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LA VIDA ACARAMELADA (parte 4)

  • 25 mar 2020
  • 7 Min. de lectura

Cuando terminó la clase, ya en medio de la noche, me puse a caminar por la ciudad.

Para matar el hambre me comí un ramen de Nagahama, luego fui a Kiyamachi. De camino pensé en Ozu y comencé a sentir malestar estomacal; por los últimos dos años él había sido, de los pocos que tenía, mi amigo más cercano y se la pasaba perturbando la paz de mi habitación de cuatro tatamis y medios. Tan solo la noche anterior había presenciado una muestra de su egoísmo al entrar en mi habitación a media noche para obligarme a que le guardara a Kaori. Aunque el verdadero problema era que todavía infectaba mi alma alguna vez pura. Lo único que tenía para mostrar como producto de mis andanzas con él era un corazón negro. ¿No fue mi contacto con una persona tan retorcida la que me terminó por dañar?

Continué mi camino a lo largo del río Takase con mi mente llena de pensamientos irritantes, todo a causa de Ozu.

Finalmente, mis pies se detuvieron.

Entre los bares y burdeles, una pequeña y oscura casa se erguía en las sombras. Bajo el alero, una vieja se sentaba en una silla de madera cubierta por una tela blanca; lucía como una adivina. En el letrero colgante había inscritos unos cuantos kanjis de forma críptica. De la luz anaranjada de la linterna la cara de una bruja flotaba por la oscuridad. La apariencia del conjunto era algo amenazante, como un fantasma que trata de tomar las almas de los transeúntes. Alguna vez me leyeron el futuro, pero después de ello mi fortuna empeoró, la sombra de una mujer me seguía a donde iba. Nada de lo que hice terminó bien; la gente a la que esperaba me dejaba plantado, nunca pude encontrar nada de lo que se me perdía, reprobé mis clases, la tesis que estaba a punto de entregar comenzó a arder de la nada, caí en los canales del río Biwa, fui estafado por un vendedor de aceite de serpiente en la calle Shijou, y muchas otras cosas desagradables me pasaron. Mientras pensaba sobre todo eso la vieja se percató de que la miraba. Desde la espesa oscuridad me dirigió una mirada con unos ojos relucientes que me atraparon en su aura fantasmagórica. Aquello tenía un poder persuasivo, y llegué a la conclusión de que alguien con ese tipo de aura emanando de sí no podría equivocarse en sus predicciones.

En mis casi veinticinco años de vida eran pocas las veces en las que había tomado el consejo de alguien humildemente. Aunque tomé pocos riesgos en mi vida todavía fue posible que eligiera un camino lleno de espinas. Si tan solo hubiera escogido dejar de confiar en mi propio juicio antes, mi vida de campus probablemente habría sido distinta. No hubiera entrado en el enigmático club de softbol honwaka, no habría conocido a un personaje tan laberíntico como Ozu. Es más, habría sido dotado de mentores y amigos increíbles, habría sido reconocido como un artista talentoso, por supuesto que tendría una bella doncella de cabello negro a mi lado, tendría de frente un futuro brillante y conseguiría esa tan importante “vida de campus color rosa”. Para alguien como yo, no parecía muy difícil tener ese estilo de vida.

Eso es.

Todavía no era demasiado tarde. Podía escuchar el consejo objetivo de alguien y terminar con esta vida desgraciada.

Moví mis piernas hacia la vieja como atraído por su extraña aura.

—Muchacho. ¿Qué es lo que deseas saber?

La vieja masculló como si su boca estuviera llena de algodón dando la impresión de que sus palabras eran aún más valiosas.

—Esa es una buena pregunta. ¿Qué debería decir?

Viéndome sin palabras ella se rio.

—Por tu cara puedo decir que estas muy frustrado. No eres capaz de usar tus talentos; tu situación actual no es adecuada para ti.

—Sí, me pasa exactamente eso.

—Muéstrame tus manos.

La vieja agarró mis manos y las examinó gruñendo con aprobación.

—Tienes un gran talento en tu interior.

Me quité el sombrero ante su perspicacia. Justo como un gran maestro que oculta sus habilidades, que pudiera darse cuenta de mi gran talento oculto en menos de cinco minutos demostraba que ella no era una persona ordinaria.

—No debes dejar que se escape tu ocasión. Una ocasión no es más que una oportunidad excelente. ¿Entiendes? Es difícil asir las ocasiones. Algunas veces están ocultas en lugares que no esperarías, y algunas veces algo que pensabas que era una ocasión no era nada en realidad. Pero debes actuar si quieres aprovecharla. Parece que vas a tener una vida larga, así que tarde o temprano serás capaz de tomarla.

En concordancia con su aura, sus palabras eran realmente profundas y misteriosas.

—No quiero esperar demasiado por algo así; quiero tomar la oportunidad ahora. ¿Puedes ser un poco más específica?

Las arrugas de la vieja aumentaron con mi pregunta. Pensé que su mejilla derecha le estaría picando o algo por el estilo, pero luego de un rato ella sonrió.

—Es difícil ser específicos sobre el futuro. Incluso si te lo dijera con exactitud cambiaría rápidamente por el efecto del tiempo mismo. El destino es algo que cambia segundo a segundo.

—Pero todavía no me has dicho nada más que cosas confusas.

Al inclinar mi cabeza en confusión ella resoplo por la nariz.

—De acuerdo, me contendré de hablar de cosas muy lejanas, pero te puedo hablar sobre lo que está pronto a venir.

