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LA VUELTA A LA GALAXIA DE TATAMIS (parte 3)

  • 25 mar 2020
  • 8 Min. de lectura

Quizá la situación había ocurrido a causa de una maldición que me lanzó esa mujer. Si ese era el caso, tal vez la clave para salir de aquel hechizo yacía en el “coliseo”. A pesar de decidir no dormir hasta haber descifrado el misterio, terminé por caer en un sueño placentero.

Para cuando desperté el reloj señalaba las doce.

Me levanté y corrí las cortinas.

No me encontré la luz cegadora del medio día ni la profunda oscuridad de la noche, solo la pálida luz de la bombilla fluorescente de la otra habitación. Había esperado que algo cambiara si iba a dormir, pero la situación era exactamente la misma. Cuando abrí la puerta encontré los mismos resultados.

Para la comodidad de mis lectores, llamaré la habitación principal “habitación 0”, la habitación al otro lado de la puerta “habitación 1”, y la habitación que está tras la ventana “habitación -1”

Me senté con las piernas cruzadas en el medio de la habitación y escuché el suave burbujear de la cafetera. Como es obvio me había vuelto a dar hambre. Ya había terminado la Castella y los restos de hamburguesa de pescado. Miré dentro de mi nevera esperando que hubiera aparecido algo como por arte de magia, pero lo único que encontré fueron pedazos de rábano, algo de salsa de soya, pimienta, sal y una mezcla de especias. Estaba falto incluso de ese ramen que tanto se asocia con los universitarios. Ese era mi premio por confiar mi dieta a la tienda de conveniencia.

Herví el rábano y me lo comí luego de condimentarlo con sal y la mezcla de especias, cuando me bebí el café estaba completamente satisfecho.

Luego de solo dos días se me había acabado la comida; lo único que me quedaba era café y cigarrillos. Sin importar como los surtiera para engañar mi hambre, eventualmente mis costillas terminarían por hacerse visibles a través de mi piel. Moriría de hambre en ese terreno olvidado por dios y mi cuerpo retornaría al polvo.

Estaba muy preocupado por cómo sobreviviría en ese mundo de cuatro tatamis y medio e intenté ignorar mi condición física, pero ni la más imponente voluntad podía engañar los rugidos de mi estómago. Sin otra opción, ideé un plan para solucionar mi problema alimenticio.

***

Los estudiantes universitarios son animales inmundos. Cuando piensas en cosas asquerosas, piensas en hongos; y yo pensé que podía comer los hongos que crecían en el fondo de mi armario, pero luego de sacar el porno, los cartones y la ropa sucia, descubrí que ese lugar era árido y no era adecuado para que crecieran hongos. ¿Debía esparcir mis ropas en el piso, rociarlas con agua y cultivar hongos? Decidí que prefería la gloria de la inanición a tener que subsistir de hongos que se alimentaban de mi ropa sucia.

También pensé en hervir los tatamis y comerlos, probablemente había tantos fluidos humanos dentro de ellos que tendrían algo de valor nutritivo. Pero no tenían fibra, estaba claro que si los comía mis intestinos acelerarían la marcha como los canales del río Biwa y apresuraría mi camino hacia la muerte.

Una polilla había rondado el techo de mi habitación los últimos días, quizá podría obtener algo de proteína si la comía. Incluso si era un insecto seguía siendo un animal; si alguna vez me viera varado en una montaña, simplemente buscaría gusanos y escarabajos para comer. Sin embargo, prefería lamer el polvo del rincón de mi habitación que tener que comer esa cosa con escalas.

Esto se hubiera tornado un grandioso texto de horror y supervivencia si hubiera tenido que amputarme partes del cuerpo para alimentarme, pero dado que mi digestión era muy eficiente y comía frugalmente la única carne en exceso que tenía era la de los lóbulos de mis orejas. Era tan comestible como un gorrión, solo huesos, y prefería que no se refirieran a mi como “el hombre que se comió los lóbulos de las orejas para sobrevivir”.

De alguna parte entre el televisor y mi escritorio me procuré una botella de whiskey. Ozu y yo la habíamos comprado medio año atrás en medio de un arrebato de borrachos, pero como era muy fuerte para mi gusto había quedado en ese lugar desde entonces, solo a medio terminar. En esos tiempos difíciles, cuando la comida escaseaba, incluso los pocos nutrientes del whiskey tenían un gran valor. También encontré unas vitaminas vencidas en la caja de medicinas que tenía en el armario.

