top of page

LA GUERRA MASOQUISTA (parte 2)

  • 25 mar 2020
  • 9 Min. de lectura

Asociarme con el maestro Higuchi, cuyas actividades diarias eran completamente obscenas, demandó que arrojara a la basura mis ingenuas expectativas sobre perseverancia, humildad y sentido de pertenencia. Incluso si las hubiera conservado, enfrentarme a él con ellas no nos hubiera servido de nada a ninguno de los dos. Lo primero que tuve que aprender bajo su tutela fue el concepto “ofrenda”, que se refería tanto a comida como a cualquier otro antojo del maestro.

Los únicos que entrabamos en su habitación éramos Ozu, yo, Akashi y una dentista llamada Hanuki. Por temporadas el maestro dejaba el 90% de su dieta a nuestro cuidado, supongo que el otro 10% era solo polvo.

Me pregunto qué hubiera hecho si todos lo hubiéramos abandonado repentinamente. Un ingenuo pensaría algo como “seguramente conseguiría su propio alimento”, pero, incluso si su provisión de alimentos fuera a parar de la noche a la mañana, el maestro ya había moldeado por completo su mentalidad. Ya había soportado hambruna por un largo periodo de tiempo a causa de la recesión y su falta de créditos; a tales extremos llegaba la terca convicción del maestro por no trabajar. Ese era el poder del maestro, hacernos creer que prefería morir de hambre que gastar energías.

De alguna manera, aun cuando no le dábamos comida nunca dio la impresión de tener hambre. Parecía que tenía un poder místico que le permitía evitar el hambre con el solo hecho de fumar. Hay muy pocos estudiantes que hayan logrado alcanzar ese estado mental.

Era difícil imaginar que una persona le temiera a algo, pero hubo una vez en la que admitió tener miedo.

No solo se negaba a devolverme el libro que le presté, también tenía una pila de libros de la biblioteca. Cuando le dije—: ya ha pasado medio año. —Él me respondió—: es correcto. Por eso es por lo que le tengo miedo a la policía de la biblioteca.

—¿En verdad existe la policía de la biblioteca? —le pregunté a Ozu.

—Existe —me respondió con una sonrisa temible—. Es una organización que usa los métodos más inhumanos para recuperar los libros con facturas vencidas.

—Mentiroso.

—Lo soy.

***

Tuvimos una reunión secreta en el camino al santuario Yoshida del barrio Sakyo.

Aunque muchos estudiantes van a pedir que les vaya bien en sus exámenes, se dice que el santuario tiene el poder místico de hacer que todos los que le piden eso terminen reprobando y que se podría llenar la mitad el lago Biwa cada año con las lágrimas que derraman. Yo respetuosamente me mantuve alejado del santuario, pero de igual forma mis créditos se me escurrían como arena entre los dedos. El poder místico del santuario Yoshida realmente es algo a temer.

No quería ni pisar el santuario dada la cantidad de créditos que me faltaban, pero fui obligado a asistir a esa reunión en el camino al santuario debido a una serie de eventos desafortunados.

Era mayo, dos años después de mi ingreso a la universidad. Aunque hacía mucho calor por el día, el aire se volvía frío en la noche. La calle Konoe, iluminada solo por la torre del reloj, estaba casi desierta; solo pasaban ocasionalmente algunos estudiantes que parecían creaturas del fondo del mar. Si hubiera estado esperando una cita con una bella doncella de cabello negro, no hubiera dudado en esperar solo en medio del camino al santuario, pues seguramente implicaría algún tipo de felicidad apoteósica. Lamentablemente, esa noche estaba ahí para encontrarme con Ozu, un mugroso youkai con cromosomas Y. Quería irme y olvidarme de la reunión, pero, de hacerlo, flaquearía mi posición en la mente del maestro. Esperé de mala gana, Ozu había dicho que llegaría en el auto de Aijima, un miembro de su club. Pasé los minutos imaginando que Ozu ocasionaba un accidente en el que el único afectado era él.

Al poco tiempo vi un pequeño carro que se aproximó por la calle Ichijo Oriental y se detuvo frente a la entrada principal del campus. Una figura oscura salió del vehículo y comenzó a caminar hacia mí; muy a mi pesar, era Ozu.

—Buenas noches. ¿Esperaste mucho? —dijo con tono de satisfacción.

Su cara, que parecía sacada del rincón más profundo del infierno, rebozaba de alegría maliciosa; seguramente debido al plan de aquella noche. Es una persona que se alimentaba tres veces al día con las desdichas de los otros. Tengan presente que el plan de esa noche fue ingeniado por completo por ese hombre. Yo soy completamente opuesto a él, un hombre de virtud, un verdadero santo. A pesar de oponerme al plan, lo estaba haciendo en obediencia a mi maestro.

Nos subimos al auto y comenzamos el camino hacia el complejo y laberíntico distrito residencial al sur. Él estaba de muy buen humor.

—Casi se arruina mi plan cuando Akashi se opuso. Esa chica muestra compasión en los lugares más inesperados, ¿no crees?

