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LA VUELTA A LA GALAXIA DE TATAMIS (parte 4)

  • 25 mar 2020
  • 8 Min. de lectura

Un año y medio después de entrar a la universidad mis actividades en la policía de la biblioteca llegaron a su fin.

Ya lo he mencionado, pero el propósito de la organización conocida como policía de la biblioteca era identificar aquellos insolentes vándalos que se negaban a devolver los libros de la biblioteca y los recuperaban por la fuerza. Si era necesario, incluso recurriríamos a la brutalidad para alcanzar nuestro objetivo, aunque sería más preciso decir que nuestro único método era esa brutalidad. No deberías intentar responder preguntas como ¿Por qué la policía de la biblioteca asumía esa tarea? o ¿Cómo se relacionaba con la administración de la universidad? Porque de hacerlo sería casi seguro que sufrieras alguna calamidad.

Además de la recuperación del material de la biblioteca la policía tenía otro propósito: reunir información personal de individuos seleccionados y usar esa información para varios fines; por ejemplo, para recuperar libros. Para determinar donde vivía el moroso observábamos sus patrones de comportamiento, era esencial conocer sus puntos débiles para obligarlos a entregar el material. Pero el poder que implicaba toda esa información terminó por seducir a la policía, que comenzó a recoger más información y desvirtuó el propósito que esa recolección tenía cuando se formó la organización. Además del campus, la red de inteligencia de la policía cubría todo Kioto, desde Oohara-sanzennin en el norte y hasta Uji Byoudouin-houdoudou al sur.

Por ejemplo, cuando el jefe caprichosamente decidió destruir la relación entre el señor A (de veintiún años) y la señora B (de veinte años), chasqueó sus dedos y obtuvo toda la información que había sobre ellos; y al enterarse de que ‘el señor A estaba saliendo con la señora B, pero que a la vez le era infiel con la señora C del club de tenis, cuyas notas están poniendo en peligro sus posibilidades de graduarse’, pudo controlar remotamente a la señora C y asestar un golpe fatal a la relación entre A y B.

La policía de la biblioteca era la única organización que podía hacerle frente al colosal poder del taller de copiado, fruto de la cantidad desbordante de ventas de reportes falsificados. Como la verdadera identidad del jefe taller estaba rodeada de misterios, el jefe de la policía de la biblioteca era reconocido como el líder de toda la sociedad secreta del “restaurante del gato afortunado”

Por ese tiempo yo era simplemente un peón que no tenía oportunidad de conocer al jefe.

Como peón, mi tarea se limitaba a recuperar libros para la biblioteca, sin embargo, no era muy bueno en ello. Por lo general empezaba compartiendo un cigarrillo con la persona a la que supuestamente debía pedirle el material y terminaba emborrachándome con ella. Eso era solo la punta del iceberg en lo referente a mi incompetencia, afortunadamente fui capaz de cumplir algunas misiones gracias a la ayuda de Ozu.

Ozu usaba sus grandes habilidades para su trabajo de recuperación: fuerza de voluntad, lágrimas, artimañas, extorción, ataques sorpresa e incluso robo. Obviamente sus resultados eran excelentes y por añadidura, como yo era su compañero, los míos también mejoraron. Pero comencé a dudar de la policía.

Como Ozu disfrutaba de la recolección de información, usó sus misteriosos contactos para convertirse en la mano derecha de Aijima.

Cuando entramos a nuestro segundo año de universidad, Aijima asumió la jefatura de la policía de la biblioteca y nos ascendió a Ozu y a mí a puestos ejecutivos. Sorprendentemente, Ozu rechazó la oferta y pasó a ser parte del taller de copiado. Aunque no me interesaba, de mala gana tomé su lugar. Atrapado en esa horrenda posición pronto me volví un gerente solo de nombre.

Como Aijima me despreciaba y pronto comenzó a ignorarme, me convertí en una piedra al lado del camino.

***

Durante mi estancia en la policía de la biblioteca conocí a un tipo bastante extraño.

Era el invierno de mi primer año.

