LA VIDA ACARAMELADA (parte 8)
- 25 mar 2020
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Y así terminó mi correspondencia con la señorita Higuchi.
No pudo haber una conclusión más cruel.
Me tambaleé por las calles oscuras en dirección al campus y luego hacia mi residencia. Yuusuisou se veía a la distancia como si misteriosamente quisiera reflejar mi triste corazón.
Abrí la puerta y entré. Algo seseaba en medio del oscuro pasillo, cuando inspeccioné con detalle descubrí que se trataba de una arrocera; parece que alguien estaba usando una de las tomas de corriente comunes para hacerse la cena, pero como no tenía humor para dejar pasar aquél ladrón de electricidad la desconecté violentamente arruinando la cena de alguien y luego me fui a mi habitación.
Como de costumbre, Kaori estaba inmersa en su libro sentada en un rincón de la desolada habitación. Mi sueño de estar con Hanuki había terminado, la señorita Higuchi nunca había existido y ahora el único futuro que yacía frente a mí se materializaba en Kaori.
Tomé la Castella que Hanuki me había dado como disculpa y la miré desde un rincón de habitación de cuatro tatamis y medio. Olvidé la suavidad de los senos de Hanuki, las cartas de la señorita Higuchi junto con todo lo demás y decidí cenarme ese pastel sin siquiera molestarme en cortarlo en rebanadas.
—Eso es lo que te pasa por ignorarme —resopló Johnny.
—Cállate, no quiero oírlo.
—Hubiera estado bien que me dejaras tomar las riendas de todo en la habitación de Hanuki. Por lo menos no estarías encerrado nuevamente en tu pequeña habitación.
—No te creo.
—Bueno, todo lo que te queda ahora es Kaori.
—Tú, ¿en qué estás pensando?
—Vamos, no planeas mantener esa mierda de ser un caballero. Deja de joder. Divirtámonos aunque sea una vez. No estoy pidiendo mucho, aunque creo que te he sobrestimado.
Johnny parecía estar planeando hacerle algo vulgar a Kaori y yo estaba desesperado por detenerlo. Todo el orgullo que salvé al encerrarme en el baño de Hanuki se hubiera venido abajo si cedía en ese momento. Si hubiera tomado su figura irresistible como si fuera un corrupto señor feudal, nunca hubiera podido haber levantado mi cabeza nuevamente.
Kaori continuó leyendo mientras yo y Johnny teníamos nuestra acalorada discusión.
—Me repugnas —dijo finalmente Johnny.
—¡No es mi culpa, es de Ozu! —rugí mientras seguía comiendo Castella.
Me llenaba la boca de Castella con una expresión de trastorno y entre más comía más hundido me sentía en mi propio infierno. La furia se apoderó de mí. Maldito Ozu. Si consideraba lo que había pasado con Hanuki y la señorita Higuchi, yo estaba bailando en la palma de su mano. Maldito demonio. ¿Qué había de divertido en hacerme todo eso? me pregunté tontamente. No podía esperar entender su comportamiento usando mis estándares. Él simplemente era ese tipo de persona, alguien que podía alimentarse tres veces al día con la desdicha ajena. Ahora que lo pensaba, él había estado banqueteándose a mi costa durante los últimos dos años.
Todo se había aclarado un poco.
Ozu merecía morir.
Lo molería al igual que los granos de café.
Cuando me convencía de ello comenzó a balancearse el techo sobre mi habitación.
Había algún tipo de conmoción en la habitación del maestro de Ozu en el piso de arriba. Vagamente pude escuchar los sonidos de una discusión y alguien estaba pisoteando sin parar. La bombilla fluorescente desgastada se mecía y parpadeaba, lo que ocasionó que mi habitación alternara constantemente entre luz y oscuridad y que la polilla del techo se asustara, era casi como si me encontrara en medio de un huracán. Grité improperios, como “maldito hijo de puta” y similares, a Ozu mientras corría por la habitación para evitar daños. Probablemente piensen que estaba llorando, pero es obvio que eso hubiera sido absurdo, nunca haría algo como eso; había muchísimas razones para derramar lágrimas, pero me contendría de ello hasta haber aplastado a Ozu.
—Johnny, creo que me estoy volviendo loco.
