LA VIDA ACARAMELADA (parte 2)
- 25 mar 2020
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Como Ozu se comenzó a quejar de lo difícil del trabajo y yo tenía un antojo tremendo por comer en Neko Ramen, ambos salimos de Shimogamo Yuusuisou y caminamos en medio de las sombras de la noche hacia el puesto. Neko Ramen es un puesto de ramen fantástico del que rumorea que hace su caldo con gatos. Sin importar que sea cierto o falso el sabor es inigualable.
Ozu me contó sobre la muñeca Kaori, que había robado por órdenes de su maestro, mientras sorbía su ramen.
—Oye, ¿es no es un crimen?
—¿Lo es? —preguntó ladeando su cabeza.
—¡Pues claro! No quiero tener nada que ver en esto.
—Pero el maestro y el dueño de Kaori han sido amigos por al menos cinco años, estoy seguro de que será comprensivo, además —añadió con una sonrisa indecente—, sé que quieres probar a vivir con ella. Se te nota.
—Tu… imbécil.
—¡No me mires con esa cara!
—Oye, deja de pegárteme así.
—Pero estoy solito, y esta brisa me da frío.
—Tú, bastardo solitario.
—¡Kyaa!
Perder el tiempo con esa parodia sin sentido de una pelea de enamorados en Neko Ramen pronto se sintió vacía. Y, por alguna razón, sentía que ya había hecho algo así anteriormente y me comencé a enojar.
—Oye. ¿No tuvimos una conversación como esta antes?
—No. No así de tonta. Probablemente sea solo un déjà vu.
Mientras pasamos el tiempo oscilando entre disfrutar el sabor incomparable de Neko Ramen y esa conversación estúpida llegó un nuevo cliente y se sentó junto a nosotros. Parecía tener una apariencia bastante extraña.
Vestía getas y un yukata azul oscuro que solo usaría un goblin, todo con un aire de serenidad. Casi parecía un ermitaño inmortal de las montañas. Dándole una mirada de reojo desde mi cuenco recordé que lo había visto varias veces en Shimogamo Yuusuisou. Una figura que se aleja mientras hace crujir los escalones hacia el segundo piso; una figura que se broncea la espalda en el balcón donde se seca la ropa mientras alguna estudiante de intercambio le corta el cabello; una silueta vacilante en los baños compartidos lavando frutas misteriosas. Su cabello estaba tan despeinado como si acabara de pasar por varios tifones seguidos, y su cabeza tenía forma de berenjena. Su edad era indeterminada, y aunque yo estuve tentado a llamarlo como un señor de mediana edad, también me daba la impresión de ser un estudiante universitario.
—Oh, también vino, maestro —Ozu inclinó su cabeza mientras seguía sorbiendo su ramen.
—Sí, me dio un poco de hambre.
El extraño hombre se sentó y ordenó un plato de comida. Parecía tener sentido que una persona tan excéntrica fuera el maestro de Ozu. Ozu pagó por la comida de su maestro, algo que era raro considerando lo mezquino que solía ser.
—Le hemos dado un fuerte golpe a Jougasaki en esta ocasión. Nunca se le ocurriría pensar que su preciada Kaori huiría mientras él no estaba en casa.
Ozu habló con gran convicción, pero el maestro solo levantó su ceja mientras encendía un cigarrillo.
—Akashi vino a decirme hace poco que nos estábamos excediendo.
—¿Otra vez con eso?
—Insistió en que jugar que el amor ajeno era inexcusable, incluso si se trataba de una muñeca. Creo que se preparó para ser excomulgada —dijo el maestro rascándose su rala barba.
—Considerando lo cortante que suele ser, Akashi es inesperadamente considerada, pero aun así debes dejar las cosas claras, no puedes ser blando con ella solo porque es una chicha.
—No es mi estilo ser tan impositivo.
—Pero ya la traje de donde Jougasaki. ¡Me niego a devolverla!
—Entonces, ¿qué haremos con ella?
—Está en su cuarto —dijo apuntándome. Asentí sin decir nada. El maestro me miró con una expresión de sorpresa.
—¿No eres un residente de Shimogamo Yuusuisou?
—Sí, lo soy.
—Entiendo. Agradezco su colaboración.