—La mayoría de las personas respetables se opondrían, yo especialmente.

—¿Otra vez con lo mismo? Sabes que en el fondo lo disfrutas.

—¿Te parezco feliz? Solo estoy aquí porque lo ordenó el maestro. Que no se te olvide —le dije—. Sí sabes que esto es un crimen, ¿verdad?

—¿De verdad? —Él ladeó su cabeza, pero más que adorable fue horripilante.

—Un crimen atroz. Allanamiento, robo, secuestro… —le comencé a enumerar.

—Secuestro solo aplica con humanos. Nosotros solo vamos a robar una muñeca sexual.

—¡No lo digas de manera tan franca! Usa palabras clave o algo por el estilo.

—Dices eso cuando estas más que interesado en verla. Me imagino que hasta querrás tocarla cuando nos estemos devolviendo. Vaya deseo sexual incontrolable que tienes.

Puso una mueca extremadamente obscena.

—Listo. Me bajo.

Me preparé para desabrocharme el cinturón y abrir la puerta, pero me dijo con una voz arrepentida—: Está bien, está bien. Me pasé. Anímate. A fin de cuentas, lo hacemos por el maestro.

***

Aunque no se conocían los orígenes del conflicto, el maestro Higuchi lo llamaba “la guerra masoquista de los representantes”. Del nombre deduje que se trataba de una pelea vergonzosa.

Hace unos cinco años, un hombre llamado Jougasaki se peleó con el maestro, y entre una cosa y otra estallaron las llamas de la guerra. Incluso ahora, la guerra continúa en este silencioso vecindario.

Algunas veces el maestro Higuchi recordaba de la nada que tenía que atacar a Jougasaki, quién haría su contraataque después; y así, el ciclo se repetía una y otra vez. Sus discípulos, yo incluido, no vimos implicados en este conflicto improductivo que solo pisotea nuestra dignidad. Ozu fue el único que asumió de lleno su papel en el conflicto y se sentía como pez en el agua.

Jougasaki era estudiante de doctorado y el presidente un club de cine, donde tenía mucho poder, pero Ozu, increíblemente, también estaba inscrito en ese club. Dada el alma completamente corrompida de Ozu, que metía sus manos en distintos lugares, terminó por seducir a un estudiante de último año para que hiciera un coup d’état en el club. Jougasaki, que nunca se percató de que Ozu era la mente maestra detrás del plan, le tenía ira a Aijima por ser el cabecilla del atentado.

Como no sabía en qué gastar su tiempo luego de que lo echaron del club, decidió retomar su vieja guerra con el maestro Higuchi. Las cosas se fueron poniendo cada vez más pesadas hasta que, en el abril de este año, apareció pintado de rosa el preciado yukata del maestro Higuchi. Cuando el maestro le ordenó a Ozu que ideara un plan de venganza, él, haciendo uso de su habilidad como el coronel de la oscuridad, ideó el plan más perverso hasta la fecha. Lo llamó “Secuestrar a Kaori”.

***

Jougasaki vivía al pie del monte Yoshida en un encantador edificio de apartamentos de dos pisos, construido hace poco junto al campo de bambú de Yoshida Shimo Oojichou. Esa noche Ozu y yo nos escondimos a la sombra de una pared de cemento junto a su residencia. Me sentí como un mensajero del infierno y seguramente así nos retrataría Jougasaki, pues pensábamos robar su tesoro más preciado. No me quejaría si nos llamara demonios.

Ozu se asomó por sobre el muro. Jougasaki vivía en el costado sur del segundo piso y todavía tenía encendidas las luces de la ventana.

—Me pregunto qué está haciendo Jougasaki. Parece que sigue en su habitación —Ozu sonaba frustrado—. Será malo si Akashi no cumple su promesa.

—A ella también le asignaron un rol miserable. No la debimos obligar a aceptarlo.

—¿Por qué? Ella también es una discípula del maestro y la necesitamos. Cuando se trata de idiotas no hay diferencia de género.

Nos quedamos en el callejón, agachados en la oscuridad donde no llegaba la luz de los postes, tratando de no ser vistos. Si alguien nos hubiera visto seguramente hubiera llamado a la policía.

Entre más tiempo pasábamos ahí más sentía que me contaminaba Ozu. Si hubiera tenido una bella doncella de cabello negro a mi lado, hubiera estado más que dispuesto a esperar en el lugar. Lamentablemente era Ozu el que estaba junto a mí. ¿Por qué tenía que esconderme junto a ese siniestro tipo? ¿En qué me equivoqué? ¿Hay algún problema conmigo? Si no me vas a dar una doncella de cabello negro por lo menos dame alguien que tenga más ideas afines a las mías.

—Esto se está volviendo un problema. Parece que nuestro plan se está desbaratando.

—No hay manera de que Akashi fuera a cooperar con un crimen como este. Mejor vámonos.

—No podemos. No podemos rendirnos después de haber conseguido prestado el coche de Aijima —rechazó Ozu todavía encaramado en el muro como una lagartija.

