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LA GUERRA MASOQUISTA (parte 3)

  • 25 mar 2020
  • 8 Min. de lectura

Muchas personas saben lo que es una muñeca sexual, yo incluido, e imagino que son cosas que compran los hombres desesperados que luego derraman lágrimas de arrepentimiento.

En mayo Ozu se enteró de la muñeca sexual de Jougasaki, que no era una muñeca cualquiera. Estaba hecha de silicona de máxima calidad y costaba más de cien mil yenes. Él insistía en que era más apropiado llamarla muñeca del amor.

Podrías decir que es perdonable que Jougasaki hubiera comprado esa cosa al ser llevado a los límites de la desesperación cuando lo echaron del club de cine y lo dejó su novia, pero ese no era el caso. Todo apuntaba a que la tenía desde hace más de dos años. Por aquel tiempo él también extendía sus manos hacia chicas reales, por lo que podrías decir, desde cierta perspectiva, que estaba obsesionado con esas muñecas. Aunque era algo difícil de imaginar.

—Cuidar una muñeca sexual y vivir con ellas tiene cierto tipo de significado. Que tuviera una novia real es otro asunto. Se trata de una forma de amor muy refinada, algo que una persona vulgar como tú, que solo ve a las muñecas sexuales como instrumentos, jamás podrá entender.

Como era Ozu el que me decía eso obviamente no creí sus palabras. Sin embargo, la muñeca que cargaba Ozu era tan bella y lamentable que a duras penas podía cree que fuera una muñeca sexual. Tenía el cabello peinado y estaba vestida con ropa elegante puesta apropiadamente. Sus ojos miraban en mi dirección gentilmente como viendo un sueño.

—Así que esa es… —dije inconscientemente a causa del asombro.

Ozu se puso un dedo en los labios y dijo—: ¡Shhh! Haces demasiado ruido. —y posteriormente exclamó—: Si no eres cuidadoso te terminarás enamorando de ella.

Con algo de dificultad, como si ella fuera muy pesada, la dejó en el suelo de la cocina. Al lado de esta bella durmiente yacía agachado un repulsivo youkai; era como una ilustración de una novela de terror de la era Showa.

—Vamos, tenemos que subirla al coche.

Con una seriedad que contrastaba con su apariencia, Ozu puso el cuerpo de la muñeca en mis brazos. Ella se quedó inmóvil sonriéndome cariñosamente. Su piel, suave al tacto, parecía natural. Su cabello estaba cuidadosamente peinado y sus ropas puestas con todas las piezas en sus lugares correspondientes. Si no hubiera sido porque estaba completamente inmóvil, justo como si estuviera congelada con la mirada perdida en el espacio, podría haber pensado que era una dama de la nobleza.

Inesperadamente me llené de emoción, ejem, mejor dicho, me llené de ira.

No me conocía bien con Jougasaki, pero tenía que admitir que se trataba de un amor muy íntimo y refinado. Kaori tenía una expresión elegante que daba a entender que no toleraría un estilo de vida pervertido. Su suave cabello, su ropa arreglada cuidadosamente, todo demostraba cuánto la amaba Jougasaki. No podía permitir, incluso bajo las órdenes del maestro, que un bandido como Ozu, quien solo la trataría como una herramienta de placer sexual, arruinara el delicado y bello mundo que habían construido Joukasaki y Kaori. Sería el colmo de monstruoso; atroz imaginarnos arrebatándosela.

Yo, que había llegado hasta ese punto sin cuestionar al maestro Higuchi, no podía soportar aquel acto cruel que se desenvolvía frente a mí. Maestro, simplemente no lo podía hacer.

Agarré a Ozu, que estaba manoseándola por todos lados, de las solapas.

—Detente.

—¿Por qué?

—No te perdonaré si le vuelves a poner un dedo encima.

Jougasaki, levanta tu cabeza y continúa andando, “tienes que construir tu propio camino” dije para mis adentros; por supuesto también iba dirigido a Kaori.

***

Esa noche regresé a Shimogamo Yuusuisoy arrastrando a Ozu, que se la pasó dando alaridos de protesta como un animal pequeño.

Pasé la mayor parte de mi tiempo en una pensión llamada Shimogamo Yuusuisou en Shimogamo Izumigawa. Escuché que se incendió en los disturbios al final del shogunato Tokugawa y que fue reconstruida fidedignamente al original, y si no fuera por las luces que se ven en las ventanas sería justo como una ruina abandonada. La primera vez que visité este lugar, durante la introducción dirigida por la asociación cooperativa luego de haberme matriculado en la universidad, pensé que había entrado en la ciudad amurallada Kowloon. Cualquiera que viera este decadente edificio de tres pisos pensaría en ponerlo en la lista de las estructuras históricas importantes, pero si se quemara hasta la destrucción probablemente nadie se inmutaría. Incluso la casera, que vive al este, estaría aliviada.