Cómo era muy orgulloso para comer hongos, los tatamis, la polilla y mis lóbulos, todo lo que me quedaba para vivir era whiskey, vitaminas, café y cigarrillos. Era como Robinson Crusoe, naufrago en esta isla desierta de cuatro tatamis y medio. Por lo menos él tenía un arma con la que podía cazar, todo lo que yo tenía era esa polilla, sin embargo, yo tenía agua, muebles, y no me tenía que preocupar de ser atacado por animales salvajes. Es un poco complicado decidir si aquello podía ser contado como una experiencia de “supervivencia”.

Pasé ese día leyendo veinte mil leguas de viaje submarino desafiando gallardamente a cualquier dios que me estuviera observando. Como no podía ver el sol me era imposible saber si era de día o de noche y cualquier intento que hiciese sería inútil.

Cuando cerré la puerta y extendí las cortinas me sentí como si fuera un día normal y me dio la sensación de que Ozu entraría por la puerta para llevarme otro infortunio.

Por suerte había hecho que me sacaran mi muela del juicio dos semanas antes. Si no lo hubiera hecho, probablemente me hubiera revolcado en el piso llorando y clamando por un dentista; incluso estaba la posibilidad de haber colapsado y muerto.

La muela que me había hecho sacar estaba adornando mi escritorio.

***

Mi mandíbula comenzó a doler a finales de abril, tanto que no podía ni dormir.

Diagnostiqué que mi dolor se debía a algo en mi mandíbula y concluí que era a causa de mi estrés. Teniendo en cuenta la fragilidad de mi cuerpo era extraño que no hubiera adquirido ese dolor antes. Habiendo razonado así me llené de satisfacción al saber que era una prueba que solo algunos escogidos tenían que superar y me retorcí en el piso de mi habitación como en un trance religioso.

—Ni siquiera estas estresado, me niego a creerte eso —dijo Ozu mirándome con desagrado—. Ahora que has renunciado a la sociedad ya no haces nada.

Ciertamente, para otros parecía que yo no hacía nada, pero yo insistí en que estaba estresado por gastar tanto tiempo meditando sobre preguntas que nadie se quería hacer y el dolor en mi mandíbula era prueba suficiente de ello.

—Eso definitivamente es una caries —me dijo Ozu sin tapujos.

—¡Claro que no! Eso es ridículo. No me duelen los dientes, me duele la mandíbula.

Ozu, mirando como me retorcía de dolor, me recomendó la clínica dental Kubozuka y mencionó que allí trabajaba una dentista muy bella llamada Hanuki, pero yo me rehusé. Aunque ya había experimentado un montón de adversidades con las que había pulido y refinado mi corazón, el dentista era todavía una cosa aterradora.

—Nunca iré al dentista.

—¿Incluso si significara que una hermosa mujer te metiera los dedos en la boca? Deberías agradecerme, creo que en toda tu vida nunca has tenido la oportunidad de lamerle los dedos a una mujer. Deberías aprovechar tu caries mientras puedas, esto es una oportunidad que no se repite otra vez en la vida.

—No me compares con gente de tu calaña. No me interesa lamerle los dedos a otra persona.

—¡Bombo Mentiroso!

—¿Qué parte me hace sonar como un tambor? Dilo bien, bobo.

—Lo que sea, solo asegúrate de ir.

Parecía bastante apasionado sobre el asunto.

Una noche el dolor se extendió repentinamente y mis dientes comenzaron a pulsar, como si se estuvieran empujando entre sí. Era como si un grupo de hadas se hubiera congregado en mi boca y estuvieran practicando una danza Jopak. Finalmente tuve que seguir el consejo de Ozu.

Resultó que el dolor no se debía a la fragilidad de mi cuerpo ni a mi meditación constante, se debía a una caries en mi muela del juicio. De mala gana tuve que admitir que la deducción de Ozu era acertada. Luego de dejar la sociedad secreta casi no había tenido contacto humano y mis hábitos dentales sufrieron las consecuencias.