Ensanché mis orejas como Dumbo.

—Coliseo —susurró de repente.

—¿Coliseo? ¿Qué es eso?

—Es la señal de una ocasión. Cuando la ocasión se presente, será precedida por un coliseo —dijo.

—¿Me estás diciendo que tengo que ir a Roma?

Pero la anciana se limitó a sonreír.

Muchacho, cuando se presente tu oportunidad no la debes dejar escapar, no puedes seguir buscando a tientas como siempre. Aférrate a ella atrevidamente, no como tus acciones hasta ahora. Si lo haces no estarás insatisfecho por más tiempo y te podrás embarcar en un nuevo camino. Aunque puede que ese te lleve a un tipo distinto de insatisfacción. Espero que lo entiendas.

No lo entendí en lo más mínimo, pero igual asentí.

—Incluso si no tomas esta no necesitas preocuparte, eres un joven esplendido y algún día lo conseguirás. Lo puedo ver, no hay por qué apresurarse.

Con eso, la vieja termino sus predicciones.

—Muchas gracias.

Asentí y pagué la tarifa. Cuando me di la vuelta vi a una chica de pie detrás de mí.

—¿Eres una ovejita perdida? —preguntó Hanuki.

***

Hanuki está en mi clase de inglés. Hemos sido amigos desde que me inscribí en la escuela el año anterior, pero nuestra relación se limitaba estrictamente a compañeros de clase. Muchas veces la había retado en busca de apropiarme de sus habilidades trascendentales, pero cada vez terminaba perdiendo.

Hanuki habla inglés de una manera extremadamente fluida, aunque algo desarticulada. La metralla de palabras que lanza baila libremente por el aire y a pesar de su paupérrima gramática trascienden reglas normales y se juntan entre sí para formar sentido en la cabeza de la otra persona. Es un misterio. Por otro lado, aunque cuidadosamente me esfuerzo por pulir mis palabras mentalmente, la conversación avanza si mi participación, por lo que es demasiado tarde cuando estoy listo para hablar. Ese patrón se ha repetido incontables veces, prefiero ser un espectador silencioso que martilla un puente para probar si es seguro antes que hablar sin un dominio perfecto de la gramática.

Lo que he aprendido en nuestras conversaciones es que Hanuki trabaja en una clínica dental. En clase podemos hablar sobre cualquier tema que queramos, pero Hanuki siempre habla de dientes. En los últimos seis meses Hanuki a incrementado notablemente mi vocabulario dental. Todos nos hemos vuelto muy doctos en términos dentales, qué afortunados.

Yo solía hablar sobre las fechorías de Ozu, pues su miserable existencia era el filtro de mi relación con el resto del mundo. Era algo embarazoso hablar de sus crímenes frente a otras personas, pero inesperadamente recibía vitoreo por ello y así las “noticias de Ozu” se volvieron materia prima en las sesiones semanales. Probablemente les gustaba porque involucraba un montón de chismes sobre la vida privada de otras personas.

Luego de unas semanas Hanuki me llamó después de clases. Sorprendentemente, ella también conocía a Ozu y a su “maestro”. Ozu era un paciente en la clínica dental donde ella trabaja y se conocía desde hace años con su “maestro”.

—Es un mundo muy pequeño —dijo.

Nos quejamos sobre la personalidad reprochable de Ozu y pronto nos habíamos caído bien.

***

Fuimos a uno de los muchos bares en Kiyamachi luego de encontrarnos frente a la adivina.

Parecía que ella tenía planes de venir luego de clases, pero repentinamente se había peleado con la persona con la que se iba a encontrar y se vio en el dilema de querer beber, pero no querer encontrarse con esa persona hasta que me vio en la calle en medio de la gente. —Te debo una —repitió varias veces en nuestro camino hacia el bar.

Al ser fin de semana todos los bares estaban llenos de actividad. Por lo general siempre había muchos estudiantes, pero ese fin de semana estaba especialmente repleto debido a las muchas fiestas de bienvenida para los nuevos. Por todos lados podías divisar caras que solo unos días antes habían sido de estudiantes de preparatoria.

Brindamos deseándole desolación a Ozu. El tema era increíblemente conveniente, pues no había fin a nuestras quejas cuando se relacionaban con él. Estábamos a reventar de calumnias sobre él.

—Causa muchos problemas.

—Lo sé, es como si fuera su pasatiempo favorito.

—Su razón de existencia parece ser inmiscuirse en la vida de otras personas.

—Y aun así mantiene oculta la mayor parte de su propia vida.

—Sí, sí. A pesar de que se la pasa entrando en mi habitación yo ni siquiera sé dónde vive. Sin importar cuando le he preguntado no me ha querido decir.

—En realidad, yo sí fui a su casa una vez.

—¿De verdad?

—Sí. Queda en Joudo-ji, en un edificio de apartamentos que parece hecho de dulces, bajando un poco por la calle Shirakawa. Me siento mal por sus padres.

—Maldición, sí que me enoja…

—¿Pero no es él tu mejor amigo? —me preguntó sonriendo—. Siempre habla de ti.

—¿Qué dice?

En mi mente apareció una imagen de Ozu parado en la oscuridad con una sonrisa misteriosa. Puede que le hubiera dicho a Hanuki un montón de mentiras atroces sobre mí y yo tenía que limpiar mi nombre.

—Muchas cosas. Algo sobre ustedes dos dejando el mismo club extraño.

—Ah.

Esa parte, al menos, era verdad.

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