Era media noche cuando subí las escaleras con Ozu. Yo vivía en la habitación 110 del primer piso y el maestro Higuchi arria mío, la última del segundo piso, la 210. Gracias a la ventanilla sobre la puerta pudimos ver que tenía las luces encendidas, parece que esperaba que llegáramos con palabras victoriosas. Para ser honesto, me sentía mal por haber traicionado sus expectativas y haber dejado de lado la guerra de los representantes. En otra ocasión tendría que llevarle algo que lo pusiera de buen humor.

Cuando abrí la puerta vi que el maestro Higuchi y Akashi estaban sentados frente a frente. Al principio pensé que la estaba aleccionando, pero descubrí que era ella la que lo había regañado. Dio un suspiro de alivio cuando nos vio entrar con las manos vacías.

—¿Abandonaron la operación?

Asentí silenciosamente mientras que Ozu seguía malhumorado.

—Bueno. Discípulos. Bienvenidos —dijo el maestro Higuchi luciendo incómodo en su asiento.

Empujé a Ozu hacia un lado y les expliqué lo que pasó. El maestro Higuchi asintió vagamente, encendió un cigarrillo y finalmente, a la vez que Akashi, suspiró. Según supe habían tenido una larga discusión que ganó aplastantemente Akashi.

—Bueno, deberíamos dejar las cosas así por hoy.

Ozu abrió la boca como si fuera a protestar, pero el maestro comandó—: SILENCIO.

—Todo tiene un límite. El incidente con mi yukata es ciertamente lamentable, pero también es verdad que separar a Kaori y a Jougasaki, que han disfrutado la compañía del otro por tanto tiempo, sería una cosa extremadamente cruel. Incluso si es una muñeca.

—Así es, maestro. Incluso aunque estuvieras diciendo lo contrario en nuestra discusión de hace unos minutos.

Ozu trato de protestar, pero Akashi lo interrumpió diciendo—: Ozu, por favor quédate callado.

—De cualquier forma —continuó el maestro—, esto iba en contra de las reglas que habíamos establecido con Jougasaki. No solo eso, para nosotros, seres que no dejan comida en el plato y que caminamos libremente entre el cielo y la tierra, esto era una acción imprudente. Perdí la calma a causa de lo que le pasó a mi yukata.

Exhalo tristemente el humo del cigarrillo.

—¿Estás satisfecha? —le preguntó a Akashi.

—Lo estoy —le confirmó.

Y así, dimos por terminada la operación “Secuestrar a Kaori”. Ozu, a quien le dirigíamos tres pares de ojos fríos, se apresuró para salir diciendo con el mismo poder de convencimiento que una hamburguesa de pescado—: Yo, umm, mañana en la noche tengo una fiesta en el Kamo delta con los de mi club. Estoy muy ocupado… muy ocupado…

—Perdóname Ozu, yo no puedo ir mañana —le dijo Akashi, que también hacia parte de ese club.

—¿Por qué no?

—Tengo que trabajar en mi reporte. Necesito reunir información.

—¿Qué es más importante, tus estudios o el club? —exclamó Ozu—. Tienes que ir a la fiesta de mañana.

—No lo hare —le respondió cortantemente Akashi.

Ozu lucía como si hubiera perdido sus alas. El maestro Higuchi sonrió.

—Eres bastante misteriosa —dijo elogiando a Akashi.

***

Al día siguiente del intento de secuestro caminé por el puente Sanjou recordando lo que había hecho en los últimos dos años. Por fin había pasado el calor de la noche anterior y corría una brisa fresca. A medida que recordaba me di cuenta de que había muchos eventos en los que me arrepentía haber actuado de la forma en que lo hice, pero el más notable había sido conocer al maestro Higuchi en frente de la torre del reloj. Si no lo hubiera conocido, no estoy seguro de cómo, pero las cosas serían diferentes. Había pensado ir al club de cine Misogi, al club de softbol Honwaka, e incluso en unirme a la sociedad secreta del “Restaurante del gato afortunado”. Sin importar cuál hubiera escogido, era indudable que me hubiera convertido en una persona mucho más digna y ejemplar.

Las luces de la ciudad se encendían una después de la otra al caer la noche, lo que me sumía en ese tren de pensamiento, pero no podía olvidar mi propósito por estar distraído. Estaba ahí para buscarle a mi maestro el cepillo Kamenoko en una tienda bastante anticuada.