—Bueno, no hay nada que puedas hacer. Esto es lo que te pasa por llamarme idiota y poner esos estúpidos aires de caballerosidad. No tengo nada que decirte. Estas condenado a vagar en esta prisión de cuatro tatamis y medio por toda la eternidad —dijo Johnny, el único que nunca se separaría de mí—. En esta habitación, estás condenado a la miseria, sin importar que tan astuto seas.
—Concuerdo. Esto es una mierda.
—Bueno, incluso si ella es falsa, deberíamos obtener algo de placer de Kaori.
Johnny trató de persuadirme en el momento más desesperado.
Miré a Kaori, recostada en el estante de libros leyendo veinte mil leguas de viaje submarino, con su sedoso cabello meciéndose de un lado a otro elegantemente y sus brillantes ojos mirando las páginas. El amor se presenta de innumerables maneras, pero cuando se adentra en mazmorras tan cerradas como esta el camino de regreso le resulta difícil de encontrar, en especial cuando se trata de gente como yo. Perplejo por los susurros de Johnny y el elegante perfil de Kaori, me pregunté si mi único camino era tirar lo poco que me quedaba de orgullo.
En medio de la agonía de aquel debate interno, extendí mi mano y toqué el cabello de Kaori.
En ese momento escuché el atronador sonido de alguien bajando la escalera a través de mi puerta. Esperaba que el sonido se disipara en dirección a la entrada de la residencia, pero contra mis expectativas, se acercaba a mi habitación por el pasillo. Alguien abrió mi puerta de una patada cuando me preguntaba qué estaba pasando.
—Tú…
Un hombre entró en mi habitación con intención asesina.
Solo lo supe después, pero ese era el dueño de Kaori, el hombre con el que el maestro de Ozu estaba metido en un conflicto misterioso llamado “la guerra masoquista de los representantes”: Jougasaki.
***
La primera vez que nos vimos, como ambos teníamos malicia contra Ozu, debió ser un armónico apretón de manos, pero realmente fue una pelea de puños con chispas volando por todo el lugar. Aunque, como era muy orgulloso como para recurrir a la fuerza bruta, principalmente se trató de una pelea de un solo sentido conmigo siendo apaleado en el piso.
Fui empujado contra la pared completamente angustiado por lo que estaba pasando mientras que mi figura favorita del gato de la suerte salió volando del estante donde estaba mi televisor. Johnny, que hace solo un momento estaba sacudiéndose lujuriosamente por Kaori, gritó como un bebé y se escondió en un rincón. Siempre rápido para escapar a pesar de ser parte de mí.
Tras la imponente figura que se erguía sobre mí, el maestro de Ozu entró en la habitación vistiendo un yukata; una chica, que jadeaba como si hubiera corrido todo el camino hasta aquí, también entró en la habitación y lo empujo para poder pasar, recordé haberla visto antes en otro lugar.
—¡Jougasaki! —gritó—. ¡Esto es ridículo, no puedes atacar a alguien así como así!
Ella me ayudó a levantar.
—¿Estás bien? Me disculpo por todo esto, es un malentendido.
No estaba acostumbrado a que rompieran mi puerta y ser maltratado salvajemente como había pasado, pero me levanté grandiosamente y me puse el pañuelo húmedo que ella me había pasado en el mentón. La chica recogió mi figura del gato de la suerte y se presentó—: Siendo la intromisión. Me llamo Akashi.
—Jougasaki, lo has entendido completamente mal —dijo el maestro de Ozu.
—¿Él no es parte de esto? —preguntó Jougasaki.
—Para nada. Simplemente fue usado por Ozu —dijo Akashi.
—Lo siento —se disculpó Jougasaki, pero pronto se volvió hacia Kaori. Parecía aliviado de hallarla ilesa y le acarició cariñosamente el cabello como si se tratara de su propia hija. Si hubiera sido difamada de alguna forma… temblé de solo pensar en lo que hubiera pasado, probablemente Jougasaki me hubiera envuelto en una estera de bambú y tirado al río Kamo.
Mientras que Kaori y Jougasaki se metieron en su propio espacio-tiempo, el maestro de Ozu, como si se tratara de su propia habitación, se sentó en mi silla y encendió un cigarrillo sin ningún intento por explicarme qué estaba pasando. Fui dejado completamente confundido.