***
Volvimos a Shimogamo Yuusuisou, Ozu se fue en el auto que había pedido prestado para transportar a Kaori y su maestro hizo una venia y subió silenciosamente al segundo piso.
Cuando volví a mi habitación la muñeca seguía recostada contra mi estante de libros con una mirada apática en el rostro.
Ozu y su maestro continuaron discutiendo en el camino de vuelta hasta que finalmente concluyeron que no había nada que pudieran hacer ya que la habían traído a mi habitación y que solo podían ver cómo se desarrollaban las cosas; pero a mí, a quien no tuvieron en cuenta para su discusión, eso me parecía algo completamente irrazonable. Ozu lucía triunfal pues había terminado ganando la discusión, y su maestro parecía satisfecho asumiendo que yo era el hombre idóneo para ocultar a Kaori. Me sentía engañado por la dupla de un tanuki y un zorro.
Luego de abandonar el club de softbol Honwaka Ozu y yo seguimos encontrándonos varias veces. Ozu seguía metido en un montón de actividades a pesar de haber dejado el club, siempre estaba ocupado, bien fuese por su cargo importante en una misteriosa sociedad secreta o por su posición en el club de cine.
También era una costumbre que viniera a visitar al tipo que vivía en el segundo piso de Shimogamo Yuusuisou; Ozu le decía “maestro” y había estado viniendo a la residencia desde que era un estudiante de primer año. La razón por la que era tan complicado terminar mi relación con Ozu no se debía solamente a que salimos del club por los mismos motivos sino también a que él se la pasaba viniendo a la residencia. Cuando le pregunte por la naturaleza de su “Maestro” Ozu simplemente hizo una mueca grotescamente obscena y se negó a responder. Concluí que muy probablemente era un tipo de maestro bastante indecente.
Me senté en el piso de mi habitación de cuatro tatamis y medio y miré a Kaori, quien inesperadamente se había convertido en mi compañera de cuarto. Era algo muy irritante, aunque tenía que admitir que era una muñeca encantadora.
—Kaori, admito que es un lugar bastante sucio, pero intenta sentirte en casa —dije en voz alta como para probar algo. Resultó algo estúpido incluso para mí, por lo que tendí mi futón y me acosté a dormir.
***
Luego de la intromisión de Kaori en mi habitación, los engranajes que le daban sentido a mi vida fueron completamente desordenados. Mi antigua existencia tranquila fue, en el periodo corto de solo unos días, zarandeada como un barco de juguete en medio del océano por una serie de eventos fantásticos y mi vida se encaminó inexplicablemente en un sendero totalmente diferente. Todo fue culpa de Ozu.
Al día siguiente abrí mis ojos y vi cómo me miraba una noble chica recostada contra mi estante de libros.
Una mujer en mi habitación era un evento sorprendente y sin precedentes.
Era como si hubiera traído a alguna joven dama a mi habitación para pasar el tiempo y ella terminó por quedarse a dormir; ella, habiéndose despertado antes que yo, tan escandalizada por las memorias de las indiscreciones de la noche anterior, no se podía mover. Tomar la responsabilidad, discutir, casarse, abandonar los estudios, la pobreza, el divorcio, la indigencia y, finalmente, una muerte solitaria; esa cadena de pensamientos cruzó por mi mente como una linterna giratoria de papel. Seguí en mi futón, temblando como un ciervo recién nacido, pensando que estaba totalmente jodido hasta que recordé los eventos de la noche anterior y me di cuenta de que Kaori era solo una muñeca.
Aquel recuerdo eventualmente me permitió volver a mis sentidos.
Kaori no se había movido ni un centímetro desde que la trajeron. La saludé con un “buenos días”, hice café y cociné los restos de una hamburguesa de pescado para desayunar. Mientras comía, sin pensar, comencé a hablar con ella.
—Sabes, Kaori, esto también es desafortunado para ti. Debe ser difícil para ti vivir en la habitación de un chico. Ozu es un imbécil, ¿no crees? Nunca en su vida ha pensado en los demás, probablemente es la miseria ajena la que lo impulsa. Creo que sus padres no le dieron suficiente amor cuando era pequeño… Aunque asumo que no puedes responderme. Es una lástima, es una mañana tan hermosa y tú solo te quedas sentada ahí malhumorada. Vamos, trata de hablar conmigo.
Por supuesto que ella no dijo nada.