—¿Qué es exactamente lo que pasó entre Jougasaki y el maestro Higuchi? ¿Por qué siguen con esta batalla sin sentido? Y ¿Por qué carajo tenemos que hacer esto? —me quejé.

—Por la guerra masoquista de los representantes.

—¿Y qué es eso?

—Ni idea —dijo Ozu inclinando su cabeza—. Yo tampoco lo entiendo.

—Entonces, básicamente estamos desperdiciando nuestra preciada juventud al participar en una guerra que nadie entiende. ¿No hay algo mejor que podríamos estar haciendo?

—Esto es parte de nuestro entrenamiento para mejorar como seres humanos. Aunque es obvio que estar aquí junto a ti es una pérdida de tiempo.

—¡Eso es lo que debería decir yo!

—¡No me mires con esa cara!

—Oye, deja de pegárteme así.

—Pero estoy solito, y esta brisa me da frío.

—Tú, bastardo solitario.

—¡Kyaa!

Perder el tiempo con esa parodia sin sentido de una pelea de enamorados pronto se sintió vacía. Y por alguna razón sentía que ya había hecho algo así anteriormente y me comencé a enojar.

—Oye. ¿No tuvimos una conversación como esta antes?

—No. No así de tonta. Probablemente sea solo un déjà vu.

De repente Ozu se agachó en el suelo. Yo lo imité.

—Se acaban de apagar las luces de la ventana.

Sostuvimos el aliento mientras que esperamos que Jougasaki terminara de bajar las escaleras. Fue al estacionamiento de motocicletas y se subió en su scooter. Aquella no era la primera vez que lo veía, pero me parecía un tipo estupendo sin importar desde donde lo viera, no parecía alguien que se involucraría en un conflicto sin sentido.

En comparación con su vitalidad, lo único de emanaba de nosotros eran secreciones putrefactas.

—Qué tipo tan varonil —dije con un suspiro.

—Sabes que no puedes juzgar un libro por su portada. Aunque pone esa apariencia elegante solo piensa en senos.

—¿Cómo lo puedes criticar siendo como eres?

—Qué rudo. Sabes que me contengo apropiadamente cuando pienso en senos.

Mientras discutíamos sobre senos, Jougasaki se puso el casco, encendió su motocicleta y salió hacia el oriente.

Salimos de la oscuridad y nos dirigimos a la escalera.

—No va a volver por un rato —dijo Ozu sonriendo.

—¿A dónde va?

—A un café en la calle Shirakawa. Va a estar esperando ahí por unas dos horas sin saber que Akashi no piensa aparecer. Vaya imbécil.

—Eso es muy cruel.

—Bueno. ¡Vamos a trabajar!

Habíamos dependido de esa artimaña para lograr el allanamiento. Las garras de Ozu se extendían hasta los rincones más oscuros del universo. Sabía todo sobre la vida privada de Jougasaki. Una vez incluso había posado sus manos sobre las cartas que Jougasaki intercambiaba con una chica. Esta vez, logró hacer que una exnovia de Jougasaki le diera su copia de la llave del apartamento.

—Aquel que controla la información controla el mundo —le gustaba decir. Su cuaderno, que parecía ya tan gordo como una enciclopedia, estaba repleto de los secretos más profundos de un sin número de personas. Cada vez que recordaba eso me inquietaba, me parecía insoportable pasar otro minuto de mi vida junto a una persona tan retorcida.

Nos encontramos una cocina y una habitación de cuatro tatamis y medio con piso de madera; al fondo había una puerta de vidrio que separaba ese espacio del resto del apartamento. Ozu entró primero y sus manos encontraron el interruptor de la luz sin mayor complicación, parecía que había visitado ese apartamento muchas veces. Él asintió cuando se lo pregunté.

—Después de todo, él era el presidente de mi club. A veces me traía acá para poder desahogarse. Esas charlas eran bastante largas. Un fastidio —respondió sin inmutarse.

—Eres un sinvergüenza.

—Preferirías que me dijeras planificador.

Como no me quería involucrar demasiado en ese crimen, entré al apartamento, pero no avancé más.

—Ven, es por aquí —me dijo, pero yo me mantuve en mi lugar.

—Ve a buscarla tú. Yo no me muevo de aquí. Es una cuestión de modales.

—Parece que no puedo hacer nada si todavía quieres pretender comportarte como un caballero aún después de haber entrado.

Ozu se adentró en el apartamento dando por perdida la discusión. Pude escucharlo husmear en el cuarto oscuro hasta que se tropezó con algo. Luego de un rato comenzó a reírse con una voz desgarrador.

—Ven conmigo Kaori, no seas tímida. Abandona a Jougasaki y ven conmigo.

Poco tiempo después Ozu salió a la cocina cargando una mujer entre sus brazos. Yo estaba desconcertado.

—Esta es Kaori —me la presentó—. Maldición, no recuerdo que fuera tan pesada.

Comentarios


Gracias por consultar el sitio

Thanks for submitting!

© 2023 by The Book Lover. Proudly created with Wix.com

bottom of page