LA GUERRA MASOQUISTA (parte 5)
- 25 mar 2020
- 10 Min. de lectura
Había aguantado muchas de las solicitudes irrazonables del maestro Higuchi desde que me había vuelto su discípulo. Ahora que lo pienso no sé por qué desperdicié tanto tiempo siguiendo sus órdenes crípticas.
Hay muchas universidades en Kioto, y muchos más estudiantes; como estudiantes de Kioto estábamos obligados a trabajar por la ciudad, o por lo menos eso decía él. Sin importar si llovía o había tormenta, Ozu y yo pasamos muchas horas sentados en el frío banco de piedra llamado filosofía inscrito en Indagación del bien de Nishida Kitaro y tuvimos conversaciones enigmáticas diciendo cosas como “en otras palabras, se trata de percibir un tipo de impulso salvaje”. Éramos una especie de atracción turística. Nuestras vidas pasaban en una manera completamente improductiva, y encima de ello yo tenía problemas para digerirlo. Traté de continuar con todas mis fuerzas, pero me había agotado por completo cuando llegué al capítulo tres, “La voluntad”. Al principio intenté mantener una mentalidad intelectual, pero poco a poco fui perdiendo las esperanzas.
Cuando leímos “Nuestros cuerpos originariamente fueron creados para llevar a cabo varias actividades en pro de la preservación de la vida y la reproducción” Ozu repitió muy animadamente—: En pro de la preservación de la vida y la reproducción. —Con una sonrisa indecente por toda su cara. Sin duda estaba absorto por alguna fantasía descarada despertada por sus cromosomas Y. Leer tantos libros complicados de filosofía día tras día le había hecho florecer sus necesidades más obscuras, y el libro Indagación del bien se había transformado en Un compendio práctico de chistes sexuales en su mente. Era obvio que cualquier intento suyo por mejorar había sido abandonado. Si hubiéramos continuado hasta la cuarta parte sobre “La religión” seguramente hubiéramos comenzado una conversación sacrílega que hubiera sido censurada por la mayoría de los medios de comunicación. Probablemente era algo bueno que nuestra estabilidad emocional, fortaleza y capacidad mental no pudo continuar mancillando el sagrado nombre de Nishida Kitaro.
El maestro era un fan de Ferrari, y siempre que un Ferrari ganaba alguna carrera de la fórmula uno me tocaba cargar con la desagradable tarea de ondear una bandera roja con la insignia del caballo mientras corría de lado a lado en una avenida mientras trataba de evitar morir atropellado por alguno de los coches que pasaban por ahí. Originalmente había planeado delegar esa tarea a Ozu, pero, como fue él el que se la había regalado al maestro, y nunca estaba cerca cuando el maestro se emocionaba, siempre me tocó encargarme a mí; fui yo quien se encargó de dar a conocer Ferrari a la gente. Me daba rabia cada vez que los autos que pasaban me pitaban y me insultaba y cuando los peatones me miraban con ojos de reproche.
***
Como cualquier persona de gran importancia, el maestro siempre ansiaba nuevas cosas, pero éramos Ozu y yo los que nos veíamos forzados a conseguírselas.
No se trataba solo de comida, alcohol y tabaco. Nos pedía desde serruchos hasta abanicos, nos hizo ganar un concurso de dibujo en el distrito comercial para darle un monocular Carl Zeiss. Incluso la copia de Veinte leguas de viaje submarino que leía lentamente era originalmente mía; la había comprado en la feria de libros usados del santuario Shimogamo cuando buscaba refugiarme de las fieras noches de otoño leyendo una historia clásica de aventura, pero de alguna forma había caído en las manos del maestro. Ya estábamos bastante ocupados teniendo que conseguirle los mochis de Demachi, los yatsuhachi de Shogoin, y las galletas de erizo curado, pero cuando decidió que quería la pancarta de la feria de libros usados y una estatua de tortuga nos quedamos perplejos. Un muñeco tamaño real de Kamen Rider, un pastel de pescado del tamaño de un tatami, un caballo de mar, un pulpo gigante, estaba agobiado por peticiones como esa. ¿Dónde se supone que iba a conseguir un pulpo gigante?