***
—Nunca se le puede dar rienda suelta a Ozu —dijo finalmente—. Nunca quise que las cosas llegaran a esto.
—Bueno, supongo que lo puedo dejar pasar dado que Kaori está ilesa. Pero voy a tener que darle un buen sermón a Ozu. No puedo creer que se metiera en mi apartamento sin permiso —dijo Jougasaki forzosamente; parecía tan enojado como yo.
—Si quieres hablar con Ozu, él vendrá aquí en breve. Lo puedes hervir, freír o cualquier cosa que quieras, pero recuerda que sin importar como lo cocines nunca será algo comestible —dijo el maestro irresponsablemente.
—Es verdad, como Ozu comenzó esto debería tomar la responsabilidad —dijo Akashi.
Creí comprender parte de la situación y me enfadé aún más con Ozu. Comprendí mejor la rabia de Jougasaki ahora que sabía quién era el culpable de todo.
—¿Eso es Castella? —preguntó el maestro mirando los restos del pastel que había comenzado a comer en soledad. Sus ojos demostraban deseo, por lo que corté una rebanada sin tocar y se la ofrecí; la devoró con mucho gusto.
Jougasaki miró al maestro que comía Castella.
—En fin, es una tontería seguir hablando de lo de antes. Ozu ya cambió su lealtad y me pertenece.
—Que ingenuo. ¿Realmente crees que Ozu es así de directo? —dijo Higuchi sonriendo al levantarse—. Bueno, supongo que volveré a mi habitación.
—Todavía tenemos que pensar como transportar a Kaori —le objeto Jougasaki.
—Creo que Ozu había pedido prestado un coche —dijo Akashi.
—Increíble. Perdona, pero te tengo que pedir que la cuides un poco más mientras consigo un auto. Lo tendré listo para esta noche —me dijo Jougasaki en tono de disculpa.
—Sí, claro —dije asintiendo.
El maestro de Ozu salió de mi habitación, miró hacia la entrada de la residencia fumando su cigarrillo y luego de un rato dijo en voz alta haciéndole señas —: Ozu, ven. Ven para acá. Ven un segundo.
Jougasaki y yo nos levantamos casi al mismo tiempo, cerramos los puños y nos preparamos para pulverizar a Ozu, quien acababa de entrar a la habitación.
—Maestro, ¿qué haces en este lugar hediondo? —Se asomó, pero apenas nos vio llenos de ira salió corriendo de la habitación. Su sentido del peligro estaba increíblemente afinado. En su afán por escapar pateó la arrocera que yo había desconectado al llegar a la residencia y la hizo resonar en el vestíbulo con golpes muy fuertes.
—¡Lo siento, lo siento! —gritaba mientras corría hacia la salida. Si se iba a disculpar era mejor que no hubiera hecho nada desde un comienzo.
—¡Mal nacido! —le gritamos ambos mientras lo perseguíamos. Akashi y el maestro iban detrás nuestro.
***
Cuando se trataba de escapar Ozu estaba entre los mejores del mundo, se escabulló entre los callejones del vecindario como uno de los demonios menores que deambulan por Shimogamo. Por más rápido que corrí Jougasaki pronto me dejó atrás, y ya estaba cansado para cuando llegué a la casa de té de Shimogamo junto a la estación Demachiyanagi.
Akashi se me acercó montando en bicicleta.
—Encerremos a Ozu en el puente Kamo. Ve por el lado oeste del puente —me dijo fríamente y luego partió rápidamente en su bicicleta para rodear a Ozu. Miré con admiración su figura mientras ella desaparecía en medio de la noche.
Intentando no elogiarme por no colapsar a pesar del cansancio que sentía me esforcé para llegar al parque Aoi. Parecía que Ozu y Jougasaki se dirigían a la orilla del río. Con el Kamo delta justo frente a mí, crucé el puente Demachi hacia el oeste y corrí hacia el sur a lo largo del terraplén hasta que finalmente llegué al oeste del puente Kamo.
La tarde había dado espacio al crepúsculo, y los estudiantes comenzaban a ocupar el Kamo delta. Probablemente se trataba de otra fiesta de bienvenida para nuevos estudiantes. Hablando de ello, pasé dos años evitando involucrarme en ese tipo de actividades.