Según la información que el maestro había reunido el cepillo Kamenoko era un producto de la corporación Nishio de hace más de cien años, estaba hecho de semillas y fibras de palma china. Un grupo de estudiantes de medicina robaron la técnica secreta en medio del desorden de finales de la guerra del pacífico y usaron las fibras de una palma que solo crece en Taiwan para fabricar un cepillo Kamenoko. Aparentemente el cepillo usa la fuerza de Van der Waals para hacer que la suciedad se adhiera a las innumerables cerdas del cepillo a un nivel molecular para limpiar cualquier vestigio de suciedad sin esfuerzo; era el instrumento de limpieza definitivo. Debido a la presión que ejercieron diversas compañías que temían que ese poder pudiera disminuir las ventas de jabón y otros detergentes, ese cepillo nunca se vendió en grandes cantidades. Aunque se rumorea que todavía producen ese misterioso cepillo en algún lugar secreto.

El estado de los aposentos del maestro Higuchi es intolerable. Si alguna chica consentida fuese a mirar la suciedad del desagüe es seguro que se desmayaría al momento. Al contarle al maestro que me di cuenta de que en el rincón donde estaba el desagüe existían creaturas que nunca habían sido vistas en la faz de la tierra y que seguían en proceso evolutivo el maestro me dijo que necesitaba conseguirle un cepillo Kamenoko o sería sujeto a la excomunión.

Me dieron ganas de decirle que me excomulgar en ese mismo instante.

Y así comencé mi peregrinaje por diversas tiendas donde se decía que podría estar el cepillo, pero a medida que llevaba a cabo la búsqueda los tenderos se burlaban de mí más y más. Era obvio que se reirían, incluso yo me reía.

—Bueno, ese tipo de cepillo ni siquiera existe —me decían.

Sumando el fracaso del secuestro de Kaori, yo mismo me quería excomulgar.

De ahí, pasando por el famoso establecimiento de pachinko, donde se decía que los ronin conspiradores habían sido atacados por el Shinsengumi, me dirigí a la calle Kawaramachi. Es difícil explicar por qué escogerían un salón de pachinko para congregarse.

A ese paso no sería capaz de regresar a Shimogamo Yuusuisou. Incluso si no conseguía el cepillo no podía llegar con las manos vacías. Quizá un puro lo engañaría, o quizá tendría que comprar pescado fresco en el mercado Nishiki.

Comencé a trotar angustiado hacia el sur de Kawaramachi. Al caer la noche, la multitud creciente aumentó mi tormento. Entré en una tienda vieja llamada Librería Gabi para relajarme un rato, pero apenas entré en la tienda el propietario, cuya cara parecía la de un pulpo hervido, me gritó—: Ya vamos a cerrar. Vete. —Me echó como si fuera un insecto venenoso. Aunque era un cliente regular no me dio ni un poco de trato preferencial, eso me irritó.

Al no poder cumplir mi objetivo caminé hacia Kiyamachi en medio de los edificios.

Ozu había dicho que tenía una fiesta esa noche. Ese bastardo probablemente estaría rodeado de bellas primerizas y disfrutando cada minuto de la noche mientras que yo había sido echado por el dueño de la librería tras haber fallado mi búsqueda del místico cepillo que demandaba el maestro Higuchi y me condenaba a caminar solo por la calle. Vaya injusticia más grande.

Cuando me acercaba a uno de los puentes del canal Takase divisé la cara de Hanuki en medio de la multitud de Kiyamachi. Me puse nervioso al instante y pretendí estar encendiendo un cigarrillo esperando que no me reconociera.

Hanuki era una dentista misteriosa que frecuentaba los aposentos del maestro Higuchi. Estaba un 90% seguro de que vagaba por Kiyamachi buscando licor. Solo me había topado con ella en el centro una vez, pero esa noche la pasé siendo zarandeado de un lado a otro como un criminal al que habían atado a un caballo y para cuando todo terminó colapsé en el suelo cerca de la planta de energía Ebisugawa. Fue bueno que hubiera sucedido en verano, si hubiera sido en invierno, me habría congelado a la sombra de los árboles. Preferí no pasar una noche interminable siendo llevado por el lugar tomando shochu hasta la intoxicación. Oculté mi cabeza hasta que Hanuki me pasó por el lado.

Aunque no tuviera otra cosa que hacer solté un suspiro de alivio.

En ese momento, justo cuando había decidido excomulgarme, conocí a la anciana.

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