LA VUELTA A LA GALAXIA DE TATAMIS (parte 5)
- 25 mar 2020
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Al principio conté cada habitación por la que pasé, pero en algún punto del viaje dejé de hacerlo.
Abrir la puerta, entrar, cruzar la habitación N, abrir la ventana, encaramarme, cruzar la habitación N+1, abrir la puerta, entrar, cruzar la habitación N+2, abrir la ventana… ese ciclo continuó infinitamente. Aunque continuaba reuniendo mil yenes en cada habitación todavía no podía ver ninguna salida y el valor de cada billete fluctuaba mucho dependiendo de qué tan esperanzado o desesperado me sintiera. Si no podía salir de ese mundo entonces los billetes que había estado recolectando arduamente eran solo trozos de papel, pero aunque su valor se desplomara seguí recolectándolos, tal vez era pura persistencia o quizá solo un comportamiento miserable.
Comí montones de Castella, de hamburguesas de pescado, y continué mi marcha solitaria.
Algunas veces me preguntaba si había caído en un infierno de habitaciones de cuatro tatamis y medio y estaba condenado a sufrir eternamente. En esos momentos llegaban a mi cabeza pensamientos de mis muchas fechorías y logré colapsar ante la vergüenza en más de una ocasión y grité—: ¡Pues claro que caí en el infierno!
Finalmente, llegado a los límites de mi paciencia, me tiré en la estera de tatami como un tronco y me negué a continuar el viaje.
Comencé a leer Hanshichi: un detective en el japón de los samuráis mientras me emborrachaba con el whiskey barato y fumando sin parar. ¿Por qué debo sufrir así? Gemí hacia el techo. Le comencé a temer a ese mundo claustrofóbico y canté a todo pulmón las pocas canciones que sabía, a fin de cuentas, nadie se iba a ir a quejar conmigo por el ruido. Hubiera podido desnudarme y pintarme todo el cuerpo, pero, aunque gritaba obscenidades inimaginables a todo dar, pero aunque estuviera completamente solo mi razón no me había abandonado por completo; no me hubiera sorprendido si me abandonaba en cualquier momento. Por supuesto, continué rechinando los dientes.
Empero, logré descubrir otra cosa.
Aunque cada habitación parecía idéntica a las demás, noté que había algunas pequeñas diferencias. Eso fue en el décimo día de mi viaje. Las diferencias eran casi imperceptibles, pero los libros en los estantes variaban un poco, de eso me di cuenta cuando quise tomar Hanshicki: un detective en el japón de los samuráis para continuar mi lectura y no existía en esa habitación en particular.
¿Qué significaba aquello? Todavía no lo sabía.
***
Déjenme exponer más sobre mi higiene en ese viaje por el mundo de los cuatro tatamis y medio.
Estaba agradecido por el hecho de no necesitar lavar mi ropa. En cada habitación tenía un repertorio de ropa, por lo que si se ensuciaba la que tenía puesta simplemente me podía poner lo que me viniera en gana. Todos los días me cambiaba la ropa interior por lo que, irónicamente, estaba más limpia en ese mundo sin lavadoras.
Intenté seguir afeitándome, pero pronto me pareció cansino y dejé de hacerlo. Mi cabello también creció bastante; mi cara parecía la de un Robinson Cruseo naufrago en esa isla de cuatro tatamis y medio.
Mi barba y mi cabello me preocupaban poco, pero mi cuerpo era otra cosa. Había duchas en el pasillo de Shimogamo Yuusuisou, pero en ese mundo, donde no existían pasillos, era imposible caminar hasta las duchas. Lo único que podía hacer era hervir agua, ponerla en el lavabo y mojar una toalla con la cual limpiarme el cuerpo. Murmurando para mis adentros me intentaba engañar diciéndome que era tan bueno como una ducha normal; era un intento miserable.
***
Como no tenía otra cosa en la que pensar, pasé la mayoría de mi tiempo reflexionando sobre los últimos dos años, que había desperdiciado por completo. Incluso ahora lamento todo el tiempo que gasté en esas metas sin sentido.