El río Kamo estaba crecido debido a las lluvias del otro día y las luces de los postes de luz, que comenzaban a encenderse, tornaban su superficie de un color platino. La calle Imadegawa estaba concurrida y las luces de los autos pasaban por el puente Kamo. Las luces anaranjadas de las lámparas que brillaban en el puente misteriosamente bajaron su intensidad. Por alguna razón el puente lucía extremadamente amplio.
Cuando caminaba a través del puente, todavía falto de aliento, Ozu se me acercó corriendo desde el otro lado; Akashi lo había dirigido exitosamente hacia el puente. Me sentí supremamente satisfecho al ver caer a Ozu en esa trampa.
—¡Ozu! —grité y cerré mis puños. Él se detuvo y puso una sonrisa de amargura en su cara.
Jougasaki, también cansado, llegó corriendo desde el este; Akashi estaba en su bicicleta detrás de él. Habíamos apresado a Ozu justo en medio del puente que pasa sobre el puente Kamo. Al sur, sobre la neblina del río, las lejanas luces de la calle Shijou brillaban como gemas.
—Ayúdame. Después de todo somos amigos, ¿no?
—Gracias por tener una correspondencia conmigo por tanto tiempo, fue divertido, señorita Higuchi —resoplé.
Por un momento trató de fingir ignorancia, pero pronto se dio cuenta de que no le serviría de nada. —No planeé nada cuando lo hice, te juro que lo hice sin mala intención —dijo intentando engañarme.
—Y aun así jugaste conmigo como si fuera una marioneta. No te molestes, te voy a matar en estos momentos.
—¿Quieres matarme? ¿No golpearme? ¡no te atreverías!
Jougasaki y Akashi por fin nos alcanzaron.
—Ozu, vamos a hablar un rato —dijo Jougasaki con una cara solemne.
Ozu logró configurar una sonrisa a pesar del hecho de que estaba rodeado y de repente se subió en la baranda del puente. Las luces naranjas de los costados iluminaban su cara desde abajo y lo hacían parecer más atroz de lo usual. Por un momento me pareció que escaparía volando por el cielo.
—¡Prefiero saltar del puente que someterme a que me hieran! —declaró de forma irrazonable—. ¡No bajaré de acá si no garantizan mi seguridad!
—Estúpido, ni siquiera estás en una posición en la que puedas negociar por su seguridad —le dije.
—Piensa en lo que has hecho —agregó Jougasaki.
—¡Akashi, di algo! Soy tu superior ¿no? —gritó Ozu en un tono de súplica, pero Akashi solo levantó los hombros y le dijo—: No puedo defenderte.
—Sabes, siempre me ha gustado ese lado zoquete tuyo.
—Los elogios no te servirán de nada.
Ozu estiró brazos y piernas como si fuera a salir volando.
—Ya no me importa nada, ¡voy a saltar! —gritó.
Solo desaparece en el río de una vez, así finalmente podré tener algo de paz y tranquilidad.
—No hay forma de que vayas a saltar —se burló Jougasaki—. Te amas demasiado.
—¿Qué? Te lo voy a demostrar —prometió, pero continuó ahí de pie a pesar de todas sus palabras.
Mientras nos gritábamos esas cosas sobre el puente comenzaron a escucharse gritos que se acercaban desde el Kamo delta. Las fiestas de los estudiantes se habían interrumpido y todo el mundo corría hacia el norte tratando de escapar de algo.
—¿Qué es eso? —preguntó Ozu agachándose.
Cuando me acerqué a la baranda pude entrever una especie de nube oscura que se acercaba al delta desde el parque Aoi. A medida que crecía y cubría el Kamo delta por completo aumentaba el volumen del zumbido. La gente dentro de la nube corría en todas direcciones agitando sus brazos y golpeándose las cabezas como si estuvieran locos. La nube oscura comenzó a acercarse hacia nosotros por el río.
El ruido del delta comenzó a tornarse más bullicioso. La nube que emergió del parque continuaba acercándose a nosotros. Aquello no era un hecho ordinario. Con el zumbido fortaleciéndose, la nube se nos acercó moviéndose como una alfombra voladora hasta que finalmente ascendió de la superficie del río, pasó por la baranda y cubrió el puente como una avalancha.
—¡GYAAAAAAAHHHHH! —Akashi gritó como si fuera un personaje de caricaturas.
Era un enjambre de polillas.



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