado por otros es algo que te lleva a la ruina.

Mientras inspeccionaba la pancarta, de repente escuché que me llamaba una voz a mis espaldas—: Oye—. Cuando volteé a mirar me encontré con que había una persona con una apariencia extraña parada detrás de mí. Aunque estábamos en medio del campus él llevaba un yukata raída, fumaba un cigarrillo, y tenía una cara con la forma de una berenjena. Era difícil saber si era un estudiante universitario. A pesar de dar una impresión sospechosa por alguna razón también tenía un aura de nobleza con su sonrisa pícara y entrañable.

Ese era el maestro Higuchi.

—¿Leíste esa pancarta? Actualmente busco discípulos.

—¿Qué tipo de discípulos?

—Bueno, no es algo que pueda ser explicado fácilmente. Este es el aprendiz más antiguo que tengo.

Junto a él estaba un sujeto sospechoso con una cara de mal agüero. Para alguien tan delicado como yo, el lucia como un mensajero del infierno.

—Me llamo Ozu. Encantado de conocerte —dijo.

—Aunque es el aprendiz más antiguo, lo recluté hace solo quince minutos —apuntó fríamente el maestro Higuchi.

Aunque fuimos a beber con el maestro Higuchi muchas veces, esa fue la única en la que él nos invitó. Como no estaba acostumbrado a beber quedé en un estado bastante bochornoso. Tan pronto me enteré de que él vivía en mí misma residencia nos fuimos a su habitación de cuatro tatamis y medio y emprendimos un debate acalorado sobre un tema que no comentaré.

Al principio Ozu estuvo callado como si fuera una especie de dios de la muerte que se paraba a tu lado, pero pronto comenzó sus apuntes sobre senos. Discutimos a profundidad preguntándonos si los senos que veíamos por el campus eran reales o falsos, pero después de un tiempo discutiendo como si se tratase de mecánica cuántica el maestro Higuchi dijo—: no importa si son reales o no. Lo que importa es si crees que lo son—. Perdí el conocimiento poco después de escuchar esa frase.

Y así me convertí en el discípulo del maestro Higuchi y conocí a Ozu.

¿En qué tipo de discípulo me convertí? Esa es una pregunta que no logro responder aún después de dos años.

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