Cuando terminé mi colaboración con Ozu, pronto me di a conocer por toda la sociedad como un gerente completamente inútil, el más perezoso en toda la historia de la policía de la biblioteca, pero nunca fui perseguido o amenazado a pesar de pasar todo mi tiempo holgazaneando. Ozu, por su parte, que había sido la promesa de la policía de la biblioteca y se había convertido en miembro del taller de copiado, me visitaba regularmente; probablemente eso fue lo que hizo que los altos mandos hicieran la vista gorda a mi incompetencia.
Le comenté a Ozu que pensaba renunciar, pero el simplemente rio y dijo—: Vamos, estoy seguro de que puede ser divertido estar en tu posición.
Qué irresponsable.
Mi segundo año fue un tiempo lleno de frustración e indecisión. No lo podía soportar por más tiempo. En el papel era parte de la élite, por lo que tenía que ir a reuniones secretas e involucrarme en diversas conspiraciones para mantener las apariencias, pero sentía que todo era un sin sentido. Todos los otros miembros de la sociedad pensaban que yo era un idiota y Aijima, jefe de la policía de la biblioteca, no me daba tiempo libre. No sentía sino desprecio había él.
Cada noche pensaba en cómo abandonar la sociedad, pero no podía ser algo tan simple como abandonarla sin más, mi escape tendría que ser una afrenta directa que quedase grabada en la historia de la policía de la biblioteca.
En el otoño de ese año, tomando con Ozu, le conté sobre mi plan. —No puedo estar de acuerdo con tu plan —dijo—. Sin importar que tanto se sienta como un juego, la red de información de la policía de la biblioteca es algo a temer. Sería muy malo si te hicieras su enemigo.
—¿Crees que eso me asusta?
Ozu jugueteó con el Mochiguma que estaba en el suelo haciéndolo sonar cuando le espichaba la barriga y se le salía todo el aire.
—Te vas a volver como este osito. Ya me siento mal por ti.
—Como si realmente te importara.
—Es porque dices cosas como esas que tu reputación está por los suelos. Estoy protegiéndote lo mejor que puedo, sería lindo que me mostraras algo de aprecio.
—No tengo nada de qué agradecerte.
—Creo que se le dice cortesía.
En otoño, cuando la soledad amenazaba por colarse entre mis huesos, el sonido del caldero era confortante. Aunque pasar una noche como esa junto a Ozu era un problema serio. Como ser humano, eso tenía que estar completamente mal, no tenía por qué estar deprimiéndome por mi infortunio ni siguiendo las ordenes de esa extraña sociedad secreta; más allá de ella me esperaba una vida universitaria respetable.
—Piensas que debiste tener una mejor vida universitaria, ¿no es cierto? —conjeturó Ozu, acercándose rápidamente al meollo del asunto—. Has estado preocupado estos días. ¿te has enamorado de alguien? Sé que ese tipo de cosas pueden volverte muy autoconsciente.
—No estoy interesado en cosas como esa.
—¿Qué no trabajaste medio tiempo en la feria de libros usados del santuario Shimogamo? Me pareció que tenías una cita con alguien ahí.
Yo ignoré su mordaz acusación.
—…Debí escoger un camino diferente.
—No es por molestarte, llámalo intuición, pero creo que sin importar lo que hubieras escogido hubiéramos terminado por encontrarnos. A fin de cuentas, estoy poniendo todo mi esfuerzo por hacerte una persona inútil. No hay nada que puedas hacer en contra del destino —Me apuntó con el dedo dramáticamente—, tú y yo estamos ligados por el hilo negro del destino.
Me estremecí cuando una imagen de los dos, hundiéndonos en el fondo del océano atados por una soga negra, me llegó a la mente.
—En fin, has estado saliendo con alguien por dos años, ¿verdad?
Ozu sonrió contento por mi incomodidad y comió un poco de carne de cerdo. —Aijima también está pasando por una situación difícil. Todavía me pide ayuda a pesar de que ahora hago parte del taller de copiado.
—¿Por qué será que le agrada un bastardo como tú?
