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LA GUERRA MASOQUISTA (parte 4)

  • 25 mar 2020
  • 9 Min. de lectura

Entre los bares y burdeles, una pequeña y oscura casa se erguía en las sombras. Bajo el alero, una vieja se sentaba en una silla de madera cubierta por una tela blanca; lucía como una adivina. En el letrero colgante había inscritos unos cuantos kanjis de forma críptica. De la luz anaranjada de la linterna la cara de una bruja flotaba por la oscuridad. La apariencia del conjunto era algo amenazante, como un fantasma que trata de tomar las almas de los transeúntes. Alguna vez me leyeron el futuro, pero después de ello mi fortuna empeoró, la sombra de una mujer me seguía a donde iba. Nada de lo que hice terminó bien; la gente a la que esperaba me dejaba plantado, nunca pude encontrar nada de lo que se me perdía, reprobé mis clases, la tesis que estaba a punto de entregar comenzó a arder de la nada, caí en los canales del río Biwa, fui estafado por un vendedor de aceite de serpiente en la calle Shijou, y muchas otras cosas desagradables me pasaron. Mientras pensaba sobre todo eso la vieja se percató de que la miraba. Desde la espesa oscuridad me dirigió una mirada con unos ojos relucientes que me atraparon en su aura fantasmagórica. Aquello tenía un poder persuasivo, y llegué a la conclusión de que alguien con ese tipo de aura emanando de sí no podría equivocarse en sus predicciones.

En mis casi veinticinco años de vida eran pocas las veces en las que había tomado el consejo de alguien humildemente. Aunque tomé pocos riesgos en mi vida todavía fue posible que eligiera un camino lleno de espinas. Si tan solo hubiera escogido dejar de confiar en mi propio juicio antes, mi vida de campus probablemente habría sido distinta. No me hubiera convertido en discípulo el enigmático maestro Higuchi, no habría conocido a un personaje tan laberíntico como Ozu, ni hubiera desperdiciado mis últimos dos años de vida. Es más, habría sido dotado de mentores y amigos increíbles, habría sido reconocido como un artista talentoso, por supuesto que tendría una bella doncella de cabello negro a mi lado, tendría de frente un futuro brillante y conseguiría esa tan importante “vida de campus color rosa”. Para alguien como yo, no parecía muy difícil tener ese estilo de vida.

Eso es.

Todavía no era demasiado tarde. Podía escuchar el consejo objetivo de alguien y terminar con esta vida desgraciada.

Moví mis piernas hacia la vieja como atraído por su extraña aura.

—Muchacho ¿Qué es lo que deseas saber?

La vieja masculló como si su boca estuviera llena de algodón dando la impresión de que sus palabras eran aún más valiosas.

—No estoy seguro por dónde comenzar…

Viéndome sin palabras ella se rio.

—Por tu cara puedo decir que estas muy frustrado. No eres capaz de usar tus talentos; tu situación actual no es adecuada para ti.

—Sí, me pasa exactamente eso.

—Muéstrame tus manos.

La vieja agarró mis manos y las examinó gruñendo con aprobación.

—Tienes un gran talento en tu interior.

Me quité el sombrero ante su perspicacia. Justo como un gran maestro que oculta sus habilidades, que pudiera darse cuenta de mi gran talento oculto en menos de cinco minutos demostraba que ella no era una persona ordinaria.

—No debes dejar que se escape tu ocasión. Una ocasión no es más que una oportunidad excelente. ¿Entiendes? Es difícil asir las ocasiones. Algunas veces están ocultas en lugares que no esperarías, y algunas veces algo que pensabas que era una ocasión no era nada en realidad. Pero debes actuar si quieres aprovecharla. Parece que vas a tener una vida larga, así que tarde o temprano serás capaz de tomarla.

En concordancia con su aura, sus palabras eran realmente profundas y misteriosas.

—No quiero esperar demasiado por algo así; quiero tomar la oportunidad ahora. ¿Puedes ser un poco más específica?

Las arrugas de la vieja aumentaron con mi pregunta. Pensé que su mejilla derecha le estaría picando o algo por el estilo, pero luego de un rato ella sonrió.

—Es difícil ser específicos sobre el futuro. Incluso si te lo dijera con exactitud cambiaría rápidamente por el efecto del tiempo mismo. El destino es algo que cambia segundo a segundo.

—Pero todavía no me has dicho nada más que cosas confusas.

Al inclinar mi cabeza en confusión ella resoplo por la nariz.

—De acuerdo, me contendré de hablar de cosas muy lejanas, pero te puedo hablar sobre lo que está pronto a venir.

Ensanché mis orejas como Dumbo.

—Coliseo —susurró de repente.

—¿Coliseo? ¿Qué es eso?

—Es la señal de una ocasión. Cuando la ocasión se presente, será precedida por un coliseo —dijo.

—¿Me estás diciendo que tengo que ir a Roma?

Pero la anciana se limitó a sonreír.