Para nada estuve tentado ante la posibilidad de saborear los dedos de una mujer, eso se los aseguro, pero era cierto que Hanuki era una mujer cautivadora. Adivino que está pronta a cumplir treinta años, y como tenía el cabello recogido en un bollo parecía la esposa de un comandante del ejército, era solemne y rígida. Arqueando sus fuertes cejas, hábilmente manejó una serie de instrumentos terroríficos y espléndidamente removió todo el sarro de mis dientes.

Cuando terminó el procedimiento le dije que Ozu me había recomendado ir. Ella parecía conocerlo muy bien, me dijo—: Él es un personaje sorprendente, ¿no te parece? —Luego, como sosteniendo un recién nacido, me pasó cuidadosamente mi diente envuelto en algodón.

Guardé el diente en un pañuelo y lo atesoré en mi escritorio, donde lo contemplaba diariamente. Por alguna razón se me hacía muy difícil botarlo a la basura.

***

En mi cabeza estaba subestimando la situación y pretendía que todo era solo un sueño, Pero luego de tres días todavía había habitaciones de cuatro tatamis y medio tras la puerta y la ventana. En ese momento ya no podía quedarme sentado leyendo veinte mil leguas de viaje submarino. Estaba raspando lo más profundo de mis despensas de comida, también se me agotaban los cigarrillos. Había planeado conservar mi orgullo y moverme lo menos posible, pero si moría no habría nada de orgullo que conservar.

Los últimos residuos de café cayeron en mi estómago vacío y lamí lentamente un plato al que puse salsa de soya esperando distraer el hambre.

En ese momento había poco que me avergonzara, pero, sin importar la poca comida que tenía a mi disposición, todavía sentía el llamado de la naturaleza. Había creado el ingenioso sistema en el que mis secreciones líquidas iban a parar a la botella de cerveza y cuando se llenaba simplemente la vaciaba en el lavabo. La cosa café, sin embargo, era otro problema.

Con mis intestinos retorciéndose, abrí la puerta a la habitación 1; allí también había una ventana y, para mi consuelo, al abrirla encontré la habitación 2. Cuando volví a mi habitación, crucé la habitación -1 y abrí su puerta, descubrí que continuaba la habitación -2.

¿Exactamente cuán lejos se extendía ese ciclo?

Pero me afanaban otras cosas en ese momento. Puse algunos periódicos sobre la estera de tatami, me encargué de mis asuntos, metí todo cuidadosamente en una bolsa y la cerré.

Una vez pasó el peligro comencé a pensar nuevamente en mi falta de alimentos y cigarrillos. Llegado a ese punto era necesario hallar una solución. Sin importar en qué tipo de mundo me encontraba solo podía confiar en mí mismo.

***

La solución a esos problemas la describo a continuación.

Entré en la habitación 1.

Aquella habitación al pasar la puerta sin duda alguna era la mía, por lo que mi siguiente pensamiento fue usarla como la mía.

Al entrar en la habitación agarré un paquete de cigarrillos, localicé la Castella y la hamburguesa de pescado luego de pensar que nunca volvería a ver ninguna de las dos cosas; también encontré un pedazo de rábano. Inmediatamente me puse a cocinar la hamburguesa, la condimenté con pimienta y procedí a saborear aquella maravillosa proteína por primera vez en tres días, pero no terminé con eso; cuando me acabé la hamburguesa me comí una rebanada de Castella como postre. Me sentí revivir cuando la energía volvió a correr por mi cuerpo.

Abrí la ventana de esa habitación y miré la habitación 2. Me vino la idea de que probablemente las habitaciones continuaban infinitamente. Qué mundo infinito tan tacaño me había tocado. Vivía en una residencia más grande que el mundo entero.

Al principio caí ante la desesperación, pero entre más pensaba en ello más afortunado me parecía. Incluso si me comía todo lo de una habitación, podría pasar a la siguiente y conseguir otra hamburguesa y otra Castella. Aunque fuera una dieta desbalanceada no me tenía que preocupar por morir de hambre.

No podía ignorar el hecho de que estaba viviendo gracias a la Castella que me había regalado Ozu. Había estado relacionándome con él de mala gana por dos años a pesar de todos mis intentos por acabar la relación y esa era la primera vez en la que realmente me había sido de ayuda.

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