Una vez nos dijo—: Vayan a Nagoya y tráiganme un miso de chuleta de cerdo sin chuleta. —Y Ozu efectivamente se fue todo el camino hasta allá por el recado; eso hizo que me le quitara el sombrero. Por cierto, una vez fui a Nara para conseguirle las galletas con las que alimentaban a los venados.
Cuando el maestro Higuchi dijo que quería un caballo de mar, Ozu consiguió una pecera de quién sabe dónde e incluso la adornó con algas y otras cosas, pero cuando la llenó le salió una grieta por la que comenzó a derramarse toda el agua y se inundó la habitación. El maestro rio viendo como Ozu y yo corríamos por toda la habitación y preguntó con alegría —¿Será que se filtrará el agua a la habitación de abajo?
—Considerando lo decadente que esta este edificio yo creo que es probable —dijo Ozu—. Será problemático cuando venga a quejarse el residente de abajo. ¿Qué hacemos?
—No puede ser. ¡Yo vivo en la habitación de abajo! —grité.
—Oh, qué alivio. Entonces espero que se filtre mucha.
El agua se filtró de la habitación del maestro a la mía y mi habitación también se inundó. El agua había destruido todos mis libros, pero no fue solo eso, mi computadora también se estropeó y perdí todos mis archivos. Ese percance agilizó mi separación de la ruta estudiosa.
El maestro Higuchi había pedido un calamar gigante antes de haber conseguido su caballo de mar, pero, como la pecera que había conseguido Ozu fue dejada en el corredor para que se llenara de mugre, el maestro tomó “prestada” mi copia de veinte mil leguas de viaje submarino para distraer sus ansias de una criatura del océano.
Como siempre, yo era el que peor salía librado de todos esos eventos.
***
Entre las muchas locuras del maestro Higuchi, la salvaje “guerra masoquista de los representantes” que tenía con Jougasaki era una de las más preocupantes.
Según las órdenes del maestro, nosotros modificamos la placa de la puerta del apartamento de Jougasaki, tapamos la entrada con una nevera y le mandamos un montón de cartas de tristeza. Él se vengó pegando las sandalias del maestro al piso con pegamento, le mandó globos con pimienta a la habitación y pidió que le llevaran al maestro veinte porciones de sushi. Por cierto, el maestro no se inmutó cuando recibió el sushi, organizó una fiesta de sushi con todos los estudiantes extranjeros que vivían en la residencia y nos invitó a Ozu y a mí; eso sí, hizo que pagáramos la cuenta entre nosotros dos.
Después de estos dos años de entrenamiento, si alguien me preguntara si he conseguido mejorar en algo, muy a mi pesar, tendría que responder que no; y si en ese caso me preguntaran por qué pasé tanto tiempo haciendo eso, respondería que para ver al maestro feliz. El maestro lucía completamente feliz siempre que hacíamos el tonto intentando completar alguna de sus órdenes. Si le comprábamos algo de su agrado nos decía—: Vaya que has aprendido bien. —Y una gran sonrisa se dibujaba en su rostro.
El maestro nunca nos correspondió con maldad, siempre tenía un aire noble a su alrededor y cuando reía parecía un niño cualquiera. Hanuki bautizó ese poder especial que lograba hacer que Ozu y yo nos moviéramos por tan solo una sonrisa como “magia de Higuchi”.
***
Al día siguiente de la búsqueda del cepillo Kamenoko me desperté a las siete de la mañana, una hora que es considerada “noche” para la mayoría de los estudiantes universitarios. Los constantes golpes que le daba el maestro Higuchi a mi puerta terminaron por despertarme, cuando abrí la puerta lo vi con su cabello desordenado y sus ojos brillantes.
—¿Qué quieres tan temprano?
A mis palabras el maestro abrazó un objeto rectangular mientras se paraba en el frío pasillo y comenzaron a salirle lágrimas de los ojos. Su cara con forma de berenjena se arrugó y los bordes de su boca comenzaron a temblar mientras lloraba y se restregaba los ojos como un niño. Consiguió mascullar—: Lo terminé, ¡lo terminé!
—¿Qué terminaste? —le pregunté nerviosamente.
—Esto.
Me mostró con reverencia la cosa que estaba sosteniendo. Se trataba de mi copia de Veinte mil leguas de viaje submarino.
—Esta mañana terminé el viaje en el que me embarqué el año pasado. Estaba tan conmovido que quería dejártelo saber. También vengo a devolverte el libro.
Parecía como si fuera a colapsar, pero se mantuvo de pie tan heroicamente, con lágrimas que le bajaban por la cara, que de la conmoción pensé que yo también había pasado por ese viaje de veinte mil leguas.
Me devolvió el libro.
—Me disculpo por demorarme tanto, de verdad, pero fue un viaje maravilloso —dijo con un suspiro—. Por cierto, estuve tan inmerso en el libro que todavía no he cenado. ¿Quieres acompañarme a comer un plato de gyudon?
Salimos al frío viento de la mañana y nos fuimos hacia nuestro establecimiento de gyudon favorito.
***
Luego de desayunar en el puesto de gyudon, el maestro Higuchi se fue mientras yo estaba pagando la cuenta. Lo alcancé cerca al río Kamo, él estaba de pie acariciándose su barbilla sin afeitar y mirando felizmente al cielo dijo—: Qué buen clima, ¿no? —Frente a nosotros se encontraba el cielo de mayo ligeramente nublado.
Cuando llegamos al Kamo delta el maestro Higuchi atravesó los pinos, bajó por el terraplén y enfrentó al cielo como si se lo quisiera comer. Frente a nosotros pasaban peatones y automóviles sobre el puente Kamo mientras los iluminaba la luz de la mañana.
Como si se hubiera puesto de pie en la proa de un barco el maestro Higuchi se acercó al borde del Kamo delta y encendió un cigarrillo. A su izquierda corrían las aguas del río Kamogawa y a su derecha las del río Takano. Se unían frente al maestro Higuchi y fluían hacia el sur con una furia que cortaba el aliento. Como había llovido mucho los últimos días los ríos estaban muy crecidos, tanto que los arbustos que crecían a la orilla del río estaban medio sumergidos.
Al soltar una bocanada de humo el maestro me dijo—: quiero emprender un largo viaje.
—Es raro que lo digas.
No había escuchado que hubiera abandonado su habitación de cuatro tatamis y medio por más de doce horas.
—Lo he estado considerando por mucho tiempo, pero terminar de leer ese libro terminó de convencerme. Pronto llegará el momento en el que cabalgaré sobre las anchas olas del mundo.
—¿Tienes suficiente dinero?
—Pues claro que no —dijo riéndose mientras botaba otra bocanada de humo y repentinamente recordó algo. —Es verdad, el otro día, mientras caminaba por el campus, vi a un tipo con el que solía beber mi primer año. Lo saludé, pero no pareció alegrarse de verme. Me preguntó qué estaba haciendo, pero cuando le dije que estaba retomando mis clases de alemán se apresuró para irse.
—Si entró contigo probablemente esté en medio de su doctorado, por lo que podría serle incómodo que lo vieran con alguien que sigue sin terminar su carrera.
—¿Por qué sería incómodo? No fue él el que tuvo que repetir cursos... no lo entiendo.
—Por eso eres el maestro.
Puso una expresión triunfante.
Cuando yo estaba en primer año el maestro me advirtió—: Por ninguna circunstancia debes repetir un año, encender un videojuego o tocar el mahjong. Si lo haces, tu vida se estropeará. —Había seguido su consejo y nunca había posado mi mano en ninguno de esos objetos, aun así, mi vida académica estaba por los suelos. Tenía que preguntarle en algún momento qué me había pasado.
Nos sentamos en un banco cerca a la orilla. Como era domingo había mucha gente haciendo ejercicio o paseando cerca al río.
—Cuando buscaba el cepillo Kamenoko en Sanjou conocí a una adivina —le dije de un solo respiro.
—¿Quieres decir que, aunque a duras penas si has empezado tu vida, ya te has desviado? —Sonrió—. ¿Por qué? A penas si acabas de dejar el vientre de tu madre.
—No quiero desperdiciar los otros dos años que me quedan acá haciendo cosas extrañas como buscar cepillos, pelear la guerra masoquista de los representantes, buscar cepillos, escuchar las fechorías de Ozu, buscar cepillos o dejar que mi vida académica enfrente la ruina.
—Si sigues preocupado por el cepillo no te preocupes más; no te voy a excomulgar —me tranquilizó—. Lo has hecho espléndidamente estos dos años. Sin importar lo que haya pasado antes estoy seguro de que podrás desperdiciar lo siguientes dos. De hecho, lo garantizo.
—No necesito que lo hagas —me lamenté—. Si no te hubiera conocido a ti ni a Ozu seguramente tendría una vida mucho más significativa. Habría estudiado duro, salido con bellas doncellas de cabello negro y tendría una vida estudiantil inmaculada. Así sería, no hay duda de ello.
—¿Qué te pasa? ¿Sigues medio dormido?
—Me he dado cuenta cuánto he desperdiciado mi vida. Debí pensar mucho más en lo que pude haber alcanzado. Mi elección cuando era un primerizo fue un error. Tengo que aprovechar la próxima ocasión y escapar de esta terrible vida.
—¿Cuál ocasión?
—Coliseo, o algo por el estilo. Eso fue lo que me dijo la adivina.
—¿Coliseo?
—En realidad, yo tampoco entiendo lo que significa.
El maestro se rascó la barbilla haciendo ruido mientras me inspeccionaba detalladamente. Su cara, la cara que tenía en ese momento, era la que lo hacía parecer un noble. Ciertamente era adecuada para la habitación destartalada de cuatro tatamis y medio en la que vivía, pero también recordaba la de un príncipe de noble linaje que había naufragado mientras iba de viaje a la isla Seto y había sido empujado por las olas a la soledad de una isla de cuatro tatamis y medio. Y aun así se negaba a abandonar su decadente yukata y permanecía en esa habitación de cuatro tatamis y medio.
—No puedes usar una palabra como “ocasión” mientras sigas poniendo límites. Lo que determina nuestra existencia no es lo que podamos hacer sino lo que no podamos hacer —proclamó—. ¿Tienes el poder para convertirte en una conejita? ¿En un piloto? ¿Puedes convertirte en un carpintero o en un pirata que navegue los siete mares? ¿Qué me dices de un ladrón que pueda robar los tesoros del Louvre para sí mismo? ¿Qué me dices de desarrollar una supercomputadora?
—No.
Asintió pensativamente y después, inesperadamente, me ofreció un cigarrillo. Lo acepté dándole gracias y batallé intentando encenderlo.
—La mayoría de los sufrimientos de nuestras vidas provienen del sueño de otras personas. Tratar de confiar en algo tan poco confiable como tu potencial interno es la causa de muchos males. Debes reconocer el tipo de persona que eres, el tipo de persona que nadie más puede ser. Lo que llamas “vida de campus color rosa” es inalcanzable. Eso te lo garantizo.
—Eso es cruel de tu parte.
—Piensa en ello como una fortaleza. Deberías aprender de Ozu.
—¡Absolutamente no!
—Hmm… bueno, supongo que hay excepciones para todo.
Permanecimos sentados en silencio mirando el brillante sol por entre los árboles por un rato. Para alguien como yo que por lo general dormía diez horas cada noche y estaba totalmente falto de sueño, la calidad luz solar me comenzó a producir sueño. El maestro tampoco había dormido y se veía cansado. Nos sentamos ahí, dos jóvenes extraños, como en trance, arruinándole la bella mañana de domingo al resto del mundo.
—¿Volvemos?
—Sí, volvamos.
Pasamos por el sendero al santuario Shimogamo en nuestro camino de vuelta a Shimogamo Yuusuisou.
—Debes sentar la cabeza. De lo contrario nunca recibirás tu herencia —dijo de la nada el maestro, como si estuviera hablando consigo mismo.
—¿Qué herencia? —le pregunté sorprendido, pero el solo sonrió y siguió fumando su cigarrillo.



Comentarios