Muchacho, cuando se presente tu oportunidad no la debes dejar escapar, no puedes seguir buscando a tientas como siempre. Aférrate a ella atrevidamente, no como tus acciones hasta ahora. Si lo haces no estarás insatisfecho por más tiempo y te podrás embarcar en un nuevo camino. Aunque puede que ese te lleve a un tipo distinto de insatisfacción. Espero que lo entiendas.

No lo entendí en lo más mínimo, pero igual asentí.

—Incluso si no tomas esta no necesitas preocuparte, eres un joven esplendido y algún día lo conseguirás. Lo puedo ver, no hay por qué apresurarse.

Con eso, la vieja termino sus predicciones.

—Muchas gracias.

Asentí y pagué la tarifa. Cuando me di la vuelta vi a Akashi de pie detrás de mí. Parece que en algún momento se me había acercado sin que la notara.

—¿Eres una ovejita perdida? —preguntó.

***

Akashi comenzó a ir a la habitación del maestro Higuchi el otoño pasado. Era la tercera discípula del maestro. También pertenecía a uno de los clubs de Ozu, y podía ser considerada como su mano derecha. Era inevitable que se convirtiera en discípula del maestro al involucrarse tanto con Ozu.

Akashi era una estudiante un año menor que yo del departamento de ingeniería. Como no hablaba mucho, los estudiantes de su año la respetaban y evitaban bastante. Tenía cabello negro lacio y corto, fruncía el ceño y comenzaba una discusión siempre que le salían con un argumento ilógico. Había algo distante en sus ojos y no mostraba signos de debilidad. Era un misterio por qué se hizo amiga de Ozu y por qué se hizo vasalla del reino de cuatro tatamis y medio del maestro Higuchi.

—Akashi, ¿Qué haces los fines de semana? —le preguntó fútilmente un chico el verano de su primer año.

—¿Por qué me preguntas ese tipo de cosas? —le respondió sin siquiera mirarlo.

Después de eso nadie le volvió a preguntar por sus fines de semana.

Gracias a Ozu me enteré de ese intercambio de palabras un tiempo después de los hechos y recuerdo que orgullosamente pensé: “Akashi, sigue yendo a tu ritmo”.

Pero ella, cuya semblanza parecía una fortaleza medieval europea, tenía una debilidad.

El pasado otoño, cuando recién se convirtió en discípula del maestro Higuchi, me la encontré en la entrada de Shimogamo Yuusuisou y juntos subimos las escaleras para visitar al maestro. Akashi, con una expresión extraordinaria, como si fuera un inspector en tiempos de guerra, retrocedió repentinamente como si fuera un personaje de caricaturas y cayó por las escaleras. Yo corrí rápidamente y la atrapé, o mejor dicho, mientras trataba de escapar me cayó encima. Con el cabello totalmente desarreglado ella se me aferró, pero como no pude mantener el equilibrio nos caímos juntos por la escalera hasta llegar al corredor.

Una frágil polilla pasó volando sobre nuestras cabezas. Parece que la polilla se había posado en su cara mientras subía las escaleras. Akashi le tenía pavor a las polillas.

—Me tocó, me tocó… —mascullaba una y otra vez mientras temblaba. Su cara estaba tan pálida como si acabara de ver un fantasma. Su fuerte agarre solo mostraba la fragilidad de la persona a la que se aferraba.

En ese momento yo, que debí haber establecido mejor que nadie las distancias entre los discípulos, me enamoré de ella inmediatamente debido a la fascinación que sentí por su reacción. Akashi siguió murmurando incoherencias, y yo me quedé a su lado como todo un caballero.

***

Mientras caminábamos le expliqué la historia tras el cepillo Kamenoko, a lo que ella solo suspiró y frunció el ceño en señal de simpatía.

—El maestro Higuchi realmente pidió algo imposible esta vez.

—Estoy seguro de que tiene algo que ver con que no pudimos secuestrar a Kaori anoche —concluí, pero ella negó con la cabeza.

—No lo creo. No suena a algo que haría el maestro. Creo que anoche lo hice reconsiderar.

—Me pregunto.

—Fuiste tú el que abandonó la operación, ¿verdad? Creo que te despreciaría si no lo hubieras hecho.

—¿Pero acaso no llamaste a Jougasaki anoche?

—No. Al final le tocó al maestro Higuchi.

—Así que fue eso lo que pasó.

—Además, hacer ese tipo de crueldades va en contra de las enseñanzas del maestro.

—Cosas como esas suenan mucho más persuasivas cuando las dices tú.

Ella sonrió brevemente y se sacudió suavemente el cabello en señal de satisfacción. Estaba feliz.

—Falle en secuestrar a Kaori y ahora no puedo encontrar el cepillo. Creo que será mejor que renuncie en lugar de esperar a que el maestro me excomulgue.

