LA VIDA ACARAMELADA (parte 5)
- 25 mar 2020
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El club al que había entrado, Honwaka, era justo como sonaba, tan cómodo y amigable como una nube que vaga en la brisa de primavera. Todos se llamaban por el nombre y no había distinción por rango ni título; no había sempais ni kouhais; no había odio ni tristeza. Los miembros construían un espíritu amigable mientras se tiraban la bola blanca de un lado a otro, todos se ayudaban y cooperaban entre sí. Era el tipo de lugar en el que en menos de una semana te tendría a punto de estallar para alterar en algo la monotonía.
Todos los fines de semana el club tomaría prestado un lugar del campus deportivo para jugar, comer y divertirse. ¿Cómo podría aprender los matices de la socialización en un lugar tan insípido? Era algo imposible y mi paciencia se estaba agotando.
Sin importar qué tanto tiempo pasó fui incapaz de conocer realmente a nadie. Todos se la pasaban sonriendo, conversando cortésmente, absteniéndose de discutir; de sus labios nunca dejaban escapar una sola palabra malsonante. La actitud de todos era tan parecida que se hacía imposible distinguirlos y relacionar correctamente caras y nombres. Cada vez que intenté decir algo todos ponían caras sonrientes y se quedaban en silencio.
La única persona con la que pude hacer parentesco fue Ozu, quien pudo hacerse un lugar en el club gracias a sus habilidades conversacionales, pero a pesar de sus esfuerzos le era imposible configurar una sonrisa; cada vez que lo intentaba terminaba luciendo más como un youkai y se sentía como si estuviera haciendo todo lo posible por esconder su malicia interior. El único nombre que logré recordar del club fue el suyo, o más bien, es el único que no puedo olvidar.
Ese verano tuvimos un viaje de tres días en el límite de las prefecturas de Kioto y Osaka. La práctica de softbol era solo por diversión, en realidad se trataba de otro evento para socializar. Todo el mundo sonreía y conversaba agradablemente mientras yo me sentaba a pensar con el ceño fruncido que ya era muy tarde para hacer amigos.
Pero la segunda noche, luego de que terminó nuestra reunión en el centro de servició que usábamos como alojamiento, uno de los estudiantes superiores nos introdujo a un hombre extraño al que nunca había visto. Era gordo, parecía como si tuviera malvaviscos metidos en los cachetes, y sus gafas eran tan pequeñas que casi se hundían en su cara.
Luego de un momento el tipo comenzó a hablar. Con bastante fuerza dijo que nos teníamos que enfrentar al amor y las maldades del mundo. Sus palabras majestuosas, vagas y dominantes continuaron resonando, pero era imposible entender lo que quería decir. Me seguía preguntando quién era ese tipo, pero cuando me giré para mirar a mi alrededor descubrí que todos tenían expresiones de admiración en sus rostros y escuchaban sus palabras atentamente. Solo Ozu, que se sentaba en frente de mí, bostezaba y se estiraba.
Eventualmente comenzó a señalar a distintos miembros del club, quienes se levantaban y comenzaban a hablar sobre ellos mismos, sobre sus problemas y sobre cuán genial era el club; decían que estaban felices de haber sido invitados a unirse. Una de las chicas incluso comenzó a llorar, el hombre gordo la confortó con un tono muy indulgente diciéndole —tú no te has equivocado en nada. Yo te creo, y todos los demás también.
Ozu se levantó cuando lo señalaron.
—Por alguna razón, cuando entré a la universidad estaba lleno de dudas, pero gracias a que entré en este club siento que me he podido adaptar muy bien. Me calmo cuando pienso que estoy con todos aquí, es algo increíble —dijo humildemente, como si los bostezos de antes fueran falsos.
***
—¿Y luego qué paso? —me instó Hanuki. Como ya estaba un poco borracha en ese entonces, su comportamiento comenzó a volverse infantil.
—Cuando me preguntaron traté de sonar emocionado y cuando terminé el gordo me dijo que fuera a su habitación, por lo que pensé que lo había logrado, pero antes de ir a su habitación fui al baño y esperé a que el vestíbulo estuviera vació para salir a dar un paseo.
—¿Ahí fue cuando conociste a Ozu?
—Así es.
Cuando salí por la puerta principal del centro de servicio Ozu emergió de la oscuridad. Al principio pensé que era algún tipo de youkai que acechaba por el antiguo bosque, pero, aunque luego me di cuenta de que era Ozu no bajé la guardia, estaba convencido de que él era el agente que había despachado Honwaka para intentar convencerme de ir a la habitación del gordo. Me encerrarían en algún cuarto de torturas subterráneo con olor a salmuera donde me interrogarían hasta que confesara todos mis amoríos de preparatoria. ¿Acaso pensaban que accedería a sus demandas?