Había un registro de una persona que había sacado prestada la biografía de cierto autor desde hace más de medio año y no la había devuelto, su nombre clave era Kannazuki. Me ordenaron conseguir ese libro e intenté establecer contacto con él. Su verdadero nombre era Higuchi Shintaro y vivía en el segundo piso de mi residencia, Shimogamo Yuusuisou; tenía una apariencia bastante extraña, no se parecía en nada a la de un estudiante promedio, pero aun así tampoco daba la sensación de ser un adulto hecho y derecho. Nunca era fácil saber si estaba o no en su habitación, y si estaba nunca se mostraba. Una vez, cuando irrumpí en su habitación, lo único que encontré al entrar fue un pato caminando sin sentido en medio del lugar, no había rastros del sujeto en cuestión. Él siempre vestía un yukata azul y tenía una barba descuidada en su cara con forma de berenjena. Su extraña apariencia hacía fácil saber dónde había estado, pero tratar de encontrarme directamente con él era tan difícil como querer agarrar un poco de humo con las manos; muchas veces perdí su rastro en el distrito comercial Demachi y en el santuario Shimogamo.

Finalmente, una noche me lo encontré en Neko Ramen.

—Me has estado acosando por un tiempo, ¿verdad? —dijo sonriendo complacientemente—. He estado pensando en devolverlo, pero me demoro mucho leyendo.

—Bueno, la fecha estimada fue hace mucho…

—Sí, lo sé. Es hora de dejarlo ir.

Comimos nuestro ramen en silencio.

Durante todo el camino de vuelta a Shimogamo Yuusuisou no le quité el ojo de encima. Cuando llegamos dijo—: Necesito usar el baño —Y se dirigió a los baños compartidos. Esperé por un tiempo, pero él no salió; cuando se acabó mi paciencia entré al baño y me di cuenta de que estaba vacío. Subí corriendo al segundo piso donde por arte de magia estaba brillando una luz a través de la ventana sobre su puerta.

Comencé a golpear la puerta mientras gritaba su nombre, pero no hubo respuesta; me estaba tomando por un tonto. Ozu llegó mientras yo seguía echando humo frente a la puerta, por ese entonces él todavía era mi compañero.

—Ruego por tu perdón, esta es la habitación de mi maestro —dijo excusándose—. Por favor, déjalo pasar esta vez.

—¡Y una mierda!

—No va a servir de nada. Una vez que toma algo prestado eso se pierde para siempre.

Estaba determinado a no ceder. No tenía idea que tipo de maestro era, pero si alguien como Ozu era su discípulo no había forma de que fuera una persona decente.

—Buenas noches, maestro, te traje una ofrenda.

Ozu entró en la habitación y cuando se volteó para cerrar la puerta puso una sonrisa y me dijo—: lo siento.

***

Había holgazaneado entre las habitaciones 3 y -3 por aproximadamente dos días, pero no había señales de mejora.

Durante un tiempo intenté mantenerme ocupado. Comencé una rutina de sentadillas y flexiones para ponerme en forma, vacié tazas de café y me llené la boca con Castella mientras ingeniaba diferentes recetas con hamburguesas de pescado y rábanos, pero leí las descripciones de la maravillosa comida de veinte mil leguas de viaje submarino tantas veces que comencé a babear en muchas ocasiones.

Siempre había disfrutado encerrarme en aquella habitación de cuatro tatamis y medio, pero siempre con la seguridad de que podía abandonarla cuando quisiera. Una vez abriera la puerta encontraría el sucio pasillo, al pasarlo estarían los sucios baños, el sucio estante para zapatos, y después la salida de la residencia. Era justamente por el hecho de que podía irme cuando quisiera que nunca lo había hecho.

Eventualmente, darme cuenta de que estaba confinado a ese espacio de cuatro tatamis y medio se volvió un problema que, junto a mi dieta privada de calcio, comenzaba a molestarme. Cuando concluí que mi situación no mejoraría sin importar cuanto tiempo esperara pacientemente solo me quedaba una vía de acción; debía comenzar mi viaje hacia los confines de ese mundo de cuatro tatamis y medio, resolver el misterio y, de ser posible, escapar.

Cerca de una semana después de comenzar mi cautiverio en esa tierra desolada, a las seis en punto, aun sin saber si era de día o de noche, comencé mi expedición.

Tenía que decidir en qué dirección partir, si atravesar la puerta o la ventana.

Me decanté por la puerta. En otras palabras, me movería hacia las habitaciones 1, 2, 3, y así sucesivamente. De momento solo pensé en ir lo más lejos que pudiera en esa dirección.

A pesar de las heroicas connotaciones de la expresión “hasta los confines de la tierra” no necesité reunir mucho coraje pues estaría viajando a lo largo de mi habitación una y otra vez. No me tendría que preocupar por animales salvajes, por tormentas de nieve o por falta de comida, por lo que no tenía que preparar nada. Sin importar en qué parte de mi viaje estuviera, siempre estaría en mi habitación; si me cansaba podría arrastrarme dentro de mi propia cama.