—No. Es demasiado pronto para darse por vencido —dijo firmemente y comenzó a caminar más rápido. Su paso decidido me recordó a Sherlock Holmes. Por el contrario, yo caminaba tras ella como un cliente tímido que llegó arrastrándose a su oficina en la calle Baker.

—Me he estado preguntando por un tiempo qué es lo que habrá pasado exactamente entre el maestro Higuchi y Jougasaki —dijo de manera curiosa mientras caminaba hacia Kawaramachi.

—¿Me estás diciendo que no sabes nada a pesar de que Jougasaki está en tu mismo club?

—Nada.

—Lo único que sé yo, es que se llama “la guerra masoquista de los representantes”.

—Debe haber algo realmente extraordinario que explique esta situación.

Se detuvo de golpe frente a la tienda de la que me habían echado hace poco, la Librería Gabi.

El amargado dueño estaba cerrando la tienda, pero cuando vio a Akashi soltó una sonrisa enorme. El hombre con cara de pulpo me recordó al viejo cortador de bambú cuando vio a la princesa Kaguya por primera vez y se dedicó a consentirla. Aparentemente Akashi trabajaba medio tiempo en la librería y pasaba de vez en cuando para hablar con él. Aun así, era sorprendente que pudiera hacer que este tipo se rindiera ante ella tan fácilmente. La diferencia entre el él de ese momento y el que era cuando me echó era tan distante como lo es el cielo de la tierra.

Mientras miraba a las obras completas de Ueda Akinari que estaban en el mostrador de la ventana Akashi se dedicó a hablar con el tendero, que la escuchaba atentamente. Al final, el negó con la cabeza como disculpándose y le apuntó hacia el occidente.

—Aquí no está, parece que tendremos que buscar en otro lado —me dijo Akashi y nos dirigimos al occidente en búsqueda del cepillo Kamenoko.

Cruzamos la calle Kawaramachi y caminamos por la calle Takoyakushi adentrándonos en el ajetreado Shinkyougoku. De allí ella se metió en un callejón que iba hacia Teramachi y entró sin miramientos en una tienda de segunda mano que tenía mochilas viejas y lámparas eléctricas en la entrada. Me puse a jugar con un pequeño submarino que había en un rincón mientras Akashi le preguntaba al dueño sobre el cepillo y consiguió indicaciones que nos mandaron a una tienda del mercado Nishiki.

La seguí obedientemente mientras ella se dirigió al extremo occidente del mercado Nishiki y habló con una pareja de casados que atendían un negocio oscuro y muy concurrido; en esa ocasión ella recibió información sobre un hombre de la calle Bukkouji que quizá podría saber sobre el cepillo.

A medida que terminaba el día cruzamos la calle Shijou, fuimos al sur del templo Bukkouji y caminamos devuelta al oriente. A diferencia de la última vez que habíamos estado en ese lugar, había muy poca gente y el sitio estaba silencioso.

Akashi asomó su cabeza dentro de la tienda, que tenía la puerta entrecerrada, y llamó—: Buenas. —Mencionó el nombre de la tienda de Nishiki y la recibieron gustosamente, a lo que el tendero me hizo entrar a mí también.

El delgado tendero encendió las luces y alumbró la tienda con una luz naranja; había cosas extrañas y muy variadas regadas por todas partes.

—¿Dónde escuchaste sobre eso? —Al escuchar su pregunta le comenté sobre la solicitud desesperante del maestro Higuchi.

Iluminado por luz naranja, la cara delgada y cincelada del tendero parecía desbordar de dignidad. Estaba sobrecogido y no pude continuar hablando. Después de un rato él se volteó y fue a lo más hondo de la tienda para volver con una caja de paulonia y la abrió sin decir nada, revelando un cepillo Kamenoko que parecía un cepillo cualquiera.

—Esto es lo que buscas —dijo mientras me pasaba la caja.

—¿Cuánto cuesta? —pregunté, a lo que el comenzó a mirarme detenidamente.

—Veamos… te lo dejaré por veinte mil yenes.

Sin importar qué tipo de propiedades especiales tenían las semillas y fibras de con las que estaba hecho ese cepillo, veinte mil yenes me parecía un precio escandaloso. Si me iba a salir tan caro prefería que me excomulgaran.

Me disculpé diciendo que no tenía el dinero de momento y salí de la tienda pensando en el futuro que me esperaba.

—¿Qué vas a hacer? ¿Lo vas a comprar? —me preguntó Akashi mientras caminábamos por la calle Shijou.

—Claro que no. ¿Veinte mil por un cepillo? Algo como eso está hecho para usarse en la casa de té shimogamo, no para ser desperdiciado en una mugrienta habitación de cuatro tatamis y medio.

—¿Pero no es algo que el maestro te mando conseguir?

—Prefiero ser excomulgado.

—Conociéndolo, no te dejará libre tan fácilmente.

—No. Te tiene a ti y a Ozu. Probablemente tenía planeado deshacerse de mí eventualmente.

—Por favor, deja de ser tan pesimista. Intercederé por ti.

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