—Rápido —me susurró mientras lo miraba—. Vas a huir ¿verdad? Yo también.
Así, unimos fuerzas de mala gana y nos adentramos en el bosque.
El camino desde el centro de servicio hacia la ciudad estaba completamente oscuro, pero afortunadamente Ozu tenía una linterna. Tenía que admitir que se había preparado. Habíamos dejado nuestras cosas en la habitación, pero no me preocupé por ello pues no había empacado nada importante. Nos escondíamos entre los árboles cada vez que pasaba algún automóvil por la vía.
—Vaya, eso sí que es una aventura —exclamó Hanuki en una voz de admiración exagerada.
—No estoy seguro de eso. Probablemente pudimos quedarnos sin que nada pasara.
—¿Pero acaso no era una secta?
—Supongo, pero luego de eso ni siquiera llamaron. Quizá no estaban interesados en alguien como yo.
—Quizá. ¿Qué pasó cuando bajaron de la montaña?
—Bueno, primero llegamos a las granjas del pie de la montaña y atravesamos uno de sus campos. Pensamos que podríamos intentar pedir aventón en la carretera, pero como era media noche no había muchos autos que se atrevieran a detenerse. Yo tampoco me hubiera detenido al ver dos chicos misteriosos a un lado del camino.
—Vaya mierda.
—En fin, seguimos caminando y llegamos a una estación de tren siguiendo las señales. Como estábamos en el campo nos demoramos mucho en llegar, eran aproximadamente las cuatro de la mañana cuando la vimos a lo lejos, pero estábamos tan paranoicos pensando que nos estaban siguiendo que preferimos seguir caminando hasta la siguiente estación para despistarlos. Luego, compramos café enlatado y nos subimos al primer tren que pudimos.
—Vaya cosa tan increíble.
—Dormimos como perros en ese tren, apenas si podía mover las piernas.
—¿Y así es como te volviste amigo de Ozu?
—No, en primer lugar, no le llamaría a esto una amistad.
Ella resopló.
—Pero Ozu si tiene cosas buenas.
—Yo no puedo ver ninguna.
—Ahí vas otra vez. ¿Siquiera sabes la historia de cómo consiguió novia?
—¿Tiene… novia?
—Sí. Conoció una chica en el club de cine cuando era un primerizo. No la conocemos ni su maestro ni yo, parece que la quiere tener escondida del resto del mundo. Es egoísta, pero a la vez un poco adorable. Siempre me pide consejos amorosos.
—De… verd…
Parece que Hanuki se divertía de ver mi cara de sorpresa.
—¿Cuál era si nombre? Hmm…
***
Hanuki me llevó a una de sus guaridas preferidas, un bar llamado “Moonwalk” en Bonto-chou. Nuestra charla se volvió más íntima a medida que seguíamos despotricando de Ozu; hablar de un tercero tiene el extraño efecto de unir más a las personas.
La conversación eventualmente llegó a el ladrón de la lavandería.
—Parece que realmente querían tu ropa interior —dijo riéndose.
—Será bastante malo si pierdo toda mi ropa interior.
La noche avanzaba, pero Hanuki no mostraba signos de cansancio. Yo estaba comenzando a hastiarme del ruido, así como también llegando a mis límites de bebida. A medida que los ojos de Hanuki comenzaban a brillar, yo comenzaba a extrañar mi habitación de cuatro tatamis y medio. Quería ir a casa, descansar mi cabeza, ver algo de porno y finalmente echarme en el futón a dormir.
Pero las cosas no progresaban como quería.
Como vivíamos cerca, compartimos un taxi. Hanuki brillaba más que nunca y yo temía perder el control de la situación. Dejó de mirar por la ventana y se volteó hacia mí con una expresión hambrienta perturbadora.
Su apartamento quedaba cerca de la calle Mikage, frente a la calle Kawabata. Cuando la acompañe hasta su residencia ella me invitó a entrar para tomar un té. Para ese momento ya había perdido todo control sobre mí mismo; no sabía quién era, de dónde venía ni para dónde iba, estaba atrapado en un fluir eterno. Me quedé allí temblando de pie, justo como un gato abandonado en medio de la lluvia.
***
Desde que pasé la puerta maldita llamada pubertad, mi Johnny ha estado atrapado en un estado de desdicha. Los Johnnys de otros tipos probablemente eran libres de moverse a su antojo, sin vergüenza ni moderación, sin embargo, poseído por alguien como yo, mi Johnny era incapaz de actuar de acuerdo con su naturaleza, y fue forzado a esconder su verdadero potencial. Un verdadero profesional nunca muestra todas sus cartas, pero un Johnny tan vigoroso como el mío no podía permanecer sumiso para siempre en la situación depresiva en la que estaba. En ese momento él intentó reafirmar su razón de ser sacudiéndose y elevando la cabeza altivamente.