—Mi personalidad impecable, mi lengua ingeniosa, mi gran intelecto, mi dulce rostro y, por supuesto, mi amor inmensurable por mis compañeros. Esas son cosas que necesitas para hacer amigos y agradarle a gente con influencia, ¿por qué no aprendes un poco de mí?
—Cállate —gemí, pero Ozu simplemente sonrió ampliamente.
***
Abandoné esos recuerdos y continué mi viaje.
La historia de la Tierra está divida en diversos periodos de tiempo, que en términos geológicos serían las eras precámbrica, paleozoica, mesozoica y cenozoica. Y fue en ese periodo llamado precámbrico en que ocurrió la explosión cámbrica, donde aparecieron muchas especies de seres vivos. Durante los periodos jurásico y cretácico de la era mesozoica, lo dinosaurios florecieron en la Tierra; amaba mirar imágenes de esa época cuando era pequeño.
Al final de la era paleozoica comenzó el periodo pérmico.
Si miras los kanjis con los que se escribe pérmico puedes imaginarte la superficie de la Tierra, llena de todo tipo de creaturas rastreras, cubierta por esteras de tatami. En ese periodo, el mundo eraba conformado por un número infinito de habitaciones de dos tatamis. En la era mesozoica el número de tatamis incrementó por uno y la Tierra entró en el periodo triásico, pero cuando aparecieron los dinosaurios el gran tendido de tatamis fue pisoteado hasta desaparecer y reinó el periodo jurásico.
No podía dejar de pensar que el mundo se había convertido en un infinito continuar de habitaciones de cuatro tatamis y medio. Que el periodo cuaternario de la era cenozoica había terminado y había entrado en el periodo de cuatro tatamis y medio. Todos los animales que habitaban la faz de la Tierra habían experimentado una extinción masiva y solo quedábamos la polilla y yo; la biodiversidad había terminado.
Debía vagar eternamente por ese mundo de cuatro tatamis y medio como el último ser humano. Incluso si quisiera ser el nuevo Adán de esa era, no había una Eva que me acompañara.
Pero conocí a las Eva más inesperada en medio de ese infortunio que me llenaba de ira.
***
Era aproximadamente el día veinte de mi aventura.
Como ya había perdido la cuenta de la habitación en la que estaba, llamémosla habitación K. Me había cansado luego de pasar medio día marchando y tomé un descanso para comer Castella, algo que ya aborrecía por completo.
La luz fluorescente de la habitación contigua parecía estar rota y se iluminaba y apagaba intermitentemente. Ya había visto un buen número de ese tipo, las llamaba “habitaciones nubladas” y las atravesaba rápidamente debido a su aura sombría.
Cuando terminé mi descanso abrí la ventana y me asomé a la siguiente habitación.
En uno de los rincones había alguien sentado leyendo un libro.
Por más cliché que pueda sonar, casi se me escapa el corazón por la boca.
No había hablado con nadie los últimos veinte días y en ese momento, en medio de esa expedición por un mundo solitario, vi la silueta de una persona; en ese primer encuentro, en lugar de felicidad, me llené de miedo.
La persona que leía el libro era una chica. Miraba hacia abajo intensamente a su ejemplar de veinte mil leguas de viaje submarino en medio de su regazo. Tenía un bello y brillante cabello negro que le corría por la espalda. Ni siquiera había levantado la mirada cuando abrí la ventana, lo que era algo valiente en sí mismo. Considerando si podía ser una bruja que controlara ese rincón del mundo de los cuatro tatamis y medio pensé que podría ser cocinado y devorado si llegaba a dar un paso en falso.
—Ah, ruego me perdones —le pude decir roncamente.
Ella no reaccionó.
Temerosamente entré en la habitación y me le acerqué.
Ella estaba sentada ahí sonriendo dulcemente; su piel, suave al tacto, lucía justo como piel natural; su cabello estaba peinado cuidadosamente; sus ropas estaban arregladas perfectamente, con todo en su lugar correspondiente. Si no hubiese sido porque estaba completamente inmóvil, justo como si estuviera congelada con la mirada perdida en el espacio, podría haber pensado que era una dama de la nobleza.
—¿Es esta Kaori? —murmuré casi demasiado sorprendido para hablar.



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