Aunque no encontré ninguna bestia salvaje, sí tuve un buen número de encuentros espeluznantes.

El primer día crucé cerca de veinte habitaciones, aun así el ciclo parecía continuar infinitamente. Me pareció una tarea estúpida y decidí detenerme ahí esa noche.

***

El tercer día descubrí el método de la riqueza infinita.

Cuando describí la habitación mencioné el espacio entre mi escritorio y el estante de libros; y ese día decidí sumergirme allí para buscar algo que me fuera útil. En medio de ese campo baldío siberiano descubrí una billetera andrajosa que se había desterrado allí por voluntad propia y dentro tenía un billete de mil yenes. Me senté en medio de la habitación, planché el viejo billete y me reí de tristeza. ¿De qué me serviría un billete en esa situación? Era solo otro pedazo de papel en un mundo que había salido de la sociedad capitalista y se había convertido en ese universo desolado de habitaciones de cuatro tatamis y medio.

Pero cuando fui a la siguiente habitación encontré otra billetera y otro billete de mil yenes. Era algo sorprendente. Si pasaba lo mismo en todas las habitaciones, entonces en cada habitación ganaría mil yenes; diez habitaciones serían diez mil yenes; cien habitaciones, cien mil yenes; y mil habitaciones… Qué negocio tan lucrativo. Cuando lograra escapar de ese mundo sería capaz de pagar el resto de mi colegiatura y quizá también mi manutención. Retozar por Gion dejaría de ser solo un sueño.

Luego de eso comencé a llevar una mochila conmigo, donde ponía cada el billete que me encontraba en cada habitación.

***

En un principio sentí que era inmensamente aburrido pasar de una habitación a la otra y pasaba mucho tiempo leyendo y soñando despierto intentando mantenerme con ánimos. Algo admirable es que incluso aproveché la ocasión para estudiar un poco, me senté en mi escritorio y fui derrotado inclementemente por las ecuaciones de Schrödinger.

Continué recordando las palabras de la adivina.

¿Qué podía ser ese “coliseo”?

Estaba firmemente convencido de que ella me había lanzado una maldición y tenía claro que la clave para romperla yacía en ese “coliseo”, pero no había ningún coliseo en mi habitación. A lo largo de mi viaje por ese vasto mundo, busqué cosas que pudieran relacionarse con ese coliseo, pero no encontré nada que me fuera útil.

***

Durante ese brutal viaje pensé mucho en el Mochiguma que había sido mi consuelo por todo un año. Aunque esa experiencia cada vez me hacía más insensible, pensar en ese suave osito de peluche seguía siendo algo nostálgico.

El verano anterior había encontrado el Mochiguma en la feria de libros usados del santuario Shimogamo y pronto se volvió una de mis pertenencias más preciadas. Era un osito gris y esponjoso, casi tan suave como un bebe y tan alto como una lata de cerveza. Apretarlo cariñosamente me aseguraba una sonrisa en el rosto, siempre lo tenía a mi lado. Luego de abandonar la sociedad secreta y recluirme en mi habitación, donde mi único contacto humano era ese ser medio demoniaco llamado Ozu, era esencial tener una compañía durante mi largo entrenamiento solitario.

Sin embargo, unos días antes de mi travesía, el Mochiguma había desaparecido misteriosamente en la lavandería. Estaba lavando el pobre osito, pero cuando levanté la tapa de la máquina al terminar el ciclo, alguien se había llevado mi Mochiguma y me había dejado unos boxers en su lugar. Al inspeccionarlos cuidadosamente me di cuenta de que esos boxer eran, de hecho, míos.

Pensé que quizá solo me había imaginado estar lavando un osito y realmente había ido a lavar mi ropa como de costumbre. Quizá solo me había cansado de lavar y me había distraído pensando que lavaba un osito de peluche en lugar de mis aburridas ropas. Pensé que me podría estar volviendo loco.

Pero cuando volví a mi habitación mi ropa interior seguía en su lugar. Estaba muy confundido, tenía un par de boxers idénticos. Todavía no he podido explicar ese acontecimiento y me veo forzado a vivir sin mi Mochiguma.

Merodeé por la habitación esperando que mi Mochiguma estuviera pasándolo bien en donde quiera que estuviera.

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