—Oye, ¿no se supone que este es mi momento? —repetía una y otra vez.
Cada vez que lo decía le respondía—: No es el momento. —Y le ordenaba que se quedara quieto. Somos gente civilizada viviendo en una época moderna, yo soy un caballero y tengo cosas que hacer. Así lo intentaba convencer de que no tenía tiempo para que se pusiera a tontear con mujeres.
—¿Entonces cuando es que vendrá mi “oportunidad”? —gruñó—. No me manipules.
—No seas así. En cierta manera tengo que mirarte hacia abajo.
—Te preocupas más por tu intelecto que por mí. Maldición, tener un cerebro debe ser genial.
—Deja de quejarte, es embarazoso.
—Hmm ¿quién dijo que cosas buenas le pasaban a los que esperan? —suspiró y volvió a su caparazón.
Aunque no lo compadecía, sí me daba algo de lástima que tuviera que haber esperado por tanto tiempo. Sin importar lo bullicioso que fuera estaba condenado a trabajar conmigo, un lobo solitario incapaz de interactuar con el mundo de una manera adecuada. Comencé a derramar lágrimas cuando pensé que solo era capaz de demostrar su poderío en medio de ensoñaciones y fantasías.
—No llores —me consoló—. Perdóname, estaba siendo egoísta.
—Discúlpame tú —musité.
Y así hice las paces con mi Johnny.
Por lo menos eso es lo que pienso.
***
El apartamento de Hanuki era muy ordenado y tenía muy pocos muebles. Se sentía como si pudiera empacar y mudarse fácilmente cuando quisiera, algo que me hizo invidiarla un poco. Había una considerable diferencia entre su lugar y el mío.
—Perdóname, bebí demasiado —dijo Hanuki riéndose mientras hacía el té. Ese brillo misterioso todavía permeaba sus ojos. Ella se había quitado su abrigo sin que me hubiera dado cuenta y se quedó solo con una camiseta, me pregunté cuándo había sucedido eso.
Abrió la puerta de vidrio hacia el balcón, desde donde se podía ver la calle Kawabata y los árboles junto al río Takano.
—Por aquí, junto al río, es muy agradable, aunque los automóviles son algo ruidosos —comentó—. Si subes a la azotea pues ver los fuegos Daimonji del este.
Sin embargo, en ese momento, Daimonji era en lo que menos pensaba.
¿Acaso estar en una habitación solo con una mujer bebiendo té no era una de las formas más estereotípicas en las que un hombre quebrantaba su orgullo? Mi cabeza comenzó a recalentarse buscando en mi conocimiento de historia, física, psicología, bioquímica, literatura e incluso pseudociencias para buscar una respuesta adecuada. Pensé que si Ozu estuviera allí no necesitaría estar tan tenso y todo podría proceder calmadamente.
Aun así, Hanuki estaba siendo demasiado descuidada.
Era peligroso que me llevara a su habitación tan tarde. Ciertamente había sido su compañero en la escuela de inglés por medio año, también era el “mejor amigo” de Ozu, a quien también conocía, pero nadie en su sano juicio se hubiera sentido a salvo hasta no haberme atado como una tortuga, colgado boca abajo en el balcón y prenderme fuego para cocinarme vivo. Temía por su seguridad mientras ella me hablaba sobre la persona con la que se supuestamente se iba a encontrar esa noche.
Me sorprendió saber que su compañero de bebida iba a ser el doctor Kubozuka, de su clínica dental, e incluso me sorprendió más enterarme de que ese doctor tenía esposa e hijos. A mis ojos, era algo completamente imperdonable que alguien abusara de su posición para arreglar una cita con otra mujer, pero como Hanuki había estado trabajando con él por tanto tiempo, decidí que una sabandija como yo no sería capaz de entender los pormenores de su relación. Aunque me había decidido no interrumpirla, ella continuó hablando y eventualmente me pidió consejo.
—Supongo que fue demasiado perverso de mi parte abandonarlo en Kiyamachi —musitó.
Cuando me vio sumido en silencio ella me preguntó qué pasaba con mi expresión.
—Siempre he sido así.
—Mentiroso. Esas arrugas no estaban en tu frente antes —dijo agachándose y poniendo su cara muy cerca de la mía.
Entonces, lamió mi cara.
Retrocedí completamente estupefacto. No había error, sus ojos brillaban extrañamente y comenzó a acercárseme nuevamente.



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