Terminé mi hamburguesa y vacíe mi vaso. Como ese día era fiesta no tenía tiempo para desperdiciar hablando con una muñeca. Después de todo tenía mi propia vida. El cielo por fin se había despejado luego de unos días de lluvia y, como extrañamente me había levantado temprano, decidí lavar la ropa.
La lavandería estaba a pocos minutos a pie de Shimogamo Yuusuisou, en el centro. Tiré mi ropa en una máquina y salí para comprar café. Cuando volví la lavandería seguía sin gente, solo estaba encendida la máquina que yo estaba usando. Bañado por la gloriosa luz mañanera acompañé mi café con un cigarrillo.
Cuando la máquina terminó y alcé la tapa mi boca se abrió a causa de la sorpresa.
Mi amados y viejos boxers habían desaparecido. En su lugar había un pequeño osito de peluche. El osito y yo nos miramos por unos momentos.
Que extraño.
Si hubiera sido algo como un ladrón de lencería femenina en la lavandería, lo hubiera entendido, pero ¿qué podía ser lo interesante de robar mis boxers grises con los que me había vestido los últimos dos años? Lo único que podría obtenerse de ellos era pesar y dolor. Es más, el ladrón había dejado como cambio aquel bonito osito de peluche, aumentando mi miseria. ¿Qué tipo de mensaje me estaba mandando el ladrón? Probablemente era una extraña confesión de amor, pero yo no necesitaba el amor de alguien que robara mi ropa interior; quería el amor de alguien que pusiera mi cabeza en las nubes, alguien cuya delicadeza y refinamiento fueran de ensueño, una doncella de cabello negro cuya cabeza estuviera llena solo de belleza.
Examiné las otras máquinas lavadoras e incluso las secadoras, pero no pude encontrar mi ropa interior. Pisotee frustrado, hubiera sido estúpido reportar aquello a la policía. Honestamente, no quería descubrir qué tipo de persona haría algo como eso.
Como me hubiera fastidiado volver con las manos vacías agarré el osito y comencé a caminar de vuelta a mi residencia. De vez en cuando me volvía la rabia, pero no había nada que pudiera hacer. Di rienda suelta a mi rabia apretando y retorciendo el osito en mi mano.
***
Luego del robo en la lavandería me desanimé por completo y volví a mi habitación echando humo como una hamburguesa.
Aunque el sol usualmente brillaba directamente hacia mi habitación haciéndola insufriblemente húmeda, por la mañana seguía fresca. Kaori pacientemente espero mi regreso junto al estante de libros; cuando vi su cara de tranquilidad se me disipó la rabia. Ozu había dicho que se la había robado a alguien, ese desafortunado, quien quiera que sea debe estar buscándola con los ojos inyectados de sangre. Solo por su apariencia impecable se podía adivinar que el la apreciaba como si de una princesa se tratase.
No me sentía bien dejándola sentada ahí sin más. Le puse mi copia de veinte mil leguas de viaje submarino, que había comprado en la feria de libros usados del santuario Shimogamo, en el regazo. Parecía haber tomado prestado un rincón de mi habitación y estar inmersa en una fantasía de aventuras marítimas, una verdadera intelectual, una doncella de cabello negro; casi se podía tocar su encanto exquisito.
Era una habitación donde no había nadie, o más bien, una habitación donde nadie quería entrar.
Los únicos aquí éramos esa bella chica y yo. No había razón para que nadie entrase y nos criticara. Demostré una gran cantidad de templanza al no elogiarme sobremanera y la traté cortésmente. Ozu me la había confiado, no podría perdonarme nunca si le hiciera alguna cosa extraña y luego fuera usada por él.
Me senté en mi escritorio, ahuyenté de mi mente lo del ladrón y me volví sobre una carta que recibí días antes. El autor era una mujer.
Lectores, no se sorprendan de que yo estuviera participando de un intercambio por correspondencia.
Ella vivía sola en Joudo-ji, se llamaba Higuchi Keiko. Era una mujer joven que trabajaba en una escuela de inglés conversacional en Shijou-Kawaramachi. Sus pasatiempos eran la lectura y la jardinería; ella escribía con entusiasmo sobre las flores que tenía en su balcón. Su caligrafía era hermosa, igual que su gramática.
Sin embargo, nunca